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Christoph Eschenbach

“Las orquestas son el termómetro de los países en vías de desarrollo”

Madrid y Murcia reciben estos días a los músicos de la National Symphony Orchestra de Washington que lidera el maestro Christoph Eschenbach. En el marco de una gira europea, y en compañía de la violinista Arabella Steinbacher, abordarán un programa con obras de Beethoven, Mozart, Brahms, Bartók y R. Strauss. El Cultural ha hablado con el director.
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  • BENJAMÍN G. ROSADO | 25/01/2013 |  Edición impresa


    Christoph Eschenbach. Foto: Eric Brissaud

    Dirigir la National Symphony Orchestra de Washington significa codearse con mandatarios. En las dos temporadas que lleva Christoph Eschenbach (Breslavia, 1940) de director musical de esta orquesta-insignia de Estados Unidos se ha sacudido la fama de tímido a base de actos oficiales y cenas al más alto nivel. “En estos conciertos a puerta cerrada te enteras de cómo funciona el mundo”, concede a El Cultural, “y terminas dándote cuenta del papel fundamental que desempeña la música en nuestras sociedades”.

    Vienen el maestro y los músicos de la NSO de realizar una gira veraniega por Suramérica, no sólo para comprobar el efecto del aplauso a diferentes latitudes sino con la idea de interactuar con el público y los músicos locales. “Hemos podido comprobar de primera mano que el milagro venezolano se está repitiendo en las escuelas de Brasil y que las orquestas son el termómetro de los países en vías de desarrollo”.

    En Estados Unidos varias formaciones, como la de Filadelfia, se han declarado en bancarrota como subterfugio legal. Pero, mientras en Atlanta y Detroit las huelgas han interrumpido la temporada de conciertos, los músicos de Chicago, Pittsburgh y también los de Washington han encontrado en las giras internacionales su particular panacea a la crisis. “Hace mucho tiempo que la NSO no tocaba en Europa”, continúa Eschenbach. “Es un viaje estimulante y formativo para los músicos, pero también para los patrocinadores, que aprovechan cada parada para vender la imagen de nuestra institución y recabar fondos. Al final, todos salimos ganando...”.

    Eschenbach debutó con la NSO en la convulsa era Rostropóvich. En 1990 el maestro ruso se permitió la bravuconada de dirigir a las huestes estadounidenses en varias salas de la Unión Soviética de Gorbachov, quien aprovechó uno de los conciertos para devolverle el pasaporte. A él y a la recientemente fallecida Galina Vish- névskaya, conocida como la Maria Callas de Rusia. “Dórati, Rostropóvich, Slatkin, Fischer y todas las grandes personalidades que han pasado por el podio de la NSO desde su fundación en 1931 son como fantasmas que se pasean por el Kennedy Center y que, a día de hoy, siguen definiendo su carácter y su sonido”. Que no es, advierte, típicamente americano.

    “Hace mucho tiempo que no existen sólo dos categorías de orquestas. Los músicos ya no tienen que elegir entre la perfección técnica y la expresividad. Ahora pueden con todo, del repertorio barroco a los estrenos de música electrónica”. Como en sus días al frente de la Orquesta de Filadelfia, sigue girándose al público al comienzo de cada estreno. “La gente agradece mucho la palabra, que le expliques lo que va a escuchar”.

    Prueba de la flexibilidad de los miembros de la NSO es el programa que se traen bajo el brazo para una gira por el viejo continente que recala en el Auditorio Nacional de Madrid (31 de enero y 1 de febrero) y en el Víctor Villegas de Murcia al día siguiente: la Gran Fuga y la Obertura Egmont de Beethoven, el Concierto para violín n° 5 de Mozart (en el que intervendrá la solista Arabella Steinbacher después de que Julia Fischer cancelara en el último momento por “razones de maternidad”), el Concierto para orquesta Sz. 116 de Bartók, la Sinfonía n° 2 de Brahms y esa travesura orquestal que es Till Eulenspiegel de Richard Strauss. “Me atrevería a decir que es un programa arriesgado y atrevido. Una excelente carta de presentación”.

    Arena en los zapatos

    Para Eschenbach dirigir bien Beethoven es saber contar una historia. “Oyéndola, el público debe poder imaginar la tragedia que Goethe escribió para esta partitura”. En cuanto a Brahms, asegura que “el truco está en las voces medias y en el control de la gravedad orquestal, es decir, lograr que las notas no pesen ni se eleven demasiado”. Nada que ver con Bartók, “que ha de interpretarse a ras de suelo, sintiendo la arena en los zapatos”. Mozart es una “mezcla explosiva de rigor, transparencia y también de misterio”. Las propinas se las reserva “quizá” para algún guiño al repertorio español, que conoce de primera mano, pues hubo un tiempo en que Eschenbach, que lucía una larga cabellera, se paseaba como pianista por las salas de concierto de nuestro país. Llegó a comprarse una casa en Canarias y todavía chapurrea el castellano. En los años setenta, aún no se había decidido por la batuta, pero ya había acompañado al piano a grandes figuras, como el barítono Dietrich Fischer-Dieskau y el director Peter Schreier. Entonces un recuerdo de infancia le convenció para dar el salto al podio. “Nunca olvidaré el día en que, con once años, vi a Wilhelm Furtwängler en acción. Comprendí lo que quería llegar a ser. Por eso siempre he tratado de simultanear mi preparación como director con mi carrera de solista”.

    Lenguaje global

    A Eschenbach nadie le ha regalado nada. Huérfano de madre desde su nacimiento, perdió a su padre en el frente ruso durante la II Guerra Mundial. A los diez años, fue a parar, sumido en un desconsolado silencio, a la casa de su prima Wallydore, de quien más tarde tomaría prestado el apellido. Su primera palabra fue un firme “sí” al ofrecimiento de ésta para que tocara el piano de la salita. De ahí en adelante, la música se convertiría, más allá de toda vocación, en una vía de escape, en un “lenguaje global que no conoce fronteras”. Seis décadas después de todo aquello, Christoph Eschenbach sigue siendo pequeño; un menudo y, sin embargo, eficiente comunicador que, despojado de los fantasmas de antaño, sobrevivido a sí mismo, sueña en cuatro idiomas y ha liderado formaciones tan señeras como las Orquestas de Filadelfia y París.

    Es experto en Mahler y tiene fama de bruckneriano pero también ha grabado una memorable colección de lieder de Schubert (HM) junto al barítono Matthias Goerne y compartiendo piano con Andreas Haefliger. Su primer disco con la NSO, Remembering JFK (Ondine), incluye un estreno de Peter Lieberson y está dedicado a la memoria del trigesimoquinto presidente de EE. UU. en el 50° aniversario de su asesinato. “Fue un hombre que, en tiempos díficiles, logró cambiar la mentalidad de la gente”. Asiduo a la programación de Salzburgo, Eschenbach no ha vuelto al Festival de Bayreuth desde su debut, en el año 2000, con un polémico Parsifal. “Me gustaría repetir algún día la experiencia con un Tristán al lado de Bob Wilson o de Patrice Chéreau...”.




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