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Caligrafía de los sueños

Juan Marsé

Lumen, Barcelona, 2011. 440 pp., 22'90 euros

RICARDO SENABRE | 25/02/2011 |  Edición impresa


Juan Marsé. Foto: Alberto Estévez

La esperada nueva novela de Juan Marsé (Barcelona, 1963) no podrá resultar una sorpresa para ninguno de sus lectores, porque no hay en ella nada ajeno al mundo que el escritor ha ido configurando, obra tras obra, desde hace más de medio siglo. Podría decirse, para simplificar, que Caligrafía de los sueños es puro Marsé. Hay en ella un marco geográfico habitual en el escritor: la Barcelona de los años cuarenta, de la escasez y el racionamiento, donde un kilo de café torrefacto es un tesoro; un adolescente ensimismado, con muchos rasgos del autor, aficionado a la lectura y tan fascinado por el cine norteamericano del star system que ha renunciado a su nombre de pila y se hace llamar Ringo, como el John Wayne de La diligencia, e inventa con sus amigos historias de indios belicosos y héroes que salvan a bellas jóvenes; unos seres que tratan de sobrevivir esquivando la enconada persecución de la policía política, empeñada en silenciar y encarcelar a los considerados desafectos al nuevo régimen; el cine, los bares y los burdeles como únicos caminos para escapar de una realidad gris y ominosa.

El padre de Ringo se dedica a la desratización de locales, pero también a otras misteriosas tareas que le obligan a viajar de vez en cuando hasta la frontera francesa para llevar y traer mensajes y que le obligarán finalmente a esconderse antes de ser detenido. El panorama global es el de un mundo de vencidos. Las secuelas de la guerra civil planean sobre estos personajes amedrentados o sumidos en la resignación, y entre todos ellos destacan con fuerza la señora Mir, con su hija Violeta, y su historia con Abel Alonso. El conmovedor personaje de Vicky Mir, con su desesperada soledad, su pobreza afectiva y su obsesión por una carta que nunca llega y que mantendrá en vilo al lector hasta el final, es una de las grandes creaciones de Marsé. Está delineada con finura mediante varias escenas magistrales; una desoladora conversación con su amiga Paquita, la sesión de masaje a Ringo y sus escapadas al campo para recoger plantas aromáticas bastan para configurar un tipo lleno de hondura, junto al cual palidecen casi todos los demás. En cuanto a Alonso, su recorrido nocturno con Ringo en el capítulo 11 y su inesperada reaparición en el epílogo, muchos años después, lo convierten en un elemento clave de la historia. Secundariamente, Caligrafía de los sueños es también una reflexión acerca del poder de la ficción, gracias a la cual es posible vivir en un mundo paralelo y atractivo abandonando la grisácea existencia cotidiana, que, como piensa Ringo, “sólo es un trajín de seres acogotados y de pobres afanes que no importan, que no merecen atención” (p. 223).

Si Caligrafía de los sueños no añade nada especial a la obra de Marsé, en el sentido de que no explora territorios nuevos, sí confirma la fidelidad del autor a un mundo personal, a unas ideas y a un estilo narrativo -limitado a alternar en tiempo presente escenas de distintas épocas- que tienen, después de cincuenta años, un perfil propio, reconocible y diferenciado de cualquier otro. Y hay muy pocas máculas en el texto: algunos catalanismos, como “parar [la] oreja” (pp. 14, 18, 243, 366) o “ginesta” (pp. 61, 72, 295) por ‘retama'; algún anacronismo idiomático: una abuela de 1943 no podría decir “a día de hoy ya se lo habría explicado” (p. 149), porque esta cursi acuñación con tufillo burocrático es de difusión reciente entre nosotros; ni en esos años decía nadie “troncharse de la risa” (pp. 234, 357) o “doblarse de la risa” (p. 278), con la introducción de ese artículo espurio y absurdo que hoy, en virtud de una moda peregrina, se repite hasta la saciedad. La gente puede morirse de risa o morirse de vergüenza -para todo hay motivos-, pero no “de la risa” o “de la vergüenza”. Hasta para morirse hay que tener esmero.





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