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Arte  Exposiciones

Equilibrios en la cuerda floja

Caminar la línea

Galería Max Estrella. Santo Tomé, 6 (patio). Madrid. Hasta el 12 de mayo. De 1.900 a 18.000 euros.

ELENA VOZMEDIANO | 06/04/2012 |  Edición impresa


Alejandro Almanza: El que escatima la vara odia a su hijo, 2012

Se han inaugurado hace unos días en Madrid dos colectivas en galerías con comisariado externo: Shiver in the Shift, en Parra & Romero, y esta Caminar la línea. Se adelantan al festival Jugada a 3 Bandas, que a partir de mediados de abril ampliará el muestrario para valorar cuál puede ser la aportación de los comisarios a los programas de las galerías comerciales: catorce en esta nueva edición. El espectador, y probablemente también el coleccionista, agradece que estos proyectos que ponen en relación a diferentes artistas, que nos animan a examinar las obras en contexto, se hagan también en las galerías, interrumpiendo la dinámica clásica de sucesión de exposiciones individuales.

La exposición de Max Estrella ha sido organizada por uno de sus artistas, Marlon de Azambuja, que había actuado ya antes en varias ocasiones como comisario para Espacio OTR; pero, trabajando para su galería, sigue los pasos de Carlos Garaicoa -uno de los artistas aquí seleccionados- que firmó hace poco la colectiva Círculos, en Elba Benítez; ambos artistas se han excluido de la nómina de participantes, subrayando así su distancia crítica respecto al proyecto, y han preferido presentar obras de creadores ajenos a sus respectivas galerías.

Reproche inicial: no se puede decir “caminar la línea”. ¡Qué manía de poner títulos imposibles a las exposiciones! En español, tendría que decirse “caminar por la línea” o, si se quiere, “caminar por la cuerda floja”, que se relaciona mejor con el tema de la muestra: el equilibrio. Pero, en fin, es un detalle menor que no rebaja la buena nota que merecen tanto la idea como la selección de obras que la ilustran. El espacio es limitado y no pueden explorarse con exhaustividad todas las posibles derivaciones del argumento, que serían muchas. Pero sí se abren perspectivas suficientemente diversas -también difieren los medios empleados y la nacionalidad de los artistas- como para plantear un conjunto de problemas plásticos y perceptuales de gran interés.

La obra cardinal, pues afecta a los pilares centrales de la galería, corresponde al español Jorge Perianes, que ha seccionado la arquitectura creando una sensación de peligro, de inminente derrumbe, que se contagia a todas las que la rodean. La más inestable es la del mexicano Alejandro Almanza: un ensamblaje equilibrista de objetos en los que la presencia de largos fluorescentes que lo atraviesan introduce un elemento geométrico, hasta cierto punto abstracto. El brasileño André Komatsu aporta dos piezas: un vídeo de un nivel oscilante que nunca encuentra la horizontal y una escultura con mensaje social que, en lo plástico, se refiere a los límites -especie de línea de equilibrio- de resistencia de los materiales. Primoz Bizjak, eslovaco y el menos conocido de todos, hace unas espléndidas fotografías nocturnas y furtivas de edificios abandonados; la cuerda, aquí, es temporal y el funambulismo se practica entre dos imágenes que parecen haber sido segmentadas pero que corresponden a dos momentos diferentes. El cubano Carlos Garaicoa, finalmente, incluye en el espectáculo a unos volatineros chinos que hacen una demostración política de la felicidad y destreza del pueblo sometido.

Como es habitual en él, la imagen se hace escultórica y son las “líneas” sobre las que los acróbatas pivotan las que se materializan en una instalación en la que el espacio real queda surcado por un dibujo objetual. Estas piezas se complementan con otras más pequeñas: las ataduras precarias de Perianes y una escultura de cuerda -con unos dibujos relacionados- de Almanza. En conjunto, las obras parecen presentarse como el testimonio, tirando a irónico, del titánico esfuerzo que los artistas realizan para mantener en pie, atados, los fragmentos de un mundo que se disgrega y se desmorona.





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