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Arte poética

Horacio

Edición de J. A. González Iglesias. Cátedra. 182 páginas. 11'60 euros

ANTONIO COLINAS | 01/02/2013 |  Edición impresa


Estatua de Horacio en Venusa

El fomento de los autores clásicos, la actualización y el amor a los mismos, sigue siendo quizá una asignatura pendiente en nuestro tantas veces urgente mundo literario. No me refiero a que los clásicos no reciban la fundamentada atención de los especialistas, sino a que los lectores comunes siguen padeciendo la falta de estímulo. Quizá hay que recordarlo a la vista de esta jugosa edición del Arte poética de Quinto Horacio Flaco, debida al poeta y profesor Juan Antonio González Iglesias; autor y obra que, por supuesto, cuentan con otras valiosas versiones de referencia. Por citar dos de ellas, de última hora, recordaré las de J. Gil (Dykinson, 2010) o J. L Moralejo (2008).

La edición de González Iglesias cabe situarla en otro plano, acaso por esa doble condición del traductor de poeta y filólogo; la cual, persiguiendo el rigor, la literalidad, se adentra en la interpretación y actualidad de los contenidos, es decir, en el arte poética expuesta en tiempos que no sólo buscan la poesía por otros caminos (blogs, internet, inmediatez en la escritura) sino que carecen de una Poética en sentido estricto; bien porque no se precise o, lo que es más grave, porque se desconozca.

Quizá, por ello, González Iglesias termina aludiendo a la poesía como a un “decir esencial”, remate a las muchas ideas que va revelando al lector a lo largo del prólogo informativo, la traducción y sus notas, pero sobre todo del Comentario final, que es una iluminadora Poética para nuestra época. El poeta de hoy se explaya sobre cuanto el latino escribió, lo lee directamente y se arriesga a ir a contracorriente y a decirnos qué es para él el poetizar. Unas veces alude a esa ineludible condición de “arte”, de “decir esencial”, de “sacralidad”, avalada por la tradición (Cicerón, Valéry, Mandelstan) o por algún coetáneo (García Baena) que, al aludir a la poesía como “misterio y precisión”, nos conduce a la poética horaciana, en la que no falta el rigor junto al don que supone la poesía.

Las poéticas de Horacio-González Iglesias, de un poeta del siglo I a. de C. y de otro del siglo XXI, se enlazan para darle al libro actualidad y vivacidad. El Comentario del traductor, claro y radical, nos ha recordado enseguida The Art of Poetry de Ezra Pound, excepcional muestra de rigor, osadía y radicalidad fecunda, que el propio Iglesias recuerda. Por tanto, la lectura de esta versión, en puros endecasílabos blancos, nos va ofreciendo, desde una actitud valiente, nuevas y sugestivas apreciaciones. Así, el ignorado orfismo del texto poético en nuestros días, (Orfeo, “varón sagrado” dice un verso de Horacio), algo que no se da en esta traducción. El olvido hoy del ritmo del verso es quizá una de las pérdidas más notables, pero no la menos grave, si pensamos, como dice el traductor, que “el siglo XX borró las fronteras entre lo que es arte y lo que no”.

El traductor señala otros equívocos que el texto horaciano subraya: confundir lo que es poesía con cuanto pertenece al territorio de la patología o el psicoanálisis: el “feísmo” (que implica no poseer un sentido sustancial de lo bello), la “crueldad” o lo “autodestructivo”. En una palabra, la ausencia de humanismo -un “arte deshumanizado”, escribe Iglesias- y la práctica de un compromiso hueco con la escritura. Cuanto llevo dicho me parece primordial a la hora de valorar esta edición que tiene algo de “manual” para quienes deseen poseer hoy un sentido certero no sólo de los clásicos, sino de la poesía como actitud vital y fenómeno anímico. La segunda mitad del Arte poética de Horacio nos remite a consejos sobre ese humanismo fecundo y a recomendaciones sobre la práctica de escribir. También a presencias simbólicas, como la de la lira o a la de Minerva -que alude a la sabiduría-, a la salud, al rigor y la concisión, a la fama y mediocridad, al reposo y la perduración de lo creativo. Estas recomendaciones hacen de la poesía, para traducido y traductor, “un arte de ser”. La tan actual y necesaria defensa de las lenguas clásicas tienen en esta obra, “breve pero mayor”, un magnífico ejemplo para la esperanza.




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