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La ciudad/torre caída

Babilonia

Museo del Louvre. Place du Carrousel. París. Hasta el 2 de junio.

JOSÉ JIMÉNEZ | 08/05/2008 |  Edición impresa


Estela del rey de Babilonia, Marduk-aplaiddina II.

Las interpretaciones sobre causas y consecuencias pueden ser, y son, claro está, distintas. Pero no creo que resulte muy aventurado señalar que el infame ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York en septiembre de 2001 cambió el curso de la historia del mundo. Su eficacia simbólica, en el sentido antropológico preciso que acuñó Claude Lévi-Strauss, ha penetrado hasta los estratos más profundos del inconsciente colectivo y de las construcciones imaginarias de nuestro tiempo. Y también intensamente en el cine, así como en las demás artes, aunque en éstas quizás algo más tímidamente todavía.

La asociación simbólica de la destrucción de las torres con la historia bíblica de la confusión de las lenguas y la destrucción de la torre de Babel, tan intensamente presente en la tradición cultural de Occidente, surge hoy ante nuestros ojos una vez y otra, a partir de motivos iconográficos y antropológicos. Hoy como ayer, el sentido más profundo, la enseñanza moral de esta historia, relato, tiene que ver con la impronta destructiva de la soberbia. Querer ser como dios, o, trasponiendo la idea al contexto cultural de la antigua Grecia, actuar como dioses siendo seres humanos, mortales, perecederos, supone una desmedida, una transgresión, o hybris, que fatalmente acarrea consecuencias autodestructivas. Ese es, precisamente, el núcleo estético y cultural de la tragedia ática, el punto de origen de lo que hoy llamamos teatro.

Si, además, la caída de las torres es seguida por una expedición militar, la guerra y la posterior ocupación, consideradas ilícitas por las instituciones internacionales, con miles y miles de víctimas, tanto militares como civiles, precisamente del territorio donde en un ya remotísimo tiempo histórico, se ubicaba Babel, estoy hablando de Irak, la asociación simbólica entre destrucción de torres, soberbia, ilusión de omnipotencia y guerra destructiva, se intensifica y resulta aún más eficaz e intensa. Cada vez más convencido del paralelo que existe entre la guerra de Irak para nuestra civilización y lo que fue la guerra de Troya para los antiguos griegos, un episodio básico de catarsis cultural, de impulso hacia la necesaria redefinición de los valores de una civilización en proceso de cambio, he tenido la fortuna de poder visitar en el Museo del Louvre esta interesantísima exposición sobre Babel que nos lleva, desde el relato legendario y la fábula, a los elementos y datos reales de los inicios de la cultura urbana, a lo que de forma más enfática podríamos llamar el comienzo de la historia.

La exposición se estructura en tres grandes secciones: la ciudad histórica, la fortuna crítica de Babilonia y el redescubrimiento de Babilonia y de su civilización. En ellas, se reúnen cerca de 400 obras de una gran diversidad: relieves, estelas, estatuas, paneles de ladrillo con pintura polícroma, tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, orfebrería y piedras preciosas, o sellos-cilindros, de las distintas épocas de la Babilonia histórica, a las que se unen pinturas, libros iluminados y todo tipo de documentos, que permiten rastrear la continuidad de su presencia en la historia de nuestra cultura, hasta llegar a culminar con la presentación de las excavaciones arqueológicas alemanas que permitieron el redescubrimiento de la ciudad entre 1899 y 1917 y con el episodio cinematográfico en Intolerancia (1916), de D. W. Griffiths.

Impresiona el espesor temporal del recorrido de la muestra, cinco milenios: desde finales del tercer milenio antes de Cristo hasta los inicios del siglo veinte. Y conmueven los restos, la calidad plástica y expresiva de un conjunto de piezas que nos devuelven la imagen viva de una civilización compleja y sofisticada. En Babilonia culmina un largo proceso cultural que se desarrolló en Mesopotamia, desde la formación de las primeras ciudades en el Neolítico, y después las ciudades-estado sumerias con la divinización del rey-gobernante, y la consiguiente aparición de una casta burocrática y sacerdotal. Es el surgimiento originario del Estado, en el sentido actual de una autoridad política y administrativa centralizada, uno de los casos de lo que los antropólogos llaman “Estados prístinos”, autoridad centralizada y teocrática.

El que hoy se considera auténtico rey-fundador de Babilonia: Hammurabi, quien llegó al trono en 1792 a. C., estableció el primer código legal de la historia y comenzó la gran expansión de una ciudad que impresionó a los israelitas en su destierro por su tamaño territorial y su densidad demográfica. Junto a la estela de aquel rey-fundador, podemos ver una variedad impresionante de las tablillas con la escritura cuneiforme, que difundida desde Babilonia, acabaría convirtiéndose en el tipo de escritura común en todo el Próximo Oriente. En ellas se fijaba un inventario completo, un registro global de todas las cosas, en un sentido que mucho tiempo después sería evocado por Jorge Luis Borges con su idea de la enciclopedia de Babel. Leyes, escritura y representación plástica, tienen pues en Babilonia uno de sus registros iniciales.

En nuestra tradición cultural asociamos la caída de Babilonia con la destrucción de la torre. Sin embargo, el relato del Génesis, como se documenta en la exposición, no evoca la destrucción de la torre, sino únicamente la confusión de las lenguas. Quien introduce esa asociación es un escritor del siglo IV d. C., Harpocritión de Alejandría, al hablar de la destrucción de la torre por el fuego del rayo divino ante “la loca impiedad” de los gigantes que la habían construido para intentar llegar hasta el cielo. A través de esa fusión del episodio bíblico y de la hermenéutica posterior quedaría fijada de modo perenne la imagen de la caída de la ciudad contraria a los designios de Dios y la de la torre en llamas. La ciudad/torre caída.




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