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Albert Camus. Obras Completas

Edición de J. M. Guelbenzu

Alianza Editorial. Madrid, 2010. 5 volúmenes, 60 euros

 | 26/03/2010 |  Edición impresa


Albert Camus

Albert Camus no escribió para la gloria, sino para la posteridad: “la verdadera generosidad para con el porvenir consiste en darlo todo ahora”. Con sus flaquezas y “desbordamientos”, Camus intentó ajustarse a este planteamiento vital. No pretendía ser un moralista ni un profeta, sino un inconformista consecuente. En Calígula (1938), constata que sólo hay una verdad elemental y obscena: “el hombre muere y no es feliz”. Calígula lo descubre tras perder a su hermana Drusilla y se entrega a un nihilismo feroz, abocado a un fracaso previsible, pues no es posible destruir el mundo y reinventar al hombre.

Camus se propone algo más humilde: aceptar nuestra finitud, sin renunciar a rebelarnos contra nuestro destino. En su obra, la rebeldía existencial trasciende lo meramente personal para convertirse en categoría filosófica. Cincuenta años después de su prematura muerte, Camus no cesa de entrometerse en un presente que añora la ausencia de intelectuales sin miedo a ser intempestivos o a la rectificación y la autocrítica.

La edición de sus obras completas nos devuelve a un autor que jamás se ha desprendido de la actualidad. Alianza ha reunido en un estuche con cinco volúmenes las novelas, el teatro, los ensayos, las crónicas periodísticas y los diarios, con un prólogo de José María Guelbenzu. Al reencontrarnos con los famosos Carnets o las Crónicas argelinas, sólo podemos deplorar que la vida de Camus haya sido tan breve. Nos habría gustado conocer su opinión sobre la guerra de Irak o Afganistán. Es cierto que su lucidez no le resguardó del error, pero cuando afirma que es necesario “aplacar a cualquier precio a los pueblos desgarrados y atormentados por un sufrimiento prolongado”, nos invade la sospecha de que el mundo se ha atascado en un callejón sin salida.

Camus no fue un filósofo en el sentido académico, sino un pensador de la estirpe de Montaigne, Nietzsche o Cioran (que le aborrecía, pese a una proximidad divergente: ambos se enfrentaron al absurdo, pero Cioran resolvió su pensamiento con una apología del suicidio y Camus entendió que la superación del suicidio es la primera evidencia racional de nuestra libertad). La prosa de Camus no puede rivalizar con la de Malraux, el propio Cioran o Tournier, pero su esquematismo exento de banalidad, su limpidez sin aristas, su elocuencia elegante y sin alardes, su lirismo sencillo y eficaz, le garantizan un porvenir que no será tan complaciente con otros estilos más ambiciosos.

Alabado hasta el exceso y denigrado por su apego sentimental a la Argelia francesa, Camus transitó por la vida con más honestidad que Malraux (mitómano compulsivo) o Sartre (malicioso y manipulador). Su antifascismo no le empujó a un pragmatismo revolucionario que subordina la moral a la necesidad de una pretendida escatología histórica. Su famosa polémica con Sartre (cuestionada, minimizada o exagerada) ha servido de inspiración al neoliberalismo más torpe, ignorando que Camus -al igual que Orwell- nunca abdicó de su filiación izquierdista. Su denuncia del totalitarismo soviético y del marxismo revolucionario no le alejó de la izquierda, pues “la izquierda ha estado siempre en lucha contra el oscurantismo, la injusticia y la opresión”.

Es imposible no simpatizar con Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913-Villeblevin, Francia, 1959). Con el cigarrillo eternamente suspendido entre los labios y el cuello de la gabardina alzado, recuerda a los galanes de la novelle vague, que seducen mujeres y deambulan por los paisajes urbanos, acosados por la angustia y el vacío interior. Nacido en el seno de una humilde familia de pieds-noirs, mantuvo un vínculo muy estrecho con una madre analfabeta y casi sorda.

Del padre, que muere en 1914 en el Marne, sólo conserva una fotografía y un relato casi mitológico o que al menos insinúa un linaje moral: su repugnancia como testigo de una ejecución pública. Durante las depuraciones que siguieron al final de la ocupación nazi, Camus solicitó el indulto para un colaboracionista implicado en la deportación de niños judíos, pues entendía que la oposición a la pena capital no contempla excepciones. Esta perspectiva moral no es incompatible con el derecho de rebelión contra la tira- nía. En Los justos (1950), Camus escenifica el conflicto entre los medios y el fin. La violencia ejercida contra la opresión está justificada, pero la legitimidad desaparece cuando hay víctimas inocentes. Camus pretende distanciarse de razonamientos como los de Malraux en La esperanza (1937) o Saint-Exupéry en Vuelo nocturno (1931), que subestiman al individuo frente a un bien superior, ya sea la revolución comunista o la epopeya de la aviación en sus orígenes.

El maestro de primaria Louis Germain advirtió en la escuela el talento de Camus y le alentó a continuar los estudios, dirigiendo sus lecturas y corrigiendo sus escritos. Camus se lo agradecerá con una novela inacabada (El primer hombre, publicada póstumamente) y con una emotiva mención en el discurso pronunciado al recoger el Premio Nobel de 1957. Camus inició su carrera en el teatro y el periodismo. Denunciar la miseria que afligía a la mayoría de los argelinos, le costará su puesto de trabajo. Se traslada a París y el pacto germano-soviético le distancia para siempre del comunismo. Participa en la Resistencia y en la postguerra se convierte en jefe de redacción de Combat.

En 1942 llega la consagración con El extranjero. Meursault trasciende su condición de personaje de ficción y se convierte en la encarnación del “desencantamiento del mundo” augurado por Max Weber. Meursault representa el nihilismo en sentido negativo del que habla Nietzsche. Condenado a muerte por un crimen absurdo, sin motivación aparente, no se inquieta por la inminente ejecución, pues “desde que uno sabe que debe morir, no importa ni dónde ni cuándo”. Además, “la vida no vale la pena de ser vivida”. No hay otra certeza que la muerte y la existencia de Dios es irrelevante comparada con “el cabello de una mujer”. En El mito de Sísifo (1942) hay un giro, y el nihilismo aparece en un sentido positivo: la vida es absurda, sí, pero la conciencia de ese hecho ya implica un progreso y el ser humano, en la medida de lo posible, debe esforzarse en transformar la realidad, combatiendo el mal moral y social.

En 1947 aparece La peste, una alegoría sobre las sociedades infectadas por el totalitarismo. Camus adopta la figura del santo laico, que sólo actúa por una motivación ética, pero sin la expectativa de una justicia sobrenatural. Al luchar contra la peste, el artista y el doctor que protagonizan la novela demuestran que la solidaridad es posible y que “hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura”. El hombre rebelde (1951) cuestiona la filosofía de la historia de Hegel y Marx, que reemplazan a Dios por el Estado. El intelectual debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones. Por eso, nunca debe formar parte de un ejército regular, sino actuar como “un francotirador”.

No es necesario recorrer toda la obra de Camus para apreciar su legado: amor a la finitud, confianza en el hombre, necesidad del compromiso. Cuando aún permanecían frescos y lacerantes los recuerdos de la II Guerra Mundial, se atrevió a escribir que “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Esta inmerecida absolución tal vez sea la mejor herencia de un escritor donde la clarividencia nunca logró extinguir la embriaguez de vivir.


Camus como antídoto
Por Fernando Aramburu

Es razonable vincular los orígenes humildes de Albert Camus con la atención sostenida que prestan sus escritos a los hombres humillados. Cuando algunas inteligencias famosas de Francia defendían el poder liberador de la crueldad revolucionaria, favoreció una moral basada en el ejercicio de la compasión. Le parecía bueno, aceptable, positivo (no fue ducho en terminología académica) cualquier gesto de obra o de palabra encaminado a aliviar el dolor de sus semejantes. Rehuyó el vicio habitual del filósofo de profesión que olvida detrás de espesos muros conceptuales, de montañas de jerga, al hombre concreto, vivo en un lugar y en un presente. Avezado a juzgar las ideas por sus consecuencias, comprobó que es propio de los dogmas dejar una estela de cadáveres en la historia. Admitió la rebeldía con tal que fuera fecunda y constructiva. Algunos agradecemos a sus libros que nos inmunizaran contra la ponzoña del fanatismo.


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