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Cine  Crítica

Sade se desnuda ante la cámara

Philip Kaufman rompe su silencio con "Quills"

Obsceno y subversivo, el legendario Marqués de Sade vuelve a las pantallas por partida doble: Philip Kaufman y Benoit Jacquot han puesto de actualidad al depravado francés del siglo XVIII con Quills y Sade. EL CULTURAL ha hablado con Kaufman sobre su película (que se estrena estos días en EEUU y a principios de año en España), la vigencia del personaje y de su legado.


BEATRICE SARTORI | 06/12/2000 |  Edición impresa


“Prohibida para niños de cualquier edad”. Philip Kaufman ríe al contar la traviesa idea que su mujer y coguionista Rose ha tenido para el imposible eslogan publicitario de su última película, Quills, apenas la número once en 35 años de carrera. Y es que se trata del cineasta empeñado en realizar películas adultas y para el que hace diez años se inventó exclusivamente la calificación NC-17 (prohibida para menores de 17 años, un beso de muerte en la taquilla) por su irónica aproximación a los amores parisinos y literarios en Henry y June.

Sexualidad, profundidad y cuestiones morales expresadas por solitarios proscritos sociales vuelven a caracterizar su última entrega, la muy esperada Quills, la narración de los últimos años de vida del marqués de Sade, confinado en asilo mental de Charenton hacia 1811. Tras el fracaso en el intento de erigir hasta cinco proyectos, Quills es la primera película que Kaufman ha podido dirigir desde 1993 y su adaptación de Sol naciente, de Michael Crichton.

La ironía del momento

El director de Chicago describe el orígen del proceso de creación de Quills, una película audaz concebida a la medida del “director norteamericano más europeo”: “Fue una propuesta que el productor Bill Mechanic me hizo hace un par de años. Se trataba del proyecto de adaptación de una obra teatral de Doug Wright que había ido muy bien en el circuito off-Broadway. Yo ni la había leído ni visto. Tampoco sabía mucho más del marqués de Sade que cualquier ciudadano medianamente informado. Pero encontré un guión con un discurso acerca de la libertad de expresión y la represión de todo ello desde la hipocresía… Su lectura coincidió con el fracaso de diversos proyectos míos y con el momento álgido del escándalo Lewinsky y todo tuvo sentido para mí en un instante”.

Casualmente, Quills llega a las pantallas estadounidenses estos días (en España se estrenará a principios de año), bajo la espada de Damocles de la batalla perdida por el tándem Gore-Lieberman acerca del futuro control y legislación de los contenidos morales de las películas generadas desde Hollywood. Para Kaufman, el estreno de esta película que defiende el derecho a expresar cualquier idea por ofensiva que sea, subraya la ironía del momento: “En los filmes generados en Hollywood, la violencia excesiva y la sexualidad vacía y meramente fotográfica han sustituido la discusión de cualquier idea controvertida. Nadie puede establecer empíricamente el daño causado, pero que esto no ayuda a la progresión intelectual es algo claro. Hay quien dice que las películas sólo levantan testimonio de la sociedad, pero mi idea es que la industria debería elevar el nivel y ahondar en la complejidad del discurso. Pero a la industria sólo le preocupan las ganancias”.

La provocadora Quills sí que eleva el discurso a través de numerosas propuestas acerca de la libertad y la represión. Y, sobre todo, se erige en un alegato contra el creciente proceso de vaciado de contenidos e identidad, blanqueo y masificación de la cultura. Todo ello a través de un filme provocador, divertido, emocionante y reflexivo protagonizado por Donatien-Alphonse-Françoise de Sade (1740-1814), uno de los más famosos libertinos de la historia, un escritor cuyas obras siguen estando prohibidas en algunos países, además de ser el subversivo personaje cuyo nombre acuñó la práctica del sadismo.

Un cuento de hadas

Kaufman, que el pasado 23 de octubre cumplió 64 joviales años, define los contenidos de la película con una descripción sencilla: “De alguna manera, es una fábula con elementos de cuento de hadas. Al comienzo, hay un ogro malo escribiendo sus obras en una cueva. Un abad inocente le permite crear y una joven virginal se encarga de sacar sus textos al mundo exterior. Pero el emperador, deleitado y escandalizado por sus libros, envía a alguien a evitar que siga escribiendo. Paradójicamente, el represor se convierte en musa e inspirador del creador, en el abanico que inflama las llamas de su fuego”.

Hay mucho humor irónico en Kaufman, un talante que confiesa le ha permitido sobrevivir a duras épocas en que creyó que no volvería a dirigir cine. Y es que el director de Nacidos para la gloria y La insoportable levedad del ser se identificó con Sade en la urgente necesidad por expresarse artísticamente y encontrarse con innumerables obstáculos casi imposibles de superar. Cineasta independiente, antes de que el término fuera acuñado, nacido en Chicago en 1936, educado en Derecho e Historia por Harvard y fundador de una pequeña productora -Walrus and Associates- en San Francisco compartida con su mujer Rose e hijo Peter, productores de Quills, Kaufman ha erigido una fábula sobre los días finales del monstruoso Sade en una cinta casi milagrosa en el último cine americano.

Kaufman dedicó casi un año al estudio de la obra y figura del depravado. Cita sobre todo las obras de Simone de Beauvoir (Must We Burn Sade?), Octavio Paz (An Erotic Beyond Sade) y Luis Buñuel (Mi último suspiro). Afirma haber tomado del escritor mexicano “a Sade como un enigma”, y de Buñuel el alejamiento de intentar hacer la biografía definitiva sobre una bestia criminal. “Yo sólo he querido hacer una película”.

La película arranca con el rostro en primer plano de una dama a la que se le adivina en pleno acto sexual: los ojos casi en blanco, la respiración alterada. Repentinamente, las rudas y sucias manos de un hombre le acarician el cuello y hombros. El desconocido le ata las manos, rompe el vestido y la obliga a arrodillarse. Alguien observa desde una ventana: es el marqués de Sade, preso en la Bastilla. La dama no es otra que una aristócrata a punto de ser ejecutada durante el Terror Revolucionario. El hombre, un verdugo enmascarado. Cuando la cabeza cae acuchillada por la guillotina, la sangre llena una pantalla en la que se lee Quills, término que alude a las plumas de ave y la tinta empleada en el siglo XVIII para escribir. Kaufman nos introduce a la noción de inseparabilidad de dolor y placer con este tono satírico y mordaz que inmediatamente nos traslada al asilo mental de Charenton, regido por el idealista y humanista joven abad Coulmier (Joaquin Phoenix), quien cree que el marqués puede exorcizar sus demonios escribiendo. Lo que ignora es que la joven lavandera Madeleine Leclerc (la titánica Kate Winslet) saca fuera de los muros de Charenton los escritos del marqués impresos en las sábanas de su cama.

Los libros corren por las calles de París, donde son leídos en alto ante las masas. Un ejemplar de Justine cae en manos de Napoleón. Disgustado por el placer y asco que la lectura le produce, envía al asilo a un alienista, el cruel y violento doctor Royer-Collard (sir Michael Caine), a reprimir al obsceno. La suerte del marqués acaba. Su reinado como un Dios caído en su celda con bodega y museo propios, sus juguetes eróticos, tapices, alfombras y cuadros terminan. Comienza un duelo bestial entre el artista y pornógrafo contra los censores de la Iglesia y el Estado. Pero Kaufman lo hace a través de una divertida y mordaz alegoría, mezcla de cuento de horror gótico y gran guiñol.

Armas de escritura

Royer-Collard somete a Sade a una brutal tortura: primero, le aparta de sus materiales de escritura (los quills del título), algo que le hace sentirse “violado”. El marqués comienza a escribir con huesos de pollo y vino. Cuando eso le es también retirado, utiliza cristal de espejo y su propia sangre. Tras dictar sus cuentos (ficciones sadianas invcentadas por el dramaturgo y guionista Doug Wright y el propio Kaufman) a través de diversos orificios de su celda, le es arrancada la lengua. Finalmente, su dedo y propias defecaciones serán sus postreras “armas de escritura”. La película contiene lenguaje obsceno (profano, lo llaman en Estados Unidos), desnudos (el protagonista, interpretado por el oscarizado Geoffrey Rush permanece totalmente desnudo los últimos quince minutos del filme), escenas de necrofilia y un final trágico y perturbador. Sin embargo, esta vez la censura de Hollywood sólo ha penalizado la película con la categoría “R”. En el lujoso hotel Four Seasons de Los ángeles, donde transcurrió esta conversación, Kaufman ríe ante el hecho: “Pensé que de nuevo le aplicarían la categoría NC-17, lo que hace que un trabajo serio y adulto sea considerado por el público sólo como una película pornográfica”.

Kaufman afirma que quiso evitar “mostrar a Sade como un Aníbal Lecter de las letras del siglo XVIII” y le compara con “otros personajes reales contemporáneos masacrados por la censura y la persecución, alguno de ellos también hasta la muerte”: el editor pornográfico Larry Flynt (llevado al cine por Milos Forman) y el humorista Lenny Bruce (llevado al cine por Bob Fosse). “No he querido mejorar la imagen de Sade. En la película es un ególatra de moral duplícita y carácter brutal. Un hombre terrible y autor de textos escabrosos. Pero como escritor, le he querido presentar como un satírico, un pensador subversivo por lo oscuro de su humor. He querido hacer una película acerca del poder de las palabras. Sade se emborracha con ellas y sólo al final percibe las poderosas armas que constituyen”. De esto sabe mucho un director que ha erigido películas intelectuales y sensuales sobre obras literarias definidas como “imposibles de llevar a la pantalla”: Nacidos para la gloria, de Tom Wolfe, Henry y June, a partir de las figuras de los escritores Henry Miller y Anais Nin, La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera y Quills, de Doug Wright.

El marqués de Sade deviene en Quills en la quintaesencia de los antihéroes “kaufmanianos”: solitarios peligrosos para sí mismos y considerados dañinos por la sociedad que les rodea. Aunque ha realizado sólo 11 películas muy diferentes en 35 años, todas mantienen elementos comunes y dotan de identidad a la obra de este autor que vivió los años 60 en Europa, embebiéndose del cine de Kurosawa, Fellini, Pasolini, Truffaut y Godard. Acerca de esto: “No soy ese tipo de cineasta que hace su primera película a los 18 años y la reproduce una y otra vez durante los 50 años siguientes”.

Además de figurar en los créditos como guionista de El fuera de la ley y En busca del arca perdida para Clint Eastwood y Steven Spielberg, Kaufman dirigió su primera película en 1965, Goldstein, una “comedia mística” que ganó el premio de la Crítica en Cannes. Después de Fearless Frank dirigió a Robert Duvall en el estilizado western Sin ley ni esperanza, filmó en el ártico la película romántica y de aventuras The White Dawn y abordó el remake del clásico de Don Siegel La invasión de los ultracuerpos, convirtiéndola en un retrato de la paranoia urbana New Age.

Ni frustrado, ni amargado

Con su mujer Rose Kaufman escribió el “culto” juvenil La pandilla del Bronx y exploró la épica norteamericana contemporánea por excelencia -la conquista del espacio- en Nacidos para la gloria. La notoriedad adquirida tras la polémica Henry y June y la mezcla de política, sexo, animales e intelecto de La insoportable levedad del ser sólo le permitió adaptar la novela de Michael Crichton Sol naciente en el ya lejano 1993.

¿Qué ha estado haciendo en estos siete largos años? “Tratar de no sentirme ni frustrado ni amargado”, confiesa sonriendo. En su pequeña productora Walrus, un “quijotesco” Kaufman ha tratado de poner en pie hasta cinco proyectos, todos fracasados en el último minuto. “No pierdo la esperanza y la energía. Preparo una biografía del músico Liberace y he quedado con Jack Nicholson para hablar de la adaptación de la novela de Saul Bellow The Rain King. Haga la película que haga, me propongo abordar el tema que desde siempre me obsesiona: la fragilidad de la naturaleza humana”.


LOS OTROS SADE





Sade (2000). Esta producción francesa dirigida por Benoit Jacquot y protagonizada por Daniel Auteuil, se ha rodado prácticamente al mismo tiempo que Quills. El realizador francés, sin embargo, ha concentrado su mirada en un episodio más concreto y breve de la vida del marqués.


Marquis de Sade (1996). De producción australiana, este filme dirigido por Gwyneth Gibby y protagonizado por Nick Mancuso, pasó sin pena ni gloria por las salas comerciales. Quizá por su exceso de oscurantismo y comicidad.


Justine de Sade (1971). Coproducción francoitaliana perteneciente a la época del aperturismo sexual y libertario, el director Claude Pierson contó con unos mediocres Yves Arcanel y Alice Arno como cabezas de reparto.


De Sade (1969). El primer aproximamiento de Hollywood a la figura del escritor francés fue frío y “políticamente correcto”. Cy Endfield llevó las riendas y John Huston puso el glamour.


Marquis de Sade: Justine (1969). Dirigida por el incatalogable director madrileño Jesús Franco, Klaus Kinski dio vida al escritor y Romina Power fue la sorprendente protagonista de los infortunios de la virtud. Un filme perfectamente olvidable.


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