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Lamarck 200 años de biología

por Pedro García Barreno

En 1802, Jean-Baptiste de Monet, caballero de Lamarck (1744-1829), publicaba Hidrogeología, la obra con la que el naturista francés fundaba la biología. Con motivo de este aniversario, el académico de Ciencias Pedro García Barreno analiza las aportaciones de un nombre capital en el estudio de la evolución.


 | 10/07/2002 |  Edición impresa


Retrato de Lamarck, ya ciego, en sus últimos años de vida

La biología a doscientos años de Lamarck: tal es el título del número 677 de la Revista ARBOR (CSIC: mayo 2002) editado por el profesor Máximo Sendín (UAM). Desde la época de Anaximandro, la teoría de la evolución hizo acto de presencia en diversas ocasiones a lo largo de la historia del pensamiento occidental; pero sólo a principios del siglo XIX logró mostrar su vigor teórico y su fecundidad explicativa. Con anterioridad, dos planteamientos se disputaban la explicación de la presencia de los seres vivos: el creacionismo -la Naturaleza, instrumento de Dios, continúa generando seres vivos, con excepción del hombre-, y el propuesto por Carl Linnaeus (1707-1778) -Linneo-, a quien se debe la nomenclatura binaria que sigue utilizándose en botánica y en zoología. La teoría de Linneo, muy influyente, afirmaba la fijeza de las especies: animales y vegetales fueron creados por Dios, probablemente antes que el hombre, perpetuándose como tales inmutables a lo largo de las generaciones siguientes. Hace ahora dos siglos que Lamarck planteaba de una forma lógica y coherente la idea de la evolución y los posibles mecanismos que originan el proceso evolutivo. Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, Caballero de Lamarck, nació el primer día del mes de agosto de 1744, en Bazentin-le-Petit, en el norte de Francia. Jean fue el más joven de los once hijos de una familia con rancia tradición militar. En 1756, el joven Lamarck entró en el seminario de los jesuitas de Amiens, que abandonó, tras la muerte de su padre, para alistarse en el ejército francés. Sirvió en la Guerra de los Siete Años; distinguiéndose por su valor, fue promovido a oficial. Tras la firma de la paz, en 1763, Lamarck pasó cinco años en las guarniciones del sur del país, hasta que un accidente le obligó a dejar el ejército. En París trabajó unos meses como empleado de banca, comenzando a estudiar medicina y botánica. En 1778, su libro Flore Française fue publicado con gran éxito; en parte gracias al apoyo de Georges Louis Leclerc de Buffon (1707-1788). Buffon fue un gran naturalista que a propósito de la evolución escribió: “la impronta de la forma de los animales no es inalterable, su naturaleza puede variar, e incluso hacerlo absolutamente con el paso del tiempo”. La Flora francesa le valió a Lamarck para ser nombrado, en 1781, botánico del rey. En 1788 consiguió una plaza de ayudante de botánica en el Jardín des Plantes de París. Cuando la Convención reorganizó ese centro, transformándolo en el Musée National d"Histoire Naturelle, creó doce cátedras, adjudicando a Lamarck la de animales inferiores.

Entre 1709 y 1810 publicó los once volúmenes de sus Annuaires météorologiques, y en 1801 el Systême des animaux sans vertèbres, en donde estableció un orden de clasificación según los sistemas respiratorio, circulatorio y nervioso. Incluido en este libro se encuentra el Discours d"ouverture con el que inauguró el curso de animales invertebrados que dictó en el Museo de Historia Natural en 1800, y en el que presentó, por primera vez, su teoría de los caracteres adquiridos. Teoría que desarrolló de manera más completa en Recherches sur l"organisation des corps vivants, en 1802. Pero fue en Philosophie zoologique, publicada en 1809, donde Lamarck defendió con claridad sus ideas. En su opinión, la evolución de la especie ocurre debido al estímulo proveniente del ambiente: este instruye al organismo, que se transforma adaptándose a su medio. Más en particular, Lamarck formuló dos leyes, la del “uso y desuso de los órganos” y la de la “heredabilidad de los caracteres adquiridos”.

La primera ley afirma: “En todo animal que no haya superado el final de su desarrollo, el empleo más frecuente y continuado de un órgano cualquiera fortifica poco a poco dicho órgano, lo desarrolla, aumenta su tamaño y le confiere una potencia proporcionada a la duración de su uso; mientras que la carencia constante de uso de ese órgano lo debilita insensiblemente, lo deteriora, disminuye progresivamente sus facultades y acaba por hacerlo desaparecer”. La segunda ley establece: “Todo lo que la Naturaleza hizo adquirir o perder a los individuos por la influencia de las circunstancias a las que su linaje se encuentra expuesto desde hace tiempo, y por consiguiente debido al uso predominante de dicho órgano o de su continuo desuso, la Naturaleza lo conserva a través de la generación en los nuevos individuos, siempre que los cambios sean comunes en los dos sexos o, por lo menos, a los que produjeron estos nuevos individuos”. Leyes de las que derivaba, como simple corolario, la siguiente proposición: “No son los órganos, es decir, la naturaleza y la forma de las partes del cuerpo de un animal, los que han dado lugar a sus hábitos y a sus facultades particulares, sino que, por el contrario, sus hábitos, su manera de vivir y las circunstancias en las que se han encontrado los individuos de que proviene son los que, con el tiempo, han constituido la forma de su cuerpo, el número y estado de un órgano, y las facultades, en suma, de que goza”. Aunque era ingeniosa y sencilla, la teoría de Lamarck no tuvo mucho éxito. Fue combatida, entre otros, por George Cuvier (1769-1832). Lamarck formuló una teoría evolucionista. Cuvier -fundador de la anatomía comparada y de la paleontología que más tarde se convertirían en factores decisivos para la teoría de la evolución- negó tal evolución. Otro naturalista, étienne Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1884), que enseñaba al igual que Cuvier y Lamarck en el Museo Nacional de Historia Natural de París, defendió las ideas evolucionistas, por las que fue destrozado por Cuvier en un célebre encuentro que tuvo lugar en la Academia, en febrero de 1830. Lamarck murió en 1829, Cuvier en 1832 y Saint-Hilaire en 1844. Con ello acabó en Francia el debate acerca de la evolución.

Mientras tanto había nacido en Inglaterra -el mismo año que la publicación de la Philosophie zoologique- el hombre genial que acabaría por introducir el evolucionismo en el pensamiento biológico: Charles Darwin (1809-1882). “Me impresionó tanto la distribución de los organismos de las Galápagos y el carácter de los mamíferos fósiles de América -escribió Darwin en 1844- [...] que decidí reunir a ciegas toda clase de hechos que pudieran tener algo que ver con lo que son las especies. [...] Estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión con que empecé) de que las especies no son inmutables. Pero lejos de la propuesta de Lamarck de una tendencia al progreso...”

Treinta años después de la muerte de Lamarck, Darwin entregó a la imprenta El origen de las especies mediante la selección natural, donde se sostiene que las especies se originan a través de una selección que efectúa el medio ambiente, entre las más idóneas de las variaciones hereditarias existentes. La selección implica una orientación de la evolución, porque determina que los organismos se adapten a su medio ambiente. “A la conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados”.

El éxito del libro de Darwin fue inmediato, y la teoría de la evolución no fue solamente un acontecimiento científico de primer orden -la teoría darwiniana representó un fenómeno análogo al ocurrido varios siglos antes con Copérnico en el ámbito de la astronomía: una revolución científica-, también constituyó un suceso social de parecida magnitud. Darwin desarrolló la teoría de la selección natural y contribuyó a dilucidar la historia de la evolución animal, pero sólo supo hacer vagas insinuaciones acerca de por qué surgen las variaciones y cómo se transmiten de generación en generación. Darwin careció de una teoría de la herencia, que se desarrollaría años después. Hugo de Vries, uno de los fundadores de la genética, señaló que las variaciones se producen por mutaciones genéticas, de tal manera que una nueva especie se origina, de repente, a partir de una especie ya existente. La integración de la genética con la teoría darwiniana de la selección natural ha sido y continúa siendo un programa abierto de investigación.




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