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Ciencia  

Razas y culturas

La cultura de la ciencia

Culturas, creencias religiosas, valores y normas diferentes esculpen cerebros diferentes. Francisco Mora, catedrático de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid, analiza los principales motivos que marcan las diferencias en el cerebro del ser humano partiendo de un mismo diseño evolutivo.


FRANCISCO MORA | 03/07/2008 |  Edición impresa


Recreación de un homínido en Gran Dolina (Atapuerca)

Cuando alguien describe el canto armonioso de algunos pájaros muchos experimentan una sensación estética y otros muchos sentimos además una curiosidad añadida por conocer su significado y sentido biológico. También, por supuesto, se nos despierta la curiosidad cuando alguien habla de la conducta que desarrolla, por ejemplo, el cangrejo violinista. Y es entonces cuando nos viene a la cabeza la pregunta del por qué de todo ello. Lo cierto, sin embargo, es que estas preguntas de ¿por qué? y su respuesta “científica” no interesan, en general, más que a unos pocos curiosos. La gente comienza a interesarse por la ciencia y a encontrarle un significado cuando ésta se refiere a cosas cercana, a algo que active la tecla emocional de su cerebro y es de ahí de donde arranca la Ciencia como Cultura. Las mujeres sienten más el frío que los hombres, eso lo sabemos casi todos, pero ¿por qué? Las rebajas gustan a la gente, ¿por qué? Los economistas se arriesgan en operaciones financieras delicadas llenas de incertidumbre y a veces de angustia. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en sus cerebros que lo justifique? El diseño del cerebro de la mujer es diferente al diseño del cerebro del hombre, tanto que perciben el mundo de forma diferente, de ahí el universo de incomprensiones que separan a unos y otros. ¿Por qué hombres y mujeres, no tienen un cerebro con un mismo diseño? El cerebro humano no está diseñado para alcanzar la felicidad ¿Por qué? La belleza de La Primavera de Sandro Botticelli no existe en su cuadro, ni tampoco en el mundo, pues la belleza sólo existe en el cerebro humano, que es el órgano que la crea ¿Cómo? Contestar a esos porqués de un modo serio y riguroso, al tiempo que ameno y atractivo es la puerta de entrada para alcanzar una sociedad que se interese por la Ciencia como Cultura.

Y lo que sigue es otro porqué más. Hace unos días leí unas declaraciones del cineasta John Sayles en El Cultural a propósito de su reciente película Honeydripper en la que trata de las transacciones sociales en un durísimo entorno en el que las personas de raza negra en el sur de Estados Unidos, allá por los años 50, eran tratados como verdaderos esclavos. A raíz de ello, afirmaba Sayles: “Es mucho más difícil la convivencia entre culturas que entre razas” ¿Es esto así? Y si lo es, ¿por qué? Cuando uno bucea en lo que teóricamente pudiera dar sustento real y sólido a esa afirmación “intuída” por la observación social encuentra que, efectivamente, los seres humanos somos, al menos evolutivamente, mucho más viejos como cultura que como raza. Y que nos hemos venido “peleando” y “matando” mucho antes de que se produjera la irradiación del homo sapiens a todo el orbe, ocupando casi todos los nichos de la tierra, y que tras ello aparecieran los blancos y los negros y los amarillos. De hecho, todas las razas pertenecen a esa especie biológica que es el homo sapiens. Es más, entre los seres humanos de diferentes razas apenas hay grandes variaciones genéticas, lo que realmente quiere decir que no hay diferencias en la estructura y el diseño funcional general del cerebro humano. Más de raíz genética son las diferencias entre la percepción del mundo que tienen las mujeres frente a los hombres que las diferencias de raza entre un blanco y un negro. Por registros fósiles sabemos que la última gran remodelación del cerebro humano ocurrió hace unos 100.000 años. Y fue hace unos 50.000 años que, desde Africa, el homo sapiens se expandió a una gran variedad de habitats y zonas climáticas: el Medio Oriente, Europa, Asia, Australia y cruzó desde el norte de Asia a las Américas. Al parecer, la diferenciación racial ocurrió hace unos 30.000 a 40.000 años.

Todo esto indica que con un “mismo diseño cerebral” lo que ha cambiado es la cultura, es decir, nuestra capacidad de desarrollar, transmitir y ampliar el caudal de conocimientos y experiencias de generación en generación por medios no genéticos. Son por tanto las diferentes culturas, esas carpas cerradas que cubren las transacciones humanas, las que han modificado por mecanismos plásticos, no heredables, los cerebros. Y efectivamente, hoy sabemos que un chino no ve una pintura o un paisaje como lo vemos los europeos. Ni un esquimal percibe los mismos colores que los europeos. Y eso se debe a la modificación de sus cerebros como respuesta a la cultura en la que viven. Culturas diferentes, valores y normas diferentes, concepciones religiosas diferentes esculpen cerebros diferentes. Y de esas culturas diferentes arrancan los problemas profundos de convivencia y menos de las diferentes razas. Y de ahí también nace la esperanza de una convivencia futura más universal nacida de ese denominador común que compartimos todos los seres humanos -independientemente del color de la piel, los rasgos de la cara o la forma de los huesos- que llamamos cerebro.




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