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Martes, 23 de septiembre de 2014
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Jorge Fernández Guerra

"La crisis llega con el apagón de la salas"

¿Por qué da tanto y tan poco de qué hablar la ópera contemporánea? El compositor y director del CDMC publica Cuestiones de ópera contemporánea. Metáforas de supervivencia, un análisis crítico del arte lírico reciente.


BENJAMÍN G. ROSADO | 24/12/2009 |  Edición impresa


Jorge Fernández Guerra. Foto: Sergio Enríquez

Hacen falta pies de plomo para abordar la cuestión de la ópera contemporánea sin resbalar con las ideas propias ni caer en el enciclopedismo. Entre esos márgenes (sin tocarlos) se mueve Metáforas de supervivencia, el primer ensayo del compositor y gestor Jorge Fernández Guerra. El libro parte de la premisa de que la ópera ha muerto. Su certificado de defunción está fechado en torno a 1925 y sobre los motivos se apuntan varios fenómenos -el cine, las vanguardias, los nacionalismos, la devaluación europea, la barbarie de las guerras- que se condensan en una misma imagen: el apagón de la salas. "Ocurre que la apoteosis social de la ópera -explica a El Cultural el director del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea- ha coincidido con unos hábitos hoy inviables. Hablamos de salas de butacas con luz permanente, palcos en los que se cena, se liga, se hace política y tantas otras cosas...".

La primera metáfora del libro corre a cuenta de Puccini en el estreno de su Gianni Schicchi de 1918 en el Metropolitan. Casi al final de la representación, el protagonista abandona el canto para pedir la aprobación del público y, acaso, mendigar el aplauso antes de que caiga el telón. “Hasta entonces, cada país, cada idioma y problemática social querían estar representados en este género. Luego el mundo se hizo demasiado grande y la ópera se quedó en un espectáculo de sala que enseguida perdió la batalla de las masas”.

Cuanto más se globalizaba la cultura, tanto más intelectuales y especulativas resultaban las propuestas que dibujaba el trazo grueso de lo contemporáneo. Hasta el punto de que la unidad que había fraternizado a los músicos desde L'Orfeo de Monteverdi se desvanece de pronto, sin que haya en estos días una definición clara del género capaz de englobar todo lo que se programa. "Lo mejor que le podría ocurrir a la ópera contemporánea es que perdiera el adjetivo y fuera simplemente ópera en su versión actual. Pero la unidad está perdida. Con 400 años de historia nada es fácil”. De ahí el habitual desconcierto del público. “No es posible reprochar nada a la grada. El consenso se ha perdido, pero la ópera sigue teniendo un gran potencial, siempre que se haga con seriedad".

Cabría preguntarse si estas mismas hipótesis podrían plantearse a la inversa. ¿Y si en lugar de acudir al entierro del género que más tienta a los compositores saludáramos el feliz advenimiento de un nueva forma de consenso musical? “La respuesta es sí. Un sí apasionado. No será fácil llegar a un acuerdo. Pero la ópera es por definición complicada”. Lo dice con el dedo en algún punto de la agenda y un proyecto -aún sin título- merodeándole la cabeza. “Creo que un mundo sin ópera es un asco. Más pobre de significado y más triste en sensibilidad. Qué más puedo decir. La ópera contemporánea es una continuidad de la ópera. Que cada cual saque sus propias conclusiones”.





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