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Adagios del poder

Erasmo de Rotterdam

Edición de R. Puig de la Bellacasa. Pre-Textos. Valencia, 2000. 342 páginas, 2.750 pesetas

Para conocer a Erasmo hay que partir de la biografía de J. Huizinga (1955; trad española, 1987). Luego para España, la magistral monografía de M. Bataillon Erasmo y España (1937; México, 1966). Desde perspectivas europeas recomiendo Erasmo en Italia de S. Seidel Menchi (Turín, 1987). Sobre los Adagios, M. Mann Phillips, Los “adagios” de Erasmo. (Cambridge, 1964). En cuanto al tema de nuestro libro, interesa la solvencia de J. D Tracy, La política de Erasmo (Toronto, 1978).


CRISTÓBAL CUEVAS | 06/12/2000 |  Edición impresa


La colección “Humaniora”, en su intento de recuperar algunos textos clave de Erasmo de Rotterdam (1467-1536), acaba de publicar esta selección de adagios políticos, donde “el intelectual europeo más importante del siglo XVI” expresa un aspecto trascendental de su pensamiento. Adagios del poder y de la guerra y Teoría del adagio está ejemplarmente estructurado: tras una introducción en que Bellacasa analiza la personalidad del humanista holandés, su obra y los Adagios en especial, A. Vanautgaerden resume los aspectos comerciales de su tarea intelectual, sobre todo en lo relativo a la imprenta; luego, ambos se centran en el enfrentamiento entre la censura eclesiástica y lo erasmista. El corpus textual recoge los Prolegómenos de Erasmo, en que éste expone su teoría sobre el “adagio”, y publica con competencia siete de ellos. La traducción es fiel al original y ágil de estilo. Estamos ante un libro bello de presentación, pulcro e informado, que sirve bien a su ideal de alta iniciación.

La introducción, en la línea de Huizinga y Bataillon, nos presenta a un Erasmo hijo del presbítero Gerardo, agustino a su pesar en Steyn, humanista incansable en París, Oxford, Venecia o Basilea, Consejero de Carlos V, amigo de Tomás Moro y Juan Colet, intelectual celoso de su libertad, ambiguo largo tiempo ante la reforma luterana, y centro de rechazos y adhesiones apasionados. D. Ynduráin, en un reciente artículo, ha hablado de “la otra cara de Erasmo, la mezquina y miserable”. Los autores, sin mitificar la figura del holandés, prefieren poner de relieve su genial labor filológica, su enfrentamiento con la pedagogía rutinaria, su regeneración de la conciencia europea, su depuración de los textos bíblicos, su armonización de lo clásico y lo cristiano. Erasmo abandonó este mundo dejándolo más limpio y auténtico de lo que lo había encontrado.

Los autores estudian Adagios con sugestiva concisión, aunque recogiendo todo lo esencial. Destacan el carácter abierto de la obra, cómo se fue redactando a lo largo de treinta y seis años -desde una primera colección de 838 adagios a una última de 4.151-. Cada nueva edición amplía y modifica la precedente en mayor o menor grado. Los editores, sobre todo Aldo Manucio (Venecia) y Froben (Basilea), sacan a esto partido económico. Erasmo, entretanto, trabaja en la imprenta, sano o con fiebre, como cabeza indiscutible de un “taller” de colaboradores de la talla de Beato Renano, los hermanos Amerbarch o Ecolampadio. Estamos, pues, ante un libro “compartido”, en el que resulta decisiva la mano del maestro. éste consigue un majestuoso jardín doctrinal, verdadera cima de la paremiología culta.

No podemos olvidar que estamos ante una antología temática, integrada sólo por adagios políticos. Para Erasmo, contra lo que defendió Maquiavelo en El príncipe (1513), la cosa pública no ha de regirse por criterios expansionistas ni métodos mendaces. El maremágnum de los acontecimientos ha de encauzarse por el derecho natural y la doctrina evangélica. Hay que desmentir a Plauto en su idea de que el hombre es un lobo para el hombre. Ello se evitará encomendando democráticamente el gobierno de los mejores. Erasmo propone un plan de gobierno basado en la experiencia y la cultura. Lo que en esto hay de utopía obliga a no sentirse satisfecho a ningún nivel de logro. Las sociedades, como los hombres, son siempre perfectibles. El ejemplo de los que nos antecedieron, la virtuosa emulación y una autoestima de raíces estoicas nos darán el impulso indispensable.




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