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Matar por gusto

Ted Bundy

Director: Matthew Bright. Intérpretes: Michael Reilly Burke, Boti Bliss. Guionistas: Stephen Johnston y Matthew Bright. Estreno: 16 de mayo. 99 minutos

JESÚS PALACIOS | 15/05/2003 |  Edición impresa


El psicokiller Ted Bundy (Michael Reilly Burke) con una de sus víctimas

Matthew Bright lo sabe perfectamente. La historia de Ted Bundy no es una historia agradable. No es el tipo de biografía que a los padres les gusta contar a sus hijos. No es el modelo del American Way of Life que haría las delicias de Capra o de un Spielberg. Es una historia horrible. Fea. Ted Bundy es el auténtico americano feo. Alguien que escondía bajo su aspecto atractivo, bajo su piel de cordero universitario, un lobo feroz más feroz que el de los cuentos. Su historia es la de un asesino en serie. Un psicópata, o sociópata, sin escrúpulos. Incapaz de empatizar con sus víctimas. Que disfrutaba abiertamente con su miedo y dolor, que, de hecho, constituían su alimento. Un depredador sin la majestad del águila, más cerca de los carroñeros que de las fieras.

Tal y como el cine ha mostrado hasta la saciedad, hay muchas maneras de contar una historia como la de Bundy. La más fácil sería la de la simple condena, servida con moralismo zafio y directo. O bien, la contraria: una mitificación del psychokiller poco menos que nietzscheana. En el filme anterior de los productores de Ted Bundy, el dedicado al necrófilo Ed Gein, se optaba por otro enfoque no menos resultón: el del patetismo del psicópata, víctima también de su propia condición. Afortunadamente para quienes estamos aburridos de tantos psychokillers de película, antihéroes de lo sórdido, Bright ha elegido su propio camino. Un estilo narrativo postmodernista y sincopado. Una estética evocadora y colorista. Pero, sobre todo, un humor negro digno de la gran tradición americana de Ambrose Bierce o Robert Bloch.

Bright obliga al espectador a convertirse en algo más que en testigo impotente de los brutales crímenes de Bundy. Le obliga a compartir con él la diversión de ejecutarlos. El director de filmes salvajes como Freeway y Freeway II se abstiene de tomar una postura abiertamente moral, para poner su cámara de moralista al servicio del propio Ted Bundy, y horrorizarnos a todos con el descubrimiento, quizá banal, quizá fundamental, de que el asesinato sexual es tan satisfactorio, pasional y divertido para quien lo comete como para nosotros ir al cine, coleccionar sellos, citas o discos de jazz.

Es adictivo, justo y necesario... desde la óptica del asesino, claro. Pero Bright no es tonto. Lejos de mitificar al psicópata, le muestra bajo la cruda luz de esa misma monstruosa adicción. Como un ser despreciable y cruel, cuyas víctimas, no por estúpidas, despiertan menos nuestra compasión. En Ted Bundy nadie está del todo a salvo. Pero menos que nadie, el propio Bright, partidario del bíblico ojo por ojo, tan violentamente transgresor y reaccionario como el viejo Paul Morrissey, con quien comparte la fascinación por la sordidez humana, a la vez que su condena moralista de la misma. Conservador ilustrado, su visión de la vida criminal de Theodore Robert Bundy tiene mucho de los deformes caprichos ejemplares de Goya, y, como ellos, resulta inevitablemente incómoda... y divertida.




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