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El sueño eterno

por Luis Mateo Díez

LUIS MATEO DÍEZ | 12/06/2003 |  Edición impresa


Humphrey Bogart y Lauren Bacall en El sueño eterno

El más de medio siglo transcurrido desde su realización no ha hecho otra cosa que acentuar las virtudes de El sueño eterno. Lo cierto es que volviendo a ver las grandes obras del periodo de esplendor del cine hollywoodiense, uno no tiene claro qué queremos decir cuando nos referimos a ellas como cine clásico. Si lo clásico se opone a lo moderno o a lo rupturista, calificar así a filmes como El sueño eterno carecería de sentido. La modernidad de la obra se hace obvia; el que, hoy en día, ya no se narre en imágenes al modo de Howard Hawks es debido sencillamente a que nadie posee el talento de este director ni está rodeado por un equipo técnico y artístico tan impresionante. Sólo entendiendo lo clásico como el modelo de perfección que puede alcanzar un medio de expresión artística, seremos rigurosos al colgar este epíteto a la película de Hawks. La imaginación narrativa del director, la brillantez, sarcasmo y brutalidad de los diálogos, la irrealidad extrema y turbia de la fotografía y los escenarios, la atmósfera de sensualidad a la que tanto contribuyen Bogart y Bacall, el desasosiego que provoca una espiral de enredos y traiciones orquestada con precisión milimétrica... la sobreabundancia, en fin, de elementos fascinantes, y el magistral sentido de la medida con que se administran, hacen de El sueño eterno una obra inagotable. El alfa y omega del arte cinematográfico están contenidos en sus fotogramas.

No pierde ni un minuto Hawks en meter al espectador en situación. En la secuencia inicial en casa del general Sternwood, los personajes del detective Philip Marlowe (Humphrey Bogart), del propio general y de sus dos hijas quedan retratados a través de los intensos diálogos que Marlowe sostiene por separado con cada uno de ellos. Las interrogantes se han acumulado cuando el detective sale de la mansión de Sternwood: detrás del oscuro caso de chantaje para el que el general le ha contratado, se insinúa ya la desconfianza de la hija mayor de Sternwood, Vivian (Lauren Bacall), y el carácter perturbado de Carmen, su hija menor. La investigación de Marlowe se cifrará, fundamentalmente, en desentrañar la red de mentiras y coacciones que hay detrás de la desconfianza de Vivian y en determinar los vínculos que unen a ésta con los demás personajes.

La seducción del engaño se impone como un motivo constante. La complejidad de la trama crece siempre a partir de este motivo, y alcanza tales extremos que el espectador llega a perder el hilo de la historia y la contabilidad de los muertos. Pero esto no importa: la narración crea un poderoso sentido a través del desconcierto, la película se sigue con una mirada cada vez más viva, la inquietud de no saber qué sucede se mezcla con el goce del creciente deslumbramiento. Las imágenes son entonces tan falsas como las intenciones de los personajes que rodean a Marlowe. Es asombroso reparar en cómo la percepción de la justicia va deshaciéndose incluso en la conciencia del detective, cada vez más absorta en la hija mayor de Sternwood y en los vericuetos de una ciudad en la que se impone la lógica de la pesadilla y el imperio de la extorsión.

Al igual que en los sueños, aparecen de repente presencias que no se sabe muy bien de dónde salen y que terminan sucumbiendo en el lodo de la urbe, como le sucede al valiente hombrecillo que quiere vender información a Marlowe. Su asesinato es el último acicate que necesita el detective para llegar hasta el fondo de su búsqueda. Al final las cosas se aceleran. Las escenas de acción son de las más logradas que se han rodado nunca, en la medida en que cumplen magníficamente la función de llevar el relato a su cenit. La fulgurante huida de Marlowe con Vivian en los límites difusos de la veracidad y la mentira tiene algo de abrupto; la historia no puede terminar sino en el aire, sin que haya habido una resolución convincente de todos los interrogantes planteados. únicamente triunfa el deseo de la pareja sobre cualquier obstáculo o duda moral.

La sensación que deja volver a ver El sueño eterno es abrumadora e incita a juicios desorbitados. Pasa con este cine clásico como con la gran novela decimonónica: su revisión alienta la sospecha de que una y otra forma artística se han terminado perdiendo porque es imposible estar a su altura; que otras maneras de escribir y filmar delatan, inevitablemente, un reconocimiento de inferioridad.

Edición especial
WARNER HOME VIDEO
El sueño eterno (The Big Sleep, 1946), de Howard Hawks. B/N
Formato 4:3
Idiomas en mono: inglés y español.
Subtítulos en 20 idiomas, incluyendo español.
Precio 15 euros
Extras: Ficha técnica, ficha artística, trailer de cine.




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