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Arte  Pintura

Pechstein y el paraíso perdido

Fundación Thyssen Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid. Hasta el 23 de enero

Herman Max Pechstein (1881-1955) fue un activista en la escena artística alemana de las primeras décadas del siglo. En 1906 se unió al grupo expresionista “Die Bröcke”. En 1910 fue fundador de la “Nueva Secesión” de Berlín y, tras la primera guerra mundial, de las formaciones de izquierdas “Grupo de noviembre” y “Sindicato de artistas” . En los años 20 gozó de un gran éxito, hasta que su obra fue calificada de “degenerada” por el nazismo.


GUILLERMO SOLANA | 07/11/1999 |  Edición impresa


Entre las piezas más deslumbrantes de la colección Thyssen hay un cuadro de Max Pechstein, “Verano en Nidden” (1920), un paisaje de verano donde tres bañistas a la vez opulentas y angulosas tienden la ropa al sol. Los rayos de ese sol -un astro obsesivo con círculos concéntricos en blanco, amarillo verdoso, verdiazul- atraviesan las nubes, la montaña, el árbol, bañando todo en una luz mágica y enferma. Ahora, el Estado español ha adquirido para el Museo Thyssen otra obra de Pechstein, pintada en los mismos escenarios de Nidden una década antes: el lienzo “Albufera” (1909). En torno a este cuadro se teje esta pequeña pero intensa exposición, de la serie “Contextos” que el museo dedica periódicamente a algunas obras de su colección.

Pechstein (1881-1955) fue un caso singular dentro de una generación de pintores expresionistas, porque, a diferencia de muchos de sus compañeros, contaba con una sólida formación académica y sin duda habría triunfado en el campo de la pintura convencional. En 1906, el mismo año en que se unió al grupo “Die Bröcke”, obtenía el premio nacional de pintura de Sajonia, que le permitiría viajar a Italia en el otoño de 1907. Más tarde, al volver a Alemania, pasó unos meses en París, donde entabló relación directa con los “fauves”. En el verano de 1909, Pechstein descubrió Nidden, una aldea de pescadores en la costa del mar Báltico. Desde el romanticismo, muchos artistas han buscado sus motivos fuera de la ciudad, en plena naturaleza, y a ser posible en lugares intactos y primitivos: los paisajistas franceses tuvieron Barbizon y el bosque de Fontainebleau, y después los impresionistas multiplicaron los parajes donde ir a pintar al aire libre. Gauguin revivió el espíritu romántico, pero dándole un nuevo sentido: lo que él buscaba en la atrasada Bretaña (y luego en Martinica o en Tahití) no era tanto pintar parajes y personajes primitivos, sino pintar como un primitivo; recobrar una cierta pureza, volver a las fuentes.

Los alemanes también tuvieron sus colonias de artistas, como la de Dachau (sí, en ese Dachau, cerca de Múnich), o la de Worpswede (que el poeta Rainer Maria Rilke solía visitar y sobre la cual escribió) y los expresionistas frecuentaron la costa del Báltico. Allí, en el Báltico oriental, cuajaron las tentativas de Pechstein en busca de su propio estilo. Esta exposición reúne algunas espléndidas piezas de aquel momento: cinco óleos, cuatro acuarelas y un par de dibujos a tinta. El cuadro del viejo pescador y el apunte de las mujeres que remiendan las redes ofrecen las únicas notas pintorescas; en las demás obras no aparecen figuras, sino sólo la vista de la bahía, las casas de la costa, las barcas en la playa: sin anécdota. Todo el drama reside en la factura apasionada y en el encuentro violento entre los colores complementarios. Merced a ese color resplandeciente, este Nidden no es la Thule brumosa y fría que podríamos imaginar, sino un lugar cálido y soleado, como el Arlés de Van Gogh, como la Costa Azul de Signac y Matisse, como el paraíso que más tarde el propio Pechstein buscaría en los mares del Sur.




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