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Las 10 obras imprescindibles de Renoir

Pierre-Auguste Renoir llega al Prado

Es la primera exposición monográfica de Renoir en nuestro país. Con la asesoría de su comisario, Javier Barón, así como con el estudio de las obras realizado por John House, uno de los especialistas en el pintor más prestigiosos, recorremos las diez obras maestas de la muestra.


 | 15/10/2010 |  Edición impresa


Madame Monet (Madame Claude Monet leyendo), h. 1874
“Más que un retrato es una aproximación a la intimidad doméstica”, explica el comisario de la exposición en el Prado, Javier Barón. Renoir retrató a Camille Doncieux (casada con Monet en 1870) seguramente en el verano de 1874, aunque la pintura suele fecharse en 1872. Su pequeño tamaño, la pincelada fragmentada y el colorido combinado hacen pensar a los expertos que seguramente fue realizado en una fecha posterior. Además, Renoir trabajaba entonces con Monet en Argenteuil, al noroeste de París. Camille aparece con frecuencia en la obra de Monet, en retratos, pinturas de género y escenas en el exterior para, finalmente, dibujar su cuerpo sin vida en un rápido esbozo en 1879. También Renoir la representó en varias ocasiones. La colección Calouste Gulbenkian de Lisboa posee uno de ellos, Madame Monet recostada en un sofá (1874), en el que la dama lleva el mismo vestido: una especie de caftán turco que entronca con el gusto por la decoración y los efectos exóticos inspirados en Japón, tan del gusto de Monet. “Por el acento en el carácter decorativo que domina la composición, este cuadro parece anticipar las obras de Vuillard en la última década del siglo y explica también la fascinación de Matisse por Renoir”, explica el comisario de una de las obras maestras de la muestra.

Père Fournaise, 1875
Dueño de un restaurante en una isla del Sena, en Chatou, Alphonse Fournaise (1823-1905) es el protagonista de este retrato “de gran calidez de su periodo impresionista, en el que su ejecución con una pincelada amplia que acaricia las superficies está en consonancia con la afabilidad del personaje representado”, como lo describe Javier Barón. Entre 1875 y 1881 Renoir eligió el establecimiento de Fournaise como escenario de varias de sus pinturas, como la muy representativa El almuerzo de los remeros, de 1880-1881, hoy en la Phillips Collection de Washington D.C. Allí realizó también este retrato donde el propietario del restaurante posa fumando una pipa, con el codo sobre la mesa y dos vasos de cerveza ante él. Un pintura claramente relacionada con el lienzo de Manet Le Bon Bock, creada para el Salón de 1873. Para el profesor House, “la referencia es tan clara que hubo de ser deliberadamente buscada por parte de Renoir”. Aunque la gama de tonos y colores es lo que más diferencia a los dos retratos: mientras en Renoir la paleta es fresca y luminosa, con azules y blancos, Manet opta por tonalidades más oscuras, al estilo de los antiguos maestros. Pero ambos remiten a los estudios de figuras de Frans Hals.

La barca lavadero de Bas Meudon, h. 1874
Realizado a mediados de la década de 1870, éste es uno de los paisajes más experimentales e inesperados de Renoir y así lo señala el profesor John House en las completas fichas realizadas para el catálogo del Prado. “Del primer momento impresionista, es también uno de los paisajes más característicos por la riqueza del color, cuya luminosidad destaca sobre una ligera imprimación blanca y por la suavidad de su ejecución. El tratamiento radicalmente moderno del asunto evita todo pintoresquismo”, añade Javier Barón. La pintura muestra el afluente del Sena a su paso por Meudon. La barca-lavadero, que utilizaban las clases humildes para lavar la ropa, ocupa el lugar central, aunque todas las formas se tratan con la misma pincelada ligera y suave, y en la composición no hay un foco de atención particular. Pero el asunto y el tratamiento de la pintura la convierten en ejemplo paradigmático de paisaje impresionista.

Autorretrato, h. 1875
Pequeño y de ejecución informal e improvisada, Renoir se retrata elegantemente vestido pero con cabello y barba desaliñados y la expresión alerta, incluso nerviosa, con la mirada fija en la distancia, más allá del espectador. “De excepcional intensidad, este autorretrato muestra una de las pinturas de mayor expresividad del artista, con una ejecución muy vigorosa, de una modernidad franca y directa”, comenta Barón. De hecho, es una pintura muy diferente al estilo suave y delicado que Renoir suele emplear en sus retratos. Considerada una de las obras maestras del pintor francés. En la muestra se puede ver otro Autorretrato, ya de mayor, pintado en 1899.

El puente de Chatou, h. 1875
Renoir empezó a pintar en el restaurante Fournaise, en el pueblo de Chatou, hacia 1875. Este lienzo representa el pueblo visto desde ese enclave, con el puente que por entonces atravesaba el río (el actual está más al sur y las casas han desaparecido). Escribe el profesor House que “estamos ante uno de los paisajes de Renoir que menor atención presta a la naturaleza”. En realidad El puente de Chatou se parece muchísimo a las vistas del puente de Argenteuil que había pintado Monet el año anterior (probablemente siguió su ejemplo de manera deliberada) y así lo reitera Javier Barón: “Aunque obra del periodo más impresionista de Renoir, aquel en el que su pintura estuvo más próxima a la de Monet, la peculiaridad de su estilo se muestra en el carácter de su ejecución, más disuelta en manchas y menos regular en su pincelada, y de su colorido, en el que destacan los profundos azules”.

Palco en el teatro (En el concierto), 1880
Este Palco es el último lienzo de una de las series más ambiciosas de Renoir, todas con el teatro como escenario y con los espectadores de la ópera como protagonistas. A ella pertenece también En el teatro (1876) de la National Gallery de Londres o Palco (1874) de la colección de la Courtauld Gallery. Precisamente esta última institución londinense realizó en 2008 una exposición que recoger y analizar la relación de Renoir con el teatro y donde también se pudo ver este Palco del Clark Art Institute, una de la obras maestras de este periodo y una de las joyas de la exposición. Para Javier Barón, “el gusto del artista por la representación de hermosas muchachas, que pintó con delicada sensualidad, encuentra aquí uno de sus más destacados ejemplos, enriquecido en su cromatismo y sus calidades por la presencia de las flores y de las telas”. Además, la historia que hay detrás del lienzo no deja de ser curiosa: el análisis de rayos X muestra una figura masculina en el extremo superior derecho. Probablemente era el retrato de Edmond Turquet, el entonces subsecretario de Estado de Bellas Artes, a quien parece ser que Renoir pintó junto a sus hijas. La pintura no le gustó y el interior doméstico se convirtió en el palco de teatro, y así, el retrato familiar en pintura de género.

Cebollas, 1881 En contraste con las elaboradas pinturas de flores, como Peonías, Cebollas presenta una imagen relajada e informal. Fue realizado en Nápoles, durante la estancia del pintor en Italia, a finales de 1881. Javier Barón centra la atención en este bodegón por ser una de las piezas predilectas del coleccionista, Sterling Clark, y porque “revela el certero sentido de la composición de Renoir y su preferencia, a pesar de tratarse de un bodegón, por los motivos que parecen vivos, sensación acentuada por el movimiento que crean las pinceladas inclinadas y paralelas en el fondo”, explica el comisario. Cebollas muestra un gran parecido con Frutas del Midi del Art Institute de Chicago, también de 1881. Ambos lienzos de Renoir son comparables a otros bodegones de Claude Monet, como Bodegón con manzanas y uvas, de 1880, y bien distintos de los trabajos que Cézanne realizaba en aquellos años, menos informales y más rigurosamente estructurados. Dos años después, en cambio, en Frutero con manzanas (1883), que también se puede ver en la exposición, el ejemplo de Cézanne sería determinante. Peonías, h. 1880
Este cuadro está considerado como una de las mejores composiciones de flores de Renoir, “no sólo por la frescura y vivacidad con que están pintadas las flores -explica el comisario-, sino por su movimiento, acentuado por el brío de la pincelada que dinamiza las masas de color y acentúa la sensación de expansión del motivo, cortado por los bordes del lienzo”. De hecho, esta pintura ejemplifica el modo en que Renoir llenaba el lienzo, llegando hasta los márgenes y evitando así todo espacio abierto o vacío. Para John House, esta obra es también comparable a las pinturas de flores que realizó Monet en la década de 1880, aunque esta obra crea un efecto aún más fluido y exuberante que el de Monet. “Pintar flores me relaja. No tengo la misma tensión que cuando estoy cara a cara con un modelo”, dijo Renoir.

Bañista rubia, 1881
Cuando mostró por primera esta pintura en Francia, los seguidores de Renoir se dieron cuenta inmediatamente de que el asunto y la técnica marcaban un cambio en la carrera del artista. Javier Barón cuenta el porqué: “El conocimiento de los grandes maestros del Renacimiento italiano, en su viaje a Italia 1881, le llevó al motivo femenino, que trató con una sensualidad ligera y aérea que evoca a los maestros franceses del siglo XVIII”. Tanto en la pose como en la amplitud de las formas femeninas hay ecos de las deidades femeninas de la decoración de los frescos de la Villa Farnesina de Rafael; de la Betsabé de Rembrandt que Renoir había conocido en el Louvre y, de manera más genérica, de las distintas versiones de Tiziano de Venus del espejo. La sencilla forma piramidal de la Bañista rubia le otorga monumentalidad, un aire aparentemente más eterno: una imagen icónica de la feminidad.

Bañista peinándose, 1885
Una pintura de Jean-Auguste-Dominique Ingres (La Bañista de Valpinçon, de 1808) tenía Renoir en mente cuando pintó esta obra, dentro de la serie de desnudos femeninos sentados y vistos de espaldas. Es una de sus figuras de perfiles más precisos y duros que el artista pintó durante el período de experimentación técnica de mediados de la década de 1880. Junto con Bañistas, terminado en 1887, constituye el punto culminante de su rechazo a la técnica impresionista por la que las figuras se ven absorbidas por el entorno y el ambiente en que se encuentran. El lienzo es distinto de los precedentes por la síntesis que lleva a cabo de una figura marcadamente perfilada y por el entorno luminoso, escasamente contrastado. “La evocación de mediterraneidad, la nitidez y compacidad de las formas parece anticipar -comenta Javier Barón- los movimientos novecentistas, entre ellos a Picasso”.



Renoir en el cine
En Al final de la escapada, Godard inmortalizó a Jean Seberg posando junto a Retrato de Mademoiselle Irène Cahen d'Anvers. La actriz norteamericana se ofrecía como espejo contemporáneo de esa muchachita, hija de un banquero adinerado, a quien Renoir pintó en 1880. He ahí una de las contadas alusiones al maestro que, en forma de tributo, los cineastas “impresionistas” de la Nouvelle-Vague desparramaron por los lienzos de sus pantallas. Todos ellos rindieron pleitesía al hijo del pintor, Jean Renoir, al que se referían admirativamente como el “patrón del cine” y de cuya obra Rohmer escribió que “contiene todo el cine”. Padre e hijo aparecen brevemente retratados en el documental de Sacha Guitry Cheux de chez nous (1915), cuando Auguste, ya semiparalizado, requería de la ayuda de Jean para seguir pintando. La escena resume el afecto y la estima del hijo hacia el padre, una relación que quedaría reunida en el hermoso libro Renoir, mi padre (Alba, 1962), donde Jean Renoir recuerda así los últimos días del pintor: “Ya estaba libre de todas las teorías, de todos los temores. Sólo la modestia lo movía a tener en cuenta aún las apariencias. Era como el canto de un pájaro que, para decir lo que sabe del mundo, sólo necesita el gorjeo”. Ese gorjeo corrió siempre por los fotogramas de Jean Renoir, tranches de vie abiertos al poso de la naturaleza, a la verdad de las pequeñas cosas, en filmes tan esenciales como Una partida de campo (1936), El río (1950) o Comida en la hierba (1959).

Leer a Renoir
Poco hay escrito de Renoir en España. Fue uno de sus marchantes, Ambroise Vollard (1866-1939) quien recoge en Escuchando a Cézanne, Degas y Renoir, sus conversaciones con el pintor: en él se expresa un pintor con sentido común y capaz de sobreponerse a la enfermedad. Editada en los años 30, fue reeditada en castellano por Ariel en 2008. También a través de los escritos de su hijo Jean Renoir, Mi vida y mi cine o Renoir, mi padre, llegamos hasta el pintor. Y para ver sus mejores obras reproducidas: Renoir, el pintor de la felicidad, de Gilles Neret (Taschen, 2009) y Renoir, A Retrospective de Nicholas Wadley (1989).



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