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Arte  Exposiciones

La historia de la mirada

Arte para un aniversario

Comisario: José Manuel Cruz Valdovinos. Fundación Marcelino Botín. Marcelino Sanz de Sautuola, 3. Santander. Hasta el 23 de septiembre

RAMÓN ESPARZA | 05/07/2007 |  Edición impresa


La Anunciación de El Greco, pieza estrella de Arte para un aniversario

La Anunciación de El Greco es, sin duda, la pieza estrella de Arte para un aniversario, la exposición con que la Fundación Santander celebra en su ciudad el sesquicentenario de su fundación. Con casi tres metros de altura, la pintura “se sale” de la sala, conectando el cielo con el piso de arriba. Compartiendo el mismo muro, del otro lado, se encuentra el vívido bodegón de Paul de Vos, de dimensiones ligeramente menores.

Ambos cuadros, destacados del resto de la muestra por su disposición espacial, pueden leerse como una especie de resumen de la reflexión que provoca la exposición si uno mira más allá del mero agrupamiento de piezas clásicas. Está de un lado la obra maestra: un extraordinario greco, de gran formato. Una pieza de gran valor artístico, patrimonial y económico. Del otro, el bodegón flamenco del siglo XVII. La reforma protestante, y su prohibición de exhibir representaciones visuales en las iglesias, dejó a los pintores de los Países Bajos sin clientes ni trabajo. De ese paro forzoso surgió la búsqueda de nuevos temas y clientes; y la aparición de géneros como el paisaje, el retrato burgués, el bodegón mismo, o la escena costumbrista, alejadas de los temas religioso e histórico, que habían monopolizado hasta ese momento la actividad pictórica.

Dos visiones contrapuestas de un hecho que demasiadas veces se deja de lado a la hora de abordar la actividad artística: la relación del arte con el dinero y el poder. Porque, dejémonos de historias románticas sobre espíritus libres e impulsos creadores: el artista necesita del dinero para poder existir como tal y el dinero del arte como forma de expresión de su relevancia social y su poder. Comprar arte es algo que está al alcance de unos pocos. Y lo seguirá estando, porque supone poseer, y adquirir, una de los intangibles más caros del mundo: talento. Arte y economía siempre han compartido un mismo factor: el riesgo. A mayor riesgo, mayor posibilidad de beneficio. Un greco es un blue chip: una inversión segura, pero que requiere una gran aportación de capital. Un artista desconocido, o emergente, es un territorio más parecido a aquel en que operan los hedge funds.

El carácter historicista de la exposición indica la apuesta por el primer tipo de inversión: valor seguro, alta cotización, incluso ciertas dificultades para ser vendido adecuadamente. Un fondo patrimonial más que un enriquecimiento rápido. ¿Les suena? Una colección es, siempre, un retrato de su poseedor. Ahora bien, por un momento piense de forma egoísta ¿qué preferiría que hiciera un banco con sus ahorros (acciones) asumir inversiones de alto riesgo u optar por opciones más conservadoras? Y ahora, de forma más altruista ¿prefiere las grandes piezas de esta exposición en una institución española o en cualquier colección extranjera?

Pero la expresión de las relaciones entre economía y creación artística no agota, evidentemente, las posibilidades de lectura de la muestra. Intente verla como una historia del ojo reflejada en una historia de los cuadros. Y ahí, de pronto, surge de nuevo El Greco como un gran enigma, uno de esos casos aparte, que rompe con el pasado y el futuro, y le lleva a uno a quedarse en la situación que quería Roger Fry: embelesado. La predicación de San Juan Bautista (1537-1540) de Cranach el viejo muestra la falta de capacidad de ver del pintor alemán. La corva de la pierna derecha del personaje situado en primer plano apenas se diferencia de la rodilla de la izquierda. Si uno compara la tosquedad de esa imagen con la minuciosidad del detalle y la viveza del bodegón de Paul de Vos, se encuentra ante una de las grandes incógnitas de la historia de la pintura europea, la misma a la que David Hockney intentó dar respuesta en su criticado El conocimiento secreto. ¿Cómo pudo darse ese avance? ¿Qué papel desempeñó en él el uso, nunca confesado, de la cámara oscura? Desde luego, el uso no ya de ésta, sino de la copia fotográfica, parece evidente en otra de las piezas de la muestra, el Patio del palacio de los Dux en Venecia (1883) de Martín Rico. Entremedio se sitúan piezas del barroco español, como el un poco excesivo Virgen dormida de Zurbarán; o el delicado Mensajero de Fray Juan Ricci.

Llaman poderosamente la atención, por su estilo romántico, las dos excelentes vistas de la catedral de Sevilla de Pérez Villaamil, a pesar de los estragos de una mala restauración anterior. Constituyen la antesala del proceso de subjetivización de la mirada que se inicia en la segunda mitad del XIX aunque, dado que su desarrollo se produce esencialmente en Francia, lo que vemos es la destilación, tardía, del mismo por los pintores españoles que en esos años viajaron, fundamentalmente, a París en busca de formación e inspiración. La mezcla de los nuevos estilos con la visión costumbrista que de España crearon los viajeros románticos da como resultado piezas como los Altos Hornos de Bilbao de Darío de Regoyos o las Barcas del Sena de Rusiñol. nglada-Camarasa, con sus dibujos inspirados en Toulouse-Lautrec, cierra este periplo, que corresponde continuar a la modernidad.




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