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Sábado, 20 de septiembre de 2014
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El idioma científico

La Universidad de Valladolid y la Fundación Duques de Soria organizan desde mañana el encuentro “La lengua española en las ciencias”, en el que participan especialistas como José Manuel Sánchez Ron y Antonio Fernández-Rañada. Este último, director del seminario, reflexiona para EL CULTURAL sobre la relación de ambas disciplinas.


ANTONIO FERNÁNDEZ-RAÑADA | 26/04/2000 |  Edición impresa


Se dice a veces, o al menos se supone de modo implícito, que los científicos no necesitamos preocuparnos mucho del idioma con el que escribimos o hablamos, porque ya tenemos establecido un lenguaje propio, hecho de términos tan precisos que es imposible toda confusión sobre su significado. Me parece un serio error pues incluso en las ciencias más formalizadas con la matemática como caso extremo es imposible expresarse sólo con los símbolos propios; hay que usar una lengua común, que inevitablemente contribuye a crear, conformar o limitar el sentido.

De cómo la usemos depende mucho que podamos explicarnos o que acabemos encerrándonos en un lenguaje críptico, causa del desinterés o incluso del recelo de tanta gente ante la ciencia. Una consecuencia de no cuidarnos del idioma es la incomunicación entre distintas especialidades, que no comparten los mismos tecnicismos, y la incapacidad de pensar globalmente, cosa paradójica cuando la ciencia ha llegado a contemplar el mundo en su totalidad, en visiones que combinan lo muy pequeño con lo muy grande, tanto en el espacio como en el tiempo, en una especie de versión cosmológica de la aldea global. Las palabras tienen a veces un efecto imprevisible. Por poner un ejemplo, no somos conscientes hoy de las consecuencias que tuvo, para su teoría, la palabra “atracción” elegida por Newton para designar a la gravedad. En el Continente produjo rechazo y contribuyó a retrasar la aceptacion de la gravitación universal, pues eso de atraerse parecía cosa más propia de personas que de astros, demasiado próxima además a las propiedades ocultas de la filosofía anterior. Por el contrario, los ingleses la encontraron natural enseguida, quizá por el pragmatismo de su cultura. Sigue ocurriendo así: el impacto de una palabra influye inevitablemente en la recepción de la idea que representa, como lo prueba la rápida fortuna mediática de algunos términos para designar conceptos nuevos como agujero negro, efecto mariposa o RNA mensajero. Han surgido de metáforas casi literarias y estimulan el interés de los no científicos, pero tienen también el sentido preciso y objetivo necesario en la ciencia, porque han sido precisadas en su modo de uso, despojándolas de las connotaciones accesorias, yendo del más al menos, como decía Ortega que hay que hacer con las palabras científicas, en vez de mantener abierto el poder de sugerencia de la metáfora como en poesía, dónde se debe ir del menos al más.

Hoy debemos publicar los resultados de la investigación en inglés, y así lo hacemos normalmente los científicos españoles. Pero existe un consenso en todo el mundo de que hay otros dos niveles en que son ineludibles las lenguas nacionales si se quiere que la ciencia se lleve bien con la cultura, cosa cada vez más deseable. Se trata de la divulgación, que debe considerarse como un permanente diálogo de los científicos con los que no lo son, y la educación, muy especialmente en los niveles preuniversitarios. En esos ámbitos hay que escribir en español, y mucho.




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