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Lunes, 22 de septiembre de 2014
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Ernst Ludwig Kirchner, el color del sentimiento

Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938)

Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Madrid. Hasta el 2 de septiembre.

Excepcional exposición de Krichner que sólo se verá en Madrid, en la Fundación Mapfre. En total son 153 obras, entre óleos, sobras sobre papel y esculturas. Además, una selección de 35 copias modernas de las fotografías con las que el pintor documentó su vida y su proceso creativo completan este viaje. Convencido estaba de que los colores son la alegría de la vida. Lo gritaba con cada una de sus obras.


ROCÍO DE LA VILLA | 25/05/2012 |  Edición impresa


Dos mujeres con aguamani (Las hermanas), 1913

¿Redescubrir a un maestro de las vanguardias? Aunque el movimiento expresionista Die Brucke -El puente- es bien conocido en nuestro país, la trayectoria completa de su principal protagonista, Ernst L. Kirchner, ha sido poco explorada. Después de El puente y tras la grave crisis nerviosa que sufrió durante la Primera Guerra Mundial, el artista siguió trabajando en Suiza, investigando nuevas técnicas y lenguajes, con una persistencia en la innovación que le diferencia de sus excompañeros del grupo que primero aseguró haber fundado y del que llegaría a renegar, en la búsqueda en su madurez de la ubicación de su obra entre los creadores coetáneos con peso individual, como Klee, Kandinsky, Kokoschka y Nolde, a los que sentía cercanos.

Posiblemente, su reclusión en los Alpes suizos truncó aquellas expectativas. Porque, a pesar de que desde sus inicios la obra de Kirchner gozó de éxito en Alemania (un dato concluyente son las 639 obras que en 1938 se retiran de los museos como “arte degenerado”) y durante las décadas de los veinte y treinta también celebró exposiciones en museos suizos e incluso en Estados Unidos, posteriormente la historiografía (junto a los intereses institucionales e incluso editoriales) escindió su obra producida antes en Alemania y después en Suiza. Sólo a partir del final de los años ochenta comienza la preocupación por abordar una visión integral, que apenas recientemente está concluyendo con la última revisión de la catalogación de una obra que comprende cerca de 1.400 óleos, 180 cuadernos de apuntes, 20.000 dibujos y acuarelas, 2.100 grabados, 150 esculturas, 50 trabajos textiles y 1.500 fotografías.

Sin duda, la importancia de esta exposición, que se inaugura hoy en la Fundación Mapfre, radica en traer a España el estado de esta revisión de Kirchner y hacerlo de primera mano, bajo el comisariado de Karin Schick, directora del Kirchner Museum Davos. En la estela de la gran retrospectiva de Kirchner en el Städel Museum de Franckfurt en 2010, cuando se reunieron piezas procedentes de todo el mundo, esta exposición abarca más de ciento cincuenta obras prestadas por cerca de una treintena de museos europeos.

La otra virtud de esta retrospectiva es subrayar a través de todo el recorrido el entrelazamiento de las diferentes técnicas que retroalimentaban la creación de este artista erudito y metódico, que cuidó tanto los aspectos artesanales como intentó controlar la interpretación crítica de su obra, bajo el seudónimo de Louis de Marsalle. Al cabo, un artista obsesionado por la unión de la forma y el color para conseguir el sentimiento. Objetivo que marca de principio a fin su trayectoria, interrumpida con crisis provocadas por excesos (café, absenta, tabaco, falta de sueño) y sofocadas con morfina. Hasta que siega su vida, en un momento negro, cuando con cincuenta y ocho años y ante el temor de la invasión nazi, destruye parte de su obra y se suicida.

Kirchner decía que el color era “la alegría de la vida” y lo primero que encontramos, al entrar en este recorrido planteado con orden cronológico, es un estallido de color, en el que sorprende la soltura del joven autodidacta en su asimilación del fauvismo, de Matisse y, también, de Van Gogh. Es extraordinario su retrato del pintor Heckel, en el que ya apunta maneras para los soberbios autorretratos (solo y con Erda Schilling, su compañera), que irán pespunteando posteriormente su trayectoria. Y que encuentran también un momento cumbre en los retratos en grabado de sus amigos, médicos, enfermeros y pacientes durante su internamiento en varios sanatorios mientras transcurre la Primera Guerra Mundial.

Además, en esta planta, destaca el desenfadado naturalismo de Mujer yacente con camisola blanca, en evidente contestación al clasicismo de Matisse y, en general, la vuelta de tuerca que Kirchner da al género de la representación del aseo y escenas cotidianas de las mujeres que habían impuesto los impresionistas. Autenticidad y espontaneidad burlona que irrumpe ya como vitalismo libertario y primitivista en las jóvenes desnudas al aire libre, que comienza a pintar en la isla de Fehman, junto al mar Báltico, convirtiéndose después en tema distintivo de los momentos álgidos en su producción. Pero que aquí, acertadamente, se van alternando con las escenas de Berlín, con interiores y perspectivas urbanas distorsionadas, que también demuestran las capacidades adquiridas por Kirchner en sus estudios previos en arquitectura, mientras las formas se hacen más angulosas y los colores más severos, conformando el pleno estilo expresionista.

La planta superior se abre con su llegada a Davos, donde se establece definitivamente en 1918, hasta su muerte. Al comienzo, como buen urbanita, queda fascinado por la vida rural y las impresionantes montañas, que en muy pocas ocasiones llegará a ascender, lo que no le impide convertirse con el tiempo en uno de los pintores que mejor han representado los paisajes alpinos, con su cromatismo intenso. Únicamente, la pincelada parece más lisa y plana.

Después, comienza a emerger una nueva forma de entender la pintura, la composición y el color, a partir de los trabajos textiles que había comenzado a realizar como terapia durante su internamiento. Ya en Berlín había comenzado a coleccionar alfombras y tapices, que hace que le envíen en cuanto se traslada a Davos. Allí se convertirá en diseñador, transfiriendo sus conocimientos de las técnicas de bordado y tejidos rurales a la pintura, con pinceladas verticales, sobre las que se afirman contrapuntos y zonas planas.

Hacia 1925 se afirma el “estilo nuevo” de Kirchner: siluetas, arabescos y “sombras coloreadas” conforman una representación que, sin prescindir de la referencia naturalista, se vuelve más abstracta. El diálogo con Picasso, del que aprueba obra reciente en una exposición en Munich, es evidente. Kirchner, en todo caso, es un artista bien informado, a través de suscripciones de revistas y las intensas relaciones que mantiene con artistas y marchantes. Se sabe contribuyente a la indagación de la abstracción en Europa. Entonces, escribe: “Lo que hace que mi trabajo sea difícil de comprender para muchos es, además de la nueva conformación y técnica, la nueva vida, la libertad de lo revolucionario, que habla desde cada obra”. Sigue fiel a sus principios: “El objeto en la pintura de mi nuevo estilo ya no se puede captar de manera simplemente ocular, sino más bien como sentimiento [...]. El cuadro contiene cosas que, desde una perspectiva óptica, tal vez sean ilógicas, pero correctas para el sentimiento”.

Durante aquella década, además, produce excelentes y complejos grabados, esculturas en madera, diseños textiles. Todo forma parte de su casa-estudio con vistas a las montañas. El porche es decorado con esculturas primitivistas, en el interior cuelgan grabados y pinturas que recrean otras esculturas y tapices, como un microcosmos que reverberara sobre sí mismo. Al final, la frustración al no llegar a realizar un gran mural, que entonces comenzaba a ser un encargo común entre los grandes artistas, le consumía. Su ansia de proyección más allá de la pequeña Davos llegaba en el peor momento.





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