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Tres cineastas en discordia

Zambrano, Lacuesta y Urbizu compiten por la Concha

Son los tres españoles a concurso por el gran premio de San Sebastián, con propuestas muy distintas entre sí. Benito Zambrano viaja a la posguerra, Isaki Lacuesta se aventura en el continente africano y Enrique Urbizu reactiva la memoria del 11-M. Los tres cineastas desentrañan las claves de sus respectivas propuestas.


CARLOS REVIRIEGO | 16/09/2011 |  Edición impresa


De izquierda a derecha, Zambrano, Lacuesta y Urbizu.

Es la cantinela de los últimos años. El cine español es muy ecléctico, muy heterogéneo, muy inquieto, muy joven y muy viejo. Es una verdad discutible o una mentira a medias, pero se ha repetido tanto que por fuerza debemos creerla. Desde luego, el Festival de San Sebastián la cree a pies juntillas, y en su 59 edición se ha tomado como una causa propia explorar con gran atención tanto fuera como dentro de casa.

La consigna parece clara: que todo tipo de público se sienta reconocido. Tres propuestas españolas bien distintas se disputarán la Concha de Oro. El cine académico (no forzosamente rancio) con sello industrial lo entrega Benito Zambrano (Sevilla, 1964) en La voz dormida (estreno en salas el 21 de octubre), adaptación de la novela de Dulce Chacón en torno a dos hermanas víctimas de la represión franquista en los primeros años de posguerra. El thriller de calidad vendrá de la mano de un veterano alquimista del cine de género como Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), que se sumerge con nervio en los engranajes del terrorismo islamista en la negrísima No habrá paz para los malvados (estreno el 23 de septiembre). Más allá de todo lo reconocible, alérgico a las etiquetas, Isaki Lacuesta (Gerona, 1975) traerá su aventura africana a las pantallas, Los pasos dobles (el 30 de septiembre en salas), ensayo y fábula sobre los misterios del arte rodado en Mali en alianza con el pintor Miquel Barceló. Modélicos ejemplos de tres modelos de cine.

El director más prolífico de cuantos hacen cine en España presentará asimismo en Zabaltegi el documental Cuaderno de barro, cara de la misma moneda que contiene Los pasos dobles. “Son dos películas que funcionan de forma autónoma pero que están llenas de ecos. Mi deseo es proyectarlas en museos como si formaran un díptico”, afirma Lacuesta. Entrega así un proyecto bicéfalo -ficción y documental, si quieren- que se abre en espiral a diversas leyendas del País Dogón partiendo de la figura errática de François Augiéras, hombre-camaleón que fue soldado, bandido, místico, poeta, pintor y aventurero, entre otras excentricidades, y que, como dejó escrito, pintó una suerte de Capilla Sixtina en un búnker enterrado en el desierto “para que lo descubrieran los hombres del siglo XXI”.

Mitos improbables. Como hiciera en su debut con Cravan vs Cravan (2002), Lacuesta -que co-escribe el guión con Isa Campo- parte de un mito improbable y una exploración creativa: el equipo de filmación se aventura en el desierto en busca del mítico búnker. “El mayor desafío era hacer la película. Teníamos serias dudas de que fuera posible, y por eso mucha gente del equipo abandonó antes de intentarlo. Pero estoy muy contento porque la productora [Tusitala] ha tenido la audacia de respaldarnos hasta el final”.

Los pasos dobles no es sólo una celebración del acto de fabular y fabricar leyendas, sino un verdadero festín para los exploradores de rarezas. “Creo que hay al menos dos o tres cosas en la película totalmente insólitas en el cine español”, dice el autor de Los condenados, quien se toma su oficio como un tour de force, un pulso con las trilladas convenciones de la producción española. “Es la ventaja de no tener nada que perder, que he hecho una película muy suelta y muy desacomplejada”. Un filme mutante que salta sin solución de continuidad de una pieza tributaria de Jean Rouch a una road-movie o un western, de un romance homosexual a una fábula ancestral, una comedia musical, un biopic fantasioso, un ensayo sobre la figura del dopplegänger o un estudio del acto pictórico. Los pasos dobles no se deja, en todo caso, encerrar en compartimentos estancos. “Nos planteamos que la película fuera totalmente camaleónica, como el propio Augiéras -explica Lacuesta-. Pero es un arma de doble filo manejar tantos códigos, porque el espectador puede quedar fascinado con algunas partes y detestar otras”.

Las distintas líneas de estilo, como los distintos tiempos que conducen la película -el pasado, inspirado en la vida de Augiéras, y el presente, la búsqueda del búnker-Sixtina-, tienen por objeto confluir hasta que no puedan distinguirse uno de otro. “Ese era otro gran reto, armar una unidad, trasladar a la pantalla la convicción de Augiéras de que su espíritu se reencarnaría de vida en vida y de muerte en muerte para nunca desaparecer”. La argamasa la proporciona el bloque protagonizado por Barceló (un artista no menos pluriforme que la propia película), quien con sus creaciones en su taller de Mali, en activo desde 1988, ejerce de cicerone del proyecto. “Seguramente un niño va a disfrutar más de la película que un espectador que va buscando una poderosa coherencia interna. Es una película de aventuras”, concluye Lacuesta con modestia.

Un thriller pesimista. Si con Los pasos dobles, tan imprevisible, su director coloca al público en zonas por descubrir, viajando a un pueblo y una cultura distantes y desconocidas, Enrique Urbizu se ciñe a códigos muy familiares -el thriller americano- para tejer una oscura maraña de persecuciones en el Madrid contemporáneo y contagiar al público un estado de permanente alerta. “David Lynch dice que trata de convertir al espectador en un detective privado. Yo he hecho lo mismo”, explica Urbizu, quien partió de dos premisas para escribir con su habitual colaborador Michel Gaztambide el geométrico, inflamado guión de No habrá paz para los malvados: “Queríamos contar la historia de un desalmado que salva el mundo. Y también transmitir la sensación de inseguridad que se vive en Occidente respecto al terrorismo”. Thriller con mayúsculas, esta nueva visita al cine de género por el autor de Todo por la pasta (1991) contiene en su interior una insólita redefinición del (anti)héroe contemporáneo, Santos Trinidad, un expolicía alcohólico encarnado con enorme convicción por José Coronado. “La duda era si ese personaje iba a poder levantar simpatías en el espectador, porque es un tipo muy oscuro y desagradable -sostiene el cineasta vasco-. Eso hace que la película provoque en el público sentimientos encontrados”.

Arranca la acción con una extraordinaria secuencia en un prostíbulo -que toma su inspiración de una novela de Chester Himes-, en la que Santos comete varios asesinatos en un estado de febril borrachera. Un testigo de la matanza logra huir y a partir de entonces el endemoniado Santos emprende la caza del hombre para borrar cualquier rastro de sus homicidios. Paralelamente, el filme sigue las investigaciones de la jueza Chacón (Helena Miquel), que también acorrala poco a poco a su presa. “Santos es un personaje solitario, silencioso, de acción, y eso lo pongo en contraste con la investigación de la jueza, que es totalmente hablada, de plano-contraplano”. Las dos líneas narrativas conforman así un fructífero diálogo de puestas en escena: de los amplios espacios y el movimiento se pasa a su contrario, el encierro y el estatismo de salas de interrogatorio.

“En un momento dado, aparece la palabra bomba, ambas investigaciones derivan hacia el terrorismo islámico, y el filme da un vuelco salvaje”, adelanta Urbizu, para quien el relato pone en forma, esencialmente, “la teoría del caos: si cambias las condiciones iniciales el resultado es diametralmente distinto”. El recuerdo doloroso del 11-M acaba conformando la música del filme, pero no su letra. Tras una meticulosa investigación de la acción terrorista más devastadora de Europa, Urbizu toma los atentados en Madrid sin la intención de reconstruirlos, sino como un catalizador para explorar la trastienda y el fermento de la barbarie de Atocha. “Hay algo de lo que se habla muy poco, pero es bien sabido por la Policía y los medios, y es la conexión entre el narcotráfico y el terrorismo internacional -argumenta el cineasta-. Es muy alucinante pensar que las rayas que se meten los jóvenes en los bares de moda acaban financiado ataques terroristas”.

Esa atmósfera enrarecida y ese destino azaroso se filtran con sobriedad en el pesimista thriller de Urbizu, rodado con admirable concreción formal y músculo narrativo. “Con un presupuesto ajustado, la síntesis es una obligación -explica el autor de La vida mancha (2003)-, pero es que además el género obliga a la contención, a mucho verbo y poco adjetivo, y eso me gusta mucho”. Hermanada con la vibración narrativa de grandes renovadores del género como Sam Fuller o Don Siegel, No habrá paz... viene así a formar un díptico con la irremplazable La caja 507 (2002), con la que comparte su voluntad de husmear con inteligencia y mirada crítica en las cloacas del sistema: “Allí teníamos un discurso sobre la corrupción política, y aquí tenemos uno sobre la descoordinación policial y las consecuencias de que la gente no haga bien su trabajo -resume Urbizu-. Sería estupendo completar una trilogía, aunque en este país es muy costoso encontrar financiación para un thriller”. El peaje que ha pagado no es pequeño: casi ocho años alejado de la gran pantalla.

Desamparo femenino. En el caso de Benito Zambrano han sido seis años de silencio. Su fallida exploración cubano-musical con Habana Blues (2006) no cumplió con las expectativas de la memorable Solas (1999). Acaso con La voz dormida pueda desquitarse. El sevillano vuelve a narrar como hiciera en su ópera prima una brutal historia de crueldad y desamparo de protagonismo femenino. “Las mujeres viven la vida desde muchos más ángulos que los hombres. Quizá por ello me atrae especialmente escribir sobre ellas. En este sentido me siento heredero del teatro de Lorca”, sostiene Zambrano.

Inspirándose en la novela homónima de la fallecida Dulce Chacón, el relato transcurre en el Madrid de la posguerra, año 1940. “La novela me impactó de una forma muy profunda y no quería hacer una película más sobre la Guerra Civil -explica-. Le pedí al equipo que se entregara a muerte para marcar la diferencia. Yo no podía llevar el dolor de esas vidas a la pantalla sin un enorme respeto, y sobre todo, sin un rigor cinematográfico absoluto”.

Bien es cierto que, a diferencia de la mayoría de las tentativas historicistas del cine español, la verdad emocional de La voz dormida no queda enterrada por el peso de una costosa producción, por rostros célebres pero inexpresivos, por una ampulosa banda sonora o por rancios escenarios de cartón-piedra. “La película es una historia de amor entre dos hermanas -resume el director-, pero también es un relato sobre la dignidad, las ideas, la solidaridad y el compromiso”. El motor del filme es la peripecia vital de Pepita (María León), una joven cordobesa que trata por todos los medios de que pospongan la ejecución de su hermana, Hortensia (Inma Cuesta), al tiempo que vive una historia de amor con Paulino (Marc Clotet), quien continúa la lucha clandestina en la sierra madrileña. “La película está dedicada a las mujeres que lloraron en las puertas de los cementerios y las que sufrieron la represión en las cárceles -añade Zambrano-. La mayoría de ellas no tenía una conciencia política clara, sólo querían sobrevivir y que no mataran a los suyos, y ése es el recorrido que hace Pepita, pero el terror se ceba con ella”.

La verdad y el valor cinematográfico de La voz dormida proceden del inmenso trabajo expresivo de unos intérpretes en gracia, con María León a la cabeza, lo que probablemente valida al autor de Solas como el mejor director de actores del cine español junto a Almodóvar. “La mejor herramienta de mi cine es el primer plano”, afirma el cineasta, quien descubre en la faz descompuesta y esperanzada de Pepita, en sus ojos tan iluminados como agonizantes, el lacerante miedo en el cuerpo con el que vivió la España derrotada tras el fin de la contienda. El arranque del filme -mujeres encarceladas cantando La Internacional- establece su trinchera ideológica y su punto de vista. “El cineasta debe necesariamente tomar una postura. No sólo política, sino moral -sostiene Zambrano-. Uno de los grandes desastres de los últimos años ha sido el empeño por despolitizar la cultura. Si retrocedemos a una época tan marcada por el extremismo ideológico, me parece imposible abstraerse de ello”.

Los esfuerzos por destilar realismo y dotar de dimensión humana a los muchos personajes del filme no evitan en todo caso que, una vez más, el oscuro pasado español corra el riesgo de quedar encorsetado por un esquema de héroes y villanos. “Yo no me planteo contar una historia de buenos y malos. Me planteo que en todo ser humano hay una bestia dentro, y cuando sale, lo anula todo. Les pasó a los nazis, a los romanos, y en mi historia la bestia era falangista. Si la película levanta ampollas es señal de que todavía este país tiene una piel muy débil”. No es precisamente débil, en todo caso, el cine español a concurso en San Sebastián.




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