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Pfeiffer, el mal de las imágenes

Monólogo

Comisario: Octavio Zaya. MUSAC. Avenida de los Reyes Leoneses, 24. León. Hasta el 11 de enero de 2009
Galería de imágenes

VÍCTOR DEL RíO | 02/10/2008 |  Edición impresa


'Desiderata', 2004

La exposición de Paul Pfeiffer que podemos ver en el MUSAC ofrece la oportunidad de conocer a un interesante artista de origen filipino y nacionalidad estadounidense cuya obra apenas había sido expuesta en España. Su carrera se inicia a finales de los 90 y sin duda participa de la dieta audiovisual que ha nutrido al arte de los últimos años. En él vemos algunos de los intereses que podrían ser considerados representativos de los artistas de su generación, la que desarrolla su carrera entre mediados de la década de los 90 y los 2000. Nacido en 1966, Pfeiffer ha recorrido algunos de las más prestigiosas instancias formativas en el arte contemporáneo dentro del contexto americano, como el Programa de Estudios Independientes del Whitney Museum, del que han salido algunos de los más importantes artistas y comisarios del cambio de siglo. Su obra tampoco ha pasado inadvertida para instituciones y galerías europeas. Sin embargo, su trayectoria merecía una visión de conjunto que permite ahora evaluar su papel dentro del circuito internacional.

La exposición reúne alrededor de veinte trabajos que son grupos de fotografías y, mayoritariamente, instalaciones en las que el vídeo tiene un evidente protagonismo. El despliegue de las obras en el espacio “monumental” del MUSAC, según un adjetivo del propio Pfeiffer, ha servido, en opinión del artista, para incorporar además una variable arquitectónica en la distribución de sus obras. Indudablemente, la peculiar distribución espacial del museo de León aboca a soluciones específicas en las que los juegos de escala con los que Pfeiffer trabaja normalmente han sido también decisivos. De un modo u otro, las referencias cinematográficas y de carácter mediático están presentes en obras que transitan por la galería de iconos contemporáneos del deporte, el espectáculo o el cine. Estos protagonistas involuntarios son reutilizados como actores que el artista ha tomado prestados para construir nuevos escenarios en los que las imágenes quedan alteradas, retocadas digitalmente y conducidas hacia una nueva experiencia receptiva. La obra de Pfeiffer se enmarca, por lo tanto, en una práctica que convierte los documentos audiovisuales de los medios de masas y el cine comercial en materiales sobre los que intervenir. Este tipo de obra parasita la estructura narrativa de una secuencia de cine o de un videoclip para cambiar su sentido. Y las secuencias intervenidas se devuelven al público bajo la forma de una instalación o de un vídeo proyectado en la sala de exposiciones.

En 24 Landscapes (2008) por ejemplo, una colección de fotografías anodinas deja a la vista paisajes de playa. Los paisajes son los fondos de algunas fotografías de Marilyn Monroe cuya figura ha sido eliminada. Sin su protagonista la escena queda desprovista de su verdadero sentido y éste es sustituido por el halo de la ausencia y, acaso, por una vaga familiaridad con la que todas las imágenes parecen ya vistas. Quod Nomen Nihil Est es una obra de1998 en la que Paul Pfeiffer reconstruye en una maqueta la habitación de Reagan, la protagonista de El exorcista. En ella, respeta el escenario pero suprime la figura en torno a la que se crea la expectativa de un recuerdo, una impronta visual que ya reside en el acervo de nuestra cultura cinematográfica. La preferencia por el cine de terror de este artista señala un aspecto sutil de nuestra experiencia como consumidores de imágenes. En cierto modo todas ellas, como sugiere Pfeiffer, están malditas, corruptas, dobladas por otras voces que nos hablan de cosas inquietantes. En Live from Neverland (2006), una de sus obras más interesantes, el artista recupera un vídeo que emitió la televisión en el que Michael Jackson confiesa, después de su calvario judicial, haber compartido cama con algunos niños. Pfeiffer contrapone la imagen muda de Michael Jackson que pronuncia su confesión en un monitor, a un coro de 80 niños que recitan sincronizadamente las palabras “modificadas” del cantante . Ningún personaje público podría encarnar mejor ese reverso de la imagen pública y el extrañamiento casi metafísico con el que nosotros la recibimos.

La táctica de apropiarse de estos documentos ha dado lugar a otra tendencia denominada “re-enactment” (que podríamos traducir como re-escenificación) a la que ha sido asociada la obra de este artista. Una práctica, que tiene como objetivo reproducir un filme o un hecho registrado en los medios de comunicación a la que se suman, además, nuevos contenidos que aluden al contexto o al paso del tiempo sobre los personajes y la historia.
La estética de las obras de Pfeiffer trata precisamente de establecer una complicidad con esas reconstrucciones de los hechos que nos presentan algunos reportajes de la televisión y que constituyen un subgénero del documental. Pero la poética del artista debe entenderse también en relación a los dispositivos espaciales y a los juegos de escala en los que integra sus vídeos y sus maquetas. A veces se trata de miradores que abren un hueco por el que curiosear como en Vertical Corridor (2005). En otros momentos, proyecciones miopes que se cierran tanto sobre la pared que hay que acercarse para ver los detalles, como en Fragments of a Crucifixion (After Francis Bacon) (1999). La obra de Pfeiffer se aproxima pues, en algunos casos, al juego óptico y a la tradición del trampantojo y esta afición por el ingenio escenográfico y por la manipulación audiovisual a partir de cortes que subrayan gestos (como en el caso de fragmentos de la televisión sobre eventos deportivos), corre el riesgo de agotarse pronto en su bucle. La reducción a las convulsiones gestuales de unos personajes extraídos de su secuencia puede resultar anecdótica e inerte, momentos en que el uso de la tecnología se parece a los primeros artificios de la imagen en movimiento que hoy podemos ver con la indulgencia con la que contemplamos un zootropo. En cualquier caso, el conjunto revela un interés que va en aumento a medida que las obras descubren sus complicidades entre ellas, así como una búsqueda tenaz del lado oscuro de las imágenes.


Paul Pfeiffer (Hawaii, Estados Unidos, 1966) vive y trabaja en Nueva York . Hasta el 11 de octubre, su último trabajo puede verse en la galería Carlier Gebauer de Berlín tras pasar por la reciente Bienal de Sidney. Entre sus exposiciones destacan las realizadas en centros como Artangel de Londres (2007), K21 de Dösseldorf (2004) o Kunst-Werke de Berlín (2000) así como su participación en la 49ª Bienal de Venecia (2001). Ésta es su primera exposición monográfica en nuestro país.


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