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Daniele Gatti

“Dirigir bien es haber sufrido lo suficiente”

La Orquesta Nacional de Francia y su titular emprenden este domingo una gira de tres conciertos por España. La Sexta de Beethoven servirá de contraste a las ejecutorias del director italiano y de su antecesor en el cargo, Kurt Masur. En su entrevista con El Cultural, Daniele Gatti se confiesa inmune a las tentaciones discográficas y asegura sentirse cada vez “más y más pequeño al lado de los grandes compositores”.
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  • RUBÉN AMÓN | 11/03/2011 |  Edición impresa


    El director milanés Daniele Gatti.

    Daniele Gatti (Milán, 1961) reaparece en España con la Orquesta Nacional de Francia. Tres conciertos en San Sebastián (13 de marzo), Barcelona (14) y Madrid (15) con idéntico programa (Sexta sinfonía de Beethoven y La consagración de la primavera de Stravinsky) y el objetivo de probar que el sobrio maestro italiano ha afinado el trabajo de la agrupación parisina tres años después de haber asumido la titularidad en el puesto de Kurt Masur. La gira antecede a la que Gatti protagoniza en España el próximo mes de mayo con la Filarmónica de Viena, prueba inequívoca de una versatilidad y de una reputación que se añaden a la presencia del director lombardo en los grandes festivales, como Bayreuth y Salzburgo, y que se suma a su cargo de director musical de la Ópera de Zúrich.

    -¿Cuáles son los riesgos que implica interpretar un repertorio sinfónico que el público conoce de memoria, como La pastoral y La consagración?
    -Quizá es más difícil todavía tratar de descubrir algo nuevo a un repertorio que, en efecto, el público conoce muy bien. Ahí mismo radica el interés de estos conciertos: cautivar, encontrar un resquicio para la sorpresa. Aportar algo que antes no se había tenido en cuenta. Partiendo además de que los conciertos son irrepetibles. Se crea en ellos una atmósfera, un clima, un grado de comunicación con los espectadores. Un concierto debe ser un acontecimiento, pero es cierto que no siempre ocurre.

    -Llama la atención el programa porque usted redunda en la campaña beethoveniana que había convertido a Kurt Masur en seña de identidad al frente de la Nacional de Francia.
    -He esperado algunos años para afrontar Beethoven con la orquesta. No voy a cuestionar en absoluto la visión de Masur, pero la mía requería que la orquesta y yo nos conociéramos mejor antes de acometer los grandes pilares de la música germana.

    -¿Y es cierto el estereotipo según el cual los músicos de las orquestas francesas se dedican más al lucimiento individual que al colectivo?
    -No estoy de acuerdo. Lo que ocurre es que ciertas secciones, como la madera, como el viento, han tenido una personalidad, una particularidad. No lo veo como un problema. De hecho, estos primeros años han servido para descubrir que la ONF es disciplinada, receptiva, entusiasta. Mi balance es extraordinariamente positivo.

    Malas tintas
    -¿Le sorprende la beligerancia, en cambio, de la crítica francesa? No parecen tratarle a usted con demasiado cariño las plumas parisinas.
    -Hace años que no leo las críticas. Me desengañé de ellas en cuanto descubrí las buenas críticas que tenían algunos conciertos malos que hice y las malas que tuvieron ciertos conciertos muy buenos. Lo mismo puedo decir de las críticas que he leído de otros colegas. Y no creo que sea un problema francés, sino general. El crítico muchas veces ejerce su trabajo con superficialidad, sin interesarse por el trabajo que hay detrás. Mi referencia es el público. Por la misma razón, puedo decir que me he sentido muy arropado y aplaudido, en París y en las giras internacionales. Recuerdo el éxito que tuvimos en los BBC Proms el pasado verano.

    -Quizá le sucede a usted que ha descuidado el márketing, que no le preocupa haberse creado un “personaje” paralelo al director de orquesta.
    -No me ha interesado ni me arrepiento de ello. Tampoco me ha obsesionado grabar discos ni lanzarme en una carrera comercial. Y no me han faltado oportunidades. El sello EMI me ofreció un contrato para grabar las óperas que luego hizo Pappano en el Covent Garden. No habría sido honesto aceptarlo. Ni me parecía serio ponerme a grabar obras que nunca había hecho en el teatro. Nunca me ha tentado amontonar discos.

    -El tiempo se ha encargado de darle la razón. Es usted hoy uno de los principales directores de nuestro tiempo. Dirige Parsifal en Bayreuth, tiene una relación privilegiada con la Filarmónica de Viena y ha encontrado en Zúrich la ocasión de satisfacer su vena operística.
    -No quiero parecer petulante al afirmar que la dimensión de mi carrera, además del trabajo, de la seriedad, de la constancia, la he conseguido gracias a decir muchas veces no y pocas veces sí. Ocurre ahora, pero sucedía todavía más en mis inicios. Las tentaciones que se me presentaron fueron muchas. No es fácil rechazarlas cuando te ponen cerca ciertos sueños, pero creo haber mantenido una coherencia y una sensatez.

    Mínimo común director
    -De otro modo ¿podría haber conseguido la situación de libertad de la que disfruta?
    -No lo creo. Esa actitud es la que me ha permitido hacer lo que quiero y cuando quiero, más o menos. Puede resultar un poco arrogante esta conclusión, pero no ocurrirá tanto si digo, como pienso, que los años de carrera en el podio o en el foso me han descubierto lo pequeño que soy, que somos los directores, respecto al compositor. Somos minúsculos ante Beethoven, ante Mahler. Y cada día que pasa, me siento más pequeño en comparación con los autores. Bastante tenemos con respetarlos, con hacerles justicia.

    -Desde esas mismas posiciones, usted ha criticado la frivolidad o la superficialidad con que conciben su trabajo los baby-directores.
    -No discuto el talento de nadie, ni su futuro. Pero sí me pregunto por la idoneidad del sistema que los ha creado y que luego va a destruirlos. Parecen fenómenos efímeros. Cuando uno se consume, aparece otro, en una rueda insaciable que no tiene fin. Se les elogia la energía, cuando la verdadera energía, y hablo de la interior, está en lo que hacía Toscanini con 70 años. La dirección requiere paciencia, es una carrera de fondo. No pueden quemarse los talentos incipientes haciéndoles asumir obras que les sobrepasan y para las que no tienen respuesta.

    -¿Quiere decir que plantean sus carreras al revés?
    -Muchos, sí. Empiezan desde la cima, y la voracidad del planteamiento los despeña. No pueden dirigirse ciertas obras sin haber vivido y sufrido lo suficiente. El director no se limita a leer una partitura, sino que se involucra desde su experiencia personal, desde sus vivencias. Cuanto mayor es el bagaje de cuanto se ha aprendido y vivido, más grande es la capacidad de respuesta que se le puede dar a una partitura. Los baby-directores se dejan exprimir como limones. No se dan cuenta, o no quieren hacerlo, de que son objeto de la manipulación.






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