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Anatomía del fraude científico

Horace Freeland Judson

Traducción de David León. Crítica. Barcelona. 2006. 496 páginas, 29’90 euros

Los científicos son tan propensos a la comisión de delitos como otros grupos humanos y, dado que hay más de ellos en activo que los que han ocupado nicho o tumba en alguno de los cementerios de la historia, no debe extrañar que los casos de fraude científico, hace nada el de Shün o ahora el de Hwang, tengan que hacer cola para aparecer en los titulares de los periódicos.


FRANCISCO GARCÍA OLMEDO | 11/05/2006 |  Edición impresa


Thereza Imanishi-Kari fue acusada de fraude. Tras años de pleito resultó absuelta, pero su carrera ya estaba destrozada

Nadie más cualificado que Horace Freeland Judson, en tiempos corresponsal cultural y ahora historiador, para abordar el análisis de una confusa situación en la que parece como si fuera más fácil alcanzar los famosos quince minutos de notoriedad si un descubrimiento científico se denuncia como fraudulento que si se confirma como auténtico. Judson es autor de la que es sin duda la mejor historia escrita hasta ahora sobre el desarrollo de la biología molecular (The eigth day of creation. Jonathan Cape Ltd., 1979), para la que recopiló un inestimable archivo oral y una documentación ingente.

El autor empieza ahora dibujando un panorama pesimista de la cultura actual como invadida por el fraude: … “las finanzas y la industria, las profesiones, las iglesias, los deportes, los medios de comunicación de masas, las ciencias…”, ninguna institución social resulta exenta en su diagnóstico. Enmarca así su discusión sobre el fraude científico, una clase de delito a cuya definición y tipología dedica dos capítulos. La descripción más corriente responde a las siglas IFP -invención, falsificación y fraude- y no hay desacuerdo respecto a los conceptos aludidos, pero sí lo hay respecto a los intentos de extender la definición a otros desvíos, incluyendo términos más difuminados, tales como las “prácticas que se desvían seriamente de las que son comúnmente aceptadas en la comunidad científica para la propuesta, realización y difusión de los resultados de la investigación.” Aparte de su vaguedad conceptual, que dificulta en la práctica las acciones correctivas, dichas ampliaciones de la definición tienen implicaciones muy distintas según el marco sociológico de cada especialidad científica. Respecto a la tipología del fraude, las denominaciones que propone Judson para los distintos síndromes son lo bastante expresivas: el investigador prodigioso, el mentor seducido, la psicosis compartida o la arrogancia del poder, por citar algunas de ellas.

En la segunda mitad del siglo XX se ha adquirido una mayor conciencia del fraude y se ha alcanzado una definición mucho más exigente de lo que se considera la buena práctica científica, por lo que al volver la vista hacia la ciencia de los siglos precedentes no es sorprendente que encontremos con gran frecuencia desviaciones del código actual. Ya Chaucer distinguía los alquimistas bien intencionados de los farsantes. Judson se detiene a juzgar con severidad dichas desviaciones en luminarias tales como Newton, Mendel, Darwin, Pasteur o Freud, antes de adentrarse en la mayoría de los casos más recientes, que ocupan el meollo del libro. La visión retrospectiva está muy bien documentada, como es costumbre en el autor, pero adolece de una evidente falta de empatía en el modo de juzgar. Por ceñirme al caso que mejor conozco: es altamente improbable que Mendel cometiera fraude. Cuando décadas después el famoso estadístico Ronald A. Fisher concluyó que las razones numéricas publicadas por Mendel se ajustaban demasiado bien a las hipótesis, ignoraba el dato fundamental de cuántas plantas y cuántos cruzamientos se habían examinado, datos que no sobrevivieron porque el prior que sucedió a Mendel mandó quemar todos los escritos y papeles de éste que no estuvieran en letra impresa. Además, Mendel no tuvo inconveniente en publicar que las segregaciones obtenidas de híbridos en especies del género Hieracium no cumplían lo esperado. En cualquier caso, los pecados desvelados de estos científicos, unos graves y otros evanescentes, en ningún caso ponen en cuestión sus señeras aportaciones al avance científico. En contraste, los casos más actuales de fraude que con rigor resume Judson, responden a publicaciones con resultados fraudulentos que han tenido que ser retractados y han dañado de forma severa a los coautores no cómplices en el fraude y a los investigadores que han tratado de avanzar a partir de los resultados fraudulentos.

Dado el volumen relativo de la investigación biológica actual, muchos de los casos que describe Judson corresponden a esta especialidad y yo mismo he tenido ocasión de conocer en persona a varios de los principales afectados. Un Efraim Racker ya próximo a la jubilación fue embaucado por el joven Max Spector, orador brillante, poeta y pintor del que alguien llegó a decir que verlo trabajar en el laboratorio era como ver al joven Beethoven tocar el piano. Racker, pintor avezado entre cuyas obras se incluye un excelente retrato de Ochoa recientemente mostrado en la exposición de su centenario, figuraba ya en todos los libros de texto por su descubrimiento de la ruta metabólica de las pentosas-fosfato y a la sazón había formulado una brillante hipótesis respecto a la respiración y el origen del cáncer. Spector fue tan hábil con sus datos experimentales que se tardó en descubrir la falsedad, que no sólo afectaba a éstos sino a su propio título de licenciado y a las cartas de recomendación con que vino avalado. Racker fue sancionado por no haber detectado el fraude a tiempo.

Otro caso tratado por Judson ocurrió en el Instituto Max Planck de Colonia mientras yo formaba parte de su comité científico. Jeff Schell, ya famoso por su contribución al desarrollo de las plantas transgénicas, dirigía un departamento de más de un centenar de personas cuando surgió un caso de fraude por el que perdieron su empleo un técnico y uno de sus jefes de equipo. El incidente obligó a retirar una media docena de trabajos de las revistas más importantes y desencadenó en Schell una grave enfermedad que le llevó a una muerte prematura.

Judson dedica todo un capítulo al mal llamado caso Baltimore que, hasta el fraude del coreano Hwang, ha sido probablemente el más célebre incidente de esta índole. En realidad la afectada fue Thereza Imanishi-Kari quien colaboró con el premio Nobel Baltimore en un controvertido trabajo y fue acusada de fraude por una de sus colaboradoras. Judson da una visión sesgada de un complicado proceso que duró diez años hasta que la acusada fue finalmente absuelta, aunque con su carrera destrozada. El historiador Daniel Kevles, en un grueso tomo sobre el mismo caso (The Baltimore case, Norton, 1998), da una visión más equilibrada y al mismo tiempo más devastadora, en la que no salen libres de alguna culpa ninguno de los protagonistas: acusada, acusadora, Baltimore, las instancias académicas, la Oficina para la Integridad Científica, los servicios forenses del FBI y la comisión del Senado que presidida por el senador Dingell se ocupó del asunto.

Los daños causados por el fraude no son distintos de los que se derivan del error honesto, parte inevitable del quehacer científico cuyo enjuiciamiento ético nada tiene que ver con el del fraude. El error de los resultados científicos, intencionado o no, se depura con eficacia porque nada se da por establecido en ciencia si no ha sido repetido varias veces de forma independiente. Judson ha escrito de nuevo un libro imprescindible, aunque esta vez lo ha hecho con el virtuosismo del pianista que, fiel a las notas, abusa del pedal a contrapelo.


El caso Hwang
Ningún fraude científico actual puede compararse, por su repercusión y trascendencia, al del científico coreano Woo Suk Hwang, que anunció en 2004 que había logrado clonar embriones humanos para la investigación, y en 2005, la clonación de células madre embrionarias humanas.

El escándalo estalló poco antes de las navidades pasadas: entonces, uno de sus colaboradores le denunció y una comisión de investigación de la universidad nacional de Seúl (SNU) demostró que los once clones de células madre embrionarias generados supuestamente de pacientes eran todos falsos. Los datos que demostraban tal descubrimiento habían sido creados fraudulentamente. Lo único real de sus descubrimientos había sido la primera clonación de un perro, Snuppy. Lo malo es que los anuncios de Hwang y la publicación de sus supuestas investigaciones habían generado un enorme optimismo, ya que, de ser ciertas, hubieran revolucionado el tratamiento de la diabetes o el parkinson.

Tras estas revelaciones, el gobierno de Corea del Sur le retiró el título honorífico de “Mejor científico”. También la Universidad Nacional de Seúl, en la que Hwang y su equipo llevaron a cabo sus trabajos, pidió disculpas ya que el escándalo“ha dejado una mancha imborrable en la comunidad científica de nuestro país”.




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