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ética y estética

Especial Wittgenstein

EUGENIO TRIAS | 25/04/2001 |  Edición impresa


Wittgenstein aduce que “ética y estética son lo mismo”, o literalmente “son Uno” (sind Eins). Lo dice en el contexto en que afirma que “la ética es trascendental”. Y esa trascendentalidad de la ética (y de la estética, por tanto), que también se enuncia de la lógica, remite a un “sujeto” que, sin embargo, no está más allá de los límites del mundo, sino que se determina como “un límite del mundo”. Lo trascendental es, por tanto, el límite (y el sujeto como “sujeto” de ese límite, o “sujetado” a dicho límite).

Lo ético, como lo estético, al decir de Wittgenstein, es “inexpresable”. No pueden formarse “proposiciones” al respecto. La diferencia entre ética y estética, en la medida en que son “lo mismo”, es muy sutil. Wittgenstein cita a Schiller: “Seria es la vida, alegre el arte” (Wallensteins Lager, Prólogo). La obra de arte sería el objeto (lo que por tal se entiende en el Tractatus) “visto sub specie aeternitatis”. A la inexpresibidad y silencio de lo ético se co-responde “lo mismo” en referencia a lo estético.

De hecho “el milagro estético es la existencia del mundo. Que exista lo que existe”. Quizás la esencia del modo de contemplación artística signifique “contemplar el mundo con ojo feliz”.

Hay, pues, un giro, una epistrofé o una peripecia en esa mirada estética: lo que en la vida asume carácter serio, apesadumbrado, tremendo, puede de pronto ser “transfigurado”, rescatándose su carácter “milagroso” (siempre digno de asombro), independientemente de que se muestre allí algo con carácter trágico (o bien cómico, o tragicómico). Como si de este modo se retrocediera, por la vía de los misterios gozosos, a la admiración originaria que permite una expansión en relatos, mitos, y también en el despuntar filosófico.

“Voy a describir la experiencia de asombro ante la existencia del mundo diciendo: es la experiencia de ver el mundo como un milagro” (añade Wittgenstein en su impresionante Conferencia sobre ética). Y añade: “Me siento inclinado a decir que la expresión lingöística correcta del milagro de la existencia del mundo -a pesar de no ser una proposición en el lenguaje- es la existencia del lenguaje mismo.” A diferencia del modo estético “el modo científico de ver un hecho no es el de verlo como un milagro”.

Esta gran reflexión de Wittgenstein sobre el “silencio” de lo ético (y por tanto de lo estético) debe ser retenida. Algo hay “inexpresable” que impide ajustar la “experiencia” ética (y estética) al criterio según el cual este autor determina lo que denomina “proposición” (que es la expresión manifiesta del pensamiento). Pero quizás convenga fecundar esta reflexión tan exigente del Tractatus con la idea plural y compleja de los múltiples “juegos lingöísticos” (acordes con sus “mundos de vida”) de que habla este gran filósofo en su obra última.

Puede, pues, entonces pensarse si no es lícito determinar alguna suerte de expresión lingöística que “proponga”, con plenitud de sentido, algo relativo a esas experiencias “trascendentales” que hace el “sujeto” en el ámbito de lo ético (y de lo estético). Como avanzo en mi libro ética y condición humana, puede ser lícito, siguiendo en esto a Kant, destacar “una” proposición (ético-ontológica), la proposición que guía y orienta al sujeto (fronterizo) en relación a su obligación, imperativa, por realizar su propia condición (de lo que resultaría, por lo demás, la “vida buena”).

Tal proposición se me revela (en ese libro) como un “imperativo pindárico” que salva el formalismo kantiano mediante el simple y sencillo enunciado imperativo que dice así: “Llega a ser lo que eres”. Luego el imperativo pindárico debe repensarse y reformularse según esa posible comprensión de la condición humana como condición fronteriza. Tal imperativo dice y enuncia, en conjugación imperativo, “que la máxima de tu conducta oriente tu acción, tu ethos, en relación a esa condición fronteriza que constituye tu propia condición humana”.
Creo, frente a Wittgenstein, que sí que puede hablarse de proposición ética. Sólo que ésta no especifica una multitud de variantes de la misma. No contiene una diversidad de juegos lingöísticos, aunque lo que Wittgenstein entiende por tal puede esclarecerse, en el ámbito que tratamos, el ámbito de la ética y de la praxis, como distintas modalidades de respuesta posible a una única proposición ética. Eso es lo que quiero decir: que existe una proposición ética (Wittgenstein pensaba que no existía ninguna); pero yo añado que existe una y sólo una. O que hay una única y exclusiva formulación lingöística posible que pueda dar expresión a lo ético. Lo ético sólo admite esa proposición. Más allá de ella sólo subsiste el silencio, como genialmente supo comprender Wittgenstein.

Pero este grandísimo filósofo no comprendió que “algo”, un resto, un residuo, un cerco de razón nos llega a los oídos como expresión de un decir que puede dar determinación a nuestra acción y a nuestra conducta, u orientación a nuestros modos de vida. Y ese cerco de luz lo constituye, precisamente, la proposición ética, que es una y única (como uno y único es el “imperativo categórico” kantiano). También en el ámbito de la estética y del arte es posible destacar una “proposición” (en el más amplio sentido del término, que incluye la idea de “figura”, Bild) que, sin embargo, es simbólica (y que se expande en todas las exégesis posible de lo simbólico, relativas al habitar, a la erección monumental, al juego de las miradas, a la creación de iconos, a la producción de signos lingöísticos, con toda su profusa figuración retórica, metafórica, metonímica, etc.).

Esa expresión simbólica tiene la peculiaridad de permitir una mostración, en el objeto, o en ciertos episodios del mundo, que, mediada por el decir o hacer simbólico, permita también que “lo ético” (y en consecuencia la proposición referida, y todo el orden de experiencia de la libertad que funda), resuene. De hecho Kant concibió esa resonancia cuando dijo que la belleza era un “símbolo moral”, y que el modo de exposición simbólico, en el que indirecta y analógicamente se exponía “lo trascendental” (y por ende también lo ético, o el uso ético de las Ideas de la razón), se distinguía de la exposición esquemática que permite la conjunción de intuición y concepto para la producción de conocimientos.




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