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Hacia otros modelos de bienal

XXXI Bienal de Pontevedra. Utrópicos. Centroamérica y Caribe

Comisario: Santiago Olmo. Varias sedes. Pontevedra, Vigo y Vilagarcía. Hasta el 12 de septiembre.

DAVID BARRO | 30/07/2010 |  Edición impresa


Jorge Perianes: Sin título, 2010

Estructurada a partir de exposiciones temáticas, la XXXI Bienal de Pontevedra pone en relación las regiones de Centroamérica y el Caribe enfatizando su condición de contexto, más allá de las individualidades que en los últimos años asoman por el panorama internacional. Se huye así del habitual catálogo de novedades artísticas para profundizar en estudios ya realizados y dotar de mayor visibilidad a una escena eclipsada por la sombra de unos pocos. No esperen encontrar, por tanto, un tipo de obra de esas específicas para bienales, pensadas para el ocio turístico y que buscan su razón de ser en la espectacularidad, la fotogenia o la novedad. Si en los últimos años se ha generado una tipología de artista-bienal, en esta Bienal de Pontevedra se busca más la reflexión, el conocimiento antropológico e historiográfico y, sobre todo, el diálogo cultural entre contextos más o menos afines. Por ello, aún conformándose a partir de artistas conocidos, no encontramos grandes nombres que actúan como reclamo y sí fragmentos de una proyección utópica que singulariza a estas comunidades y que aquí se ha bautizado con un título sugerente: Utrópicos.

El objetivo es, en definitiva, revelar lo visible, profundizar en los contenidos o en las contradicciones y tejer un hilo conductor capaz de proyectar esa suerte de colectivo, siendo ésta la Bienal de Pontevedra que más se ha entendido como exposición de tesis o como dispositivo social de las celebradas hasta el momento. Se ha procurado, por tanto, un lugar para el pensamiento; no tan agudo y literal como el vacío expositivo propuesto para la Bienal de São Paulo de 2008, pero seguramente tan efectivo como éste para repensar la velocidad y el sentido de estas citas de cara a un futuro menos derrochador y especulativo.

El recorrido se abre con un muro de piedra de Priscilla Monge que nos remite a la imposibilidad de hablar a partir de una frase bíblica: “si nadie habla, entonces las piedras hablarán”. Esta pieza se integra en la exposición El aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco, la más extensa de la Bienal y que analiza el contexto político, económico y social, así como los discursos post-coloniales de pensadores como Césaire o Glissant a partir de artistas como Donna Conlon, que ironiza sobre la batalla contra la fiebre amarilla a la hora de construir el Canal de Panamá en una interesante instalación sensorial; Alexandre Arrechea, que lo hace sobre el fracaso del control y del poder; o Cinthya Soto que presenta pictografías sobre la relación espacial entre el paisaje habitado y el imaginado. Otros trabajos destacables son los de Florencio Gelabert, Walterio Iraheta, Carlos Garaicoa, Toirac & Meira, Ernesto Salmerón o Moisés Barrios. En este apartado también se incluyen artistas no centroamericanos como Jorge Perianes, Baltazar Torres o Soledad Sevilla, que presentan buenas obras, aunque su inclusión resulta algo más forzada.

Pero todo se justifica en el indudable interés de esta Bienal en desarrollar relaciones con el contexto local, como en el apartado Ida y vuelta, que traza una red histórico-artística entre los países latinoamericanos y Galicia a partir de artistas exiliados como José Suárez, Laxeiro, Arturo Souto, Castelao, Maruja Mallo o Eugenio Granell. Esta sección se completa con los contactos más débiles con Centroamérica de artistas como Francisco Leiro o Santiago Mayo y con excelentes piezas como la propuesta mural de Rolando Castellón, un libro desplegable de Carlos Capelán, los rostros de indígenas de Luis González Palma, el surrealismo tropical de Wilfredo Lam o el simbolismo afrocubano de José Bedia.

El comisario, Santiago Olmo, se ha esforzado en mostrar un Caribe alejado de tópicos, moderno, comprometido y capaz de ir más allá del popular carácter religioso afro-caribeño. De ahí la creación de un centro de documentación conectado con la exposición Tras-Misiones, resultado de un mestizaje de literatura, música, vídeo o cine, que sirve como elemento integrador, educativo y de descanso. Otras secciones de esta Bienal son: Fricciones, con intervenciones en las salas arqueológicas del Museo de Pontevedra por parte del artista colombiano Nadín Ospina y el gallego Olmo Blanco; Migraciones-Mirando al Sur, un proyecto sobre el tema de la emigración, que cuenta con interesantes obras de Adán Vallecillo, Ángel Poyón, Betsabé Romero, Miguel Ángel Madrigal, Regina Galindo o Ronald Morán; y Archivacción, un recorrido por la historia de las performances como gesto clave del arte desarrollado en Centroamérica. Por otro lado, incidiendo en el carácter formativo e integrador de esta Bienal hay que destacar su compromiso con la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra, la Fundación RAC -donde se celebra una exposición de Tania Bruguera-, el área portuaria de Vilagarcía de Arosa y la colaboración con colectivos independientes como Alg-a y Escoitar.

En una ciudad como Pontevedra que, a pesar de contar con una Facultad de Bellas Artes y la bienal más antigua de España, continúa viviendo de espaldas al arte contemporáneo, el hecho de disfrutar de una exposición seria y rigurosa como ésta, es, sin lugar a dudas, un verdadero éxito. Pero también debe ser un motivo preocupante de reflexión que, año tras año, la desconexión entre el evento, la ciudad y otras ciudades e instituciones cercanas continúe desaprovechando sus oportunidades de proyección, aún a pesar de los esfuerzos de esta edición en ese sentido.





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