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Ante el dolor de los demás

Susan Sontag

Traducción de Aurelio Major. Alfaguara. Madrid, 2003. 150 páginas, 10 euros

BERNABÉ SARABIA | 23/10/2003 |  Edición impresa


Susan Sontag. Foto: Archivo

Nacida en Nueva York en 1933, Susan Sontag es autora de una extensa y variada obra traducida a treinta y dos idiomas y que ha recibido multitud de premios y galardones. Los dos últimos, este mismo año, han sido el premio Príncipe de Asturias de las Letras, compartido con Fátima Mernissi, y el premio de la Paz de los Editores y Libreros alemanes que se otorga con ocasión de la celebración de la Feria de Francfort.

Situar Ante el dolor de los demás en la producción de Sontag requiere saltar por encima de su anterior libro, En América (Alfaguara, 2002) una novela pesada y fría sobre la emigración de una familia polaca al Estados Unidos del último tercio del siglo XIX, la cual apenas añade nada a lo mucho publicado (basta recordar El campesino polaco en Europa y América de W. I. Thomas y F. Znaniecki) en torno al asentamiento, en esos años, de los polacos en Norteamérica.

En realidad, este último libro de Susan Sontag pide retrotraernos a Sobre la fotografía (Edhasa, 1982, 1996). Salió a la calle en el año 1973 e iluminó de inmediato el panorama fotográfico con una novedosa y rica mezcla de fotografía, arte, conocimiento y ética. Desde entonces Sontag es una referencia obligada en el universo de la fotografía. Estas mismas páginas, con motivo del pasado PhotoEspaña, recogieron catorce preceptos suyos sobre el papel de la fotografía en la sociedad moderna.

En Ante el dolor de los demás, Sontag vuelve a la fotografía como testigo privilegiado del horror, aunque rectifica su posición de hace treinta años cuando afirmaba que la repetición en imágenes de la perversión moral corría el peligro de acabar embotando la sensibilidad del espectador. Ahora reclama la necesidad de denunciar desde la fotografía el abuso tantas veces como éste se produzca. Contra todos los horizontes autoritarios Sontag mantiene su posición moral. Su crítica ante el abuso de poder es encomiable. Su defensa de los sometidos a cualquier tipo de torturas o vejaciones es lúcida y valiente.

El armazón de este volumen arranca con el nacimiento de la fotografía para ir mostrando al lector fotos marcadas por su brutal contenido que, precisamente por ello, resultan esenciales para conservar la memoria de hasta dónde puede llegar la tropelía humana sin frenos morales. Dado que la guerra constituye el marco en el que se dan las mayores aberraciones de la condición humana, Susan Sontag la utiliza como fondo sobre el que va proyectando su escritura. Al mismo tiempo va elaborando su teoría sobre el papel que hoy día juega la imagen a la hora de producir fibra moral. De ahí que desde su enorme erudición se refiera a las tomas de Roger Fenton de la brutal Guerra de Crimea o al Museo Anti-guerra fundado por Ernst Friedrich en 1924 y arrasado por los nazis pocos años después.

Cuando el avance tecnológico permite la construcción de cámaras que, como la Leica, ya no dependen del engorroso trípode, se hace posible, como hace Eddie Adams en 1968 en Vietnam, registrar el momento en el que el general Nguyen Ngoc Loan descarga su revolver sobre la cabeza de un vietnamita en plena calle de Saigón.

Las fotografías más significativas de los conflictos bélicos del pasado siglo dan pie a la polémica escritora norteamericana para ir tejiendo su manifiesto desolado y furioso contra el sufrimiento causado por la guerra. Esta iconografía del sufrimiento es algo que entiende muy bien quien haya visto Los desastres de la guerra de Goya o el Guernica de Pablo Picasso.

Hasta aquí bien, pero el problema es que este volumen no contiene una sola ilustración. Desgraciadamente, el lector no dispone de ninguna de las fotos que Sontag utiliza como referencia. Bien es verdad que se trata de fotografías clásicas y que algunas han sido publicadas en España. En Ernst Jönger: guerra, técnica y fotografía, edición de la Universidad de Valencia al cuidado de Nicolás Sánchez Durá, se pueden encontrar algunas de las fotografías de la Primera Guerra Mundial y de años posteriores citadas por Sontag, pero eso no parece suficiente para un público no especializado en ningún caso.

A pesar de este grave problema, aciertan las páginas de Ante el dolor de los demás al mostrar la capacidad de la imagen fotográfica para conservar el recuerdo de los horrores que rasgan la condición humana. La sociedad actual no puede volverse insensible ante el sufrimiento. La guerra no es algo inevitable.




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