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Princesas

Director: Fernando León de Aranoa

Intérpretes: Candela Peña, Micaela Nevárez, Mariana Cordero. Guionista: Fernando León

CARLOS F. HEREDERO | 01/09/2005 |  Edición impresa


Candela Peña es Caye en Princesas

La tradición narrativa del realismo encuentra en las películas de Fernando León de Aranoa una vía reflexiva que abre la puerta a la indagación lírica y al juego dialéctico con la función del imaginario sin dejar de tener presentes sus referentes sociales. Bajo diferentes pretextos argumentales, sus imágenes muestran la capacidad de la fantasía para embellecer la vida, nos hablan del poder de la imaginación para recrear una existencia distinta y mejor que la verdadera, desvelan a la representación como refugio de la realidad y radiografían el impulso soñador que le permite al ser humano fantasear con una salida reconfortante para sus carencias.

Un breve cuento literario (Lapiceros), el cortometraje Sirenas, las películas Familia, Barrio y Los lunes al sol muestran la coherencia de un discurso que las imágenes de Princesas prolongan ahora desde idéntica perspectiva. Los adolescentes periféricos y los trabajadores en paro de los dos últimos títulos dejan paso aquí a las prostitutas callejeras que se sueñan a sí mismas como princesas. Se configura de esta forma un compacto tríptico sobre la marginación social que se mueve entre las coordenadas del realismo y la vena fantasiosa que despliegan sus protagonistas.

Unos y otros necesitan creer que habitan un mundo mejor cuando se aferran a los simulacros que les ayudan a sobrevivir. Así son también Caye (Candela Peña) y Zulema (Micaela Nevárez), dos putas de arrabal -una española y otra dominicana- que se miran como rivales, pero que aprenden a convivir en medio de un desolado descampado o dentro de la peluquería en la que se refugian con otras compañeras para compartir su soledad, a la espera de ese día que ocurre una sola vez en la vida, al abrigo de una nostalgia que sólo puede ser del futuro soñado.

El problema consiste aquí, a diferencia de lo que ocurría en Barrio y en Los lunes al sol, en que la puesta en escena ilustra esas ideas sin que éstas lleguen a encarnar en verdaderas imágenes. El discurso lírico que trata de poetizar la sordidez (propio de unas prostitutas que sólo pueden ser creación de Fernando León de Aranoa) se confunde demasiadas veces con una representación que embellece la realidad. La distancia entre los anhelos de las protagonistas y la mirada del cineasta se difumina de igual manera que el uso generalizado del teleobjetivo aplana y emborrona los escenarios por los que se mueven los personajes hasta casi abstraerlos del mundo real. El guión sustituye a la vida como ciertos videoclips insertos en el relato (otra forma engañosa de poetización: véase la secuencia de las prostitutas en la calle mientras suena el tema Mi vida) desnaturalizan el supuesto realismo del retrato social.

Algunos hallazgos de concepto (la historia no trata tanto de la prostitución como de la vida cotidiana de las putas) y de planificación (la utilización expresiva de los cristales y de las ventanas) conviven con algunos clichés demasiado equívocos (esa peluquería que parece salida de una sitcom televisiva) y con ciertas figuras que devienen estereotipos (la madre de Caye es un personaje construido sobre el mismo andamio que sostenía al del padre de Manu en Barrio). Permanece, eso sí, un mundo reconocible como propio y exclusivo de su creador dentro de un cuento que alienta expresas pretensiones redentoristas, situado a medio camino entre la fábula y el realismo, pero sin que las imágenes de Princesas parezcan saber qué lugar o qué diapasón otorgar a cada una de estas dimensiones.




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