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Cartas inéditas de Juan Ramón Jiménez

“Me habla usted de mi aislamiento, del aislamiento. Yo he sido siempre, como usted sabe, un aislado; creo que la soledad es buena amiga de la bondad, y de la belleza. Ahora bien, la cuestión es ésta: ¿dónde debe uno aislar

Volver a Juan Ramón no es sólo volver a la mejor poesía del siglo XX, es volver también a la historia literaria y sus protagonistas de medio siglo de España y volver siempre a lo imprevisto, a lo inédito. Estos días, las celebraciones en torno al poeta se multiplican e incluso se solapan. Se cumplen los cincuenta años del premio Nobel, se inaugura -ayer mismo- una exposicion en la Residencia de Estudiantes, se celebran estos días congresos en Huelva y Sevilla, y la semana que viene se presenta por fin el primer tomo -de los tres- del riquísimo epistolario del poeta que ha preparado durante años Alfonso Alegre y que edita la propia Residencia. Se trata de 420 cartas, la mayor parte de ellas desconocidas y que, en todo caso, salen a la luz por primera vez completas, sin censuras ni erratas, que llenan un gran vacío, el de los años de juventud del poeta. Entre las joyas de este primer Epistolario encontramos diecisiete cartas que el poeta de Moguer escribió a Rubén Darío entre los años 1900 y 1911, recuperadas de los archivos de la Biblioteca Nacional de Chile. Cinco de ellas las publica en primicia El Cultural, así como las dirigidas a Ortega y Gasset, Unamuno y Antonio Machado. Que este epistolario era considerado por Juan Ramón como parte de su obra literaria -alguna carta encierra poemas inéditos- lo evidencia su carpeta encontrada en Puerto Rico con el título de “Cartas a mí con notas mías”.


 | 26/10/2006 |  Edición impresa


Juan Ramón Jiménez visto por Raúl Arias

A Rubén Darío
“Tengo que decir mucho sobre usted, a estas pobres bestias madrileñas”
Madrid, febrero de 1903

Queridísimo maestro:
recibí su carta y al día siguiente dije a mis compañeros todo lo que usted me indicaba en ella. La revista, como es natural, no puede desde ahora mismo pagar una colaboración escogida; ojalá pueda pagarse ella misma, o costarnos poco -desde luego, no queremos ganar dinero-. Tenemos colaboración de Benavente, Valle-Inclán, etc., gratuita, y además todos nosotros, los jóvenes, trabajaremos mucho y se traducirá bastante del alemán y del inglés. Los originales franceses no se traducen. Así pues, lo de menos sería pagarle, o pagarle a buen precio; pero, entonces, los demás querrían también que les fuesen abonados sus trabajos, y la revista nacería muerta, pues aunque tenemos una gran voluntad -y hemos quitado los elementos corrosivos, aun de talento- no estamos muy ricos y menos ahora que hay que abonar muchas cosas -papel, cubiertas, cabeceras, anuncios, etc.- por adelantado. Claro es que usted dirá: Entonces, ¿a qué se ha dirigido usted a mí? ¿Voy a trabajar por gusto? Es verdad, mi querido maestro, y tiene usted razón; perdóneme. Ahora bien: si dentro de tres o cuatro meses la revista puede -como creemos- pagar, acudiremos a usted nuevamente y en primer término.

Todo esto se lo digo por encargo de mis cinco compañeros, tres de los cuales son, Agustín Querol, Martínez Sierra y Ramón Pérez de Ayala, este último un poeta joven de bastante talento y muchísima cultura. Ahora, le hablo yo solo: como quiero que usted colabore a todo trance, y en sitio de honor, porque creo que usted es el primer poeta de los que hoy escriben en castellano, y con una gran superioridad sobre todos, y porque, aunque le traté pocos días, le profeso un cariño entrañable, he de trabajar constantemente con mis amigos a ver si muy pronto conseguimos poder encargarle trabajos pagados y pagados espléndidamente, mi querido poeta. De modo que esperemos a entonces. Y no se enfade usted conmigo.

En el primer número me ocuparé extensamente de Peregrinaciones; pienso decir muchas cosas; ahora le diré que el artículo de Fombona en “El Renacimiento [Latino]” me pareció muy mal; he leído algunas pocas páginas, pero ¿está ciego ese señor, y del alma, para no ver en cada línea la grande y bella alma del poeta? En España contemporánea sucede lo mismo. No creo yo que sea labor de periodista ni aun de periodista-poeta, es labor -e inmensa- de poeta y sólo de poeta, a pesar de su periodismo. No deje usted de enviarme La caravana pasa como me anuncia, para dedicarle otro extenso artículo en la revista. Además, pienso publicar en ella un estudio sobre su personalidad literaria -probablemente abrirá el segundo número. Quisiera que me dijera usted dónde podría encontrar Los raros; aquí, en las librerías, no lo tienen. Yo conozco Azul, Prosas profanas y España contemporánea. ¿Tiene usted publicada en revistas la novela El hombre de oro? Si es así, dígame dónde está para procurarme los ejemplares. Tengo que decir mucho sobre usted, a estas pobres bestias madrileñas que, a lo que parece, cada día se dan menos cuenta de las cosas. A mí me gusta hablar poco; además, yo no voy a cafés ni casi al centro de Madrid; vivo aquí aislado y sólo viene a verme algún buen amigo; así, trabajo y, sobre todo, leo y sueño mucho. Y por esto, tengo muchas cosas que decir de usted a estas bestias. Si yo estuviera fuerte, iría a París unos meses; sólo por el gusto de estar algún tiempo con usted. Crea en mi cariño verdadero. ¿No piensa volver ahora por Madrid?

Me pregunta usted si se lee aquí “La Nación”; no sé si irá a los centros literarios; nosotros la tenemos. Un día de estos le enviaré mi ejemplar de Prosas profanas para que me ponga usted su firma; es por el placer de tener dedicado ese libro tan bello; luego, hará el favor de remitírmelo cuando me remita La caravana pasa… y en un mismo paquete. Escríbame, y dígame que no se ha enfadado conmigo.

Le quiere mucho y le admira profundamente su
Juan R. Jiménez

“Mi obsesión de una muerte repentina no me abandona”
Madrid, noviembre de 1903

Querido maestro:
gracias por su carta; en esta ciudad grande y fría, donde apenas tengo un cariño, las cartas que usted me escribe son para mí como una brisa llena de frases amigas, como un envío de otros jardines y de otros campos más íntimos. Y no sabe cuánto me alegra que mis pobres cartas le lleven consuelo; por lo demás, ya sabe usted que yo les pongo en la tinta mucho amor. Haré el artículo que le dije -sobre La caravana pasa-, para “La Lectura”. Y le enviaré un ejemplar del número en que se publique. Martínez Sierra hace lo suyo en este número de Helios, según me dice. Y me agradece y me devuelve los recuerdos que usted le manda.

Con verdadera pena le digo que no podré ir a Granada. ¡Y sería tan bello charlar con las fuentes de la Alhambra! Yo no estoy fuerte, y vivo con el doctor Simarro; mi obsesión de una muerte repentina no me abandona. Y no puedo alejarme tanto. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte, y con las apariciones. ¿Cuándo me enviará usted su nuevo libro? Escríbame desde Málaga, y no olvide que sus cartas son visitas espirituales para mí -poeta aislado de la vida, por horror o por miedo-. No deje de escribirme.
Y crea que le abrazo con todo mi cariño.
Juan R. Jiménez

“El Mediterráneo no dejará de poner su azul en muchas cimas”
Madrid, diciembre (mediados) de 1903

Querido maestro:
he recibido su tarjeta fechada en Málaga, y crea que siento hondamente no estar con usted a orillas de ese mar de mi tierra; sobre todo no estar con usted, porque el mar espera siempre. ¿Qué versos ha hecho usted en Málaga? Supongo que el Mediterráneo no dejará de poner su azul en muchas rimas de usted. ¿Por qué no me manda algo de ese mar? Nosotros seguimos trabajando. Helios irá con muchas reformas desde el primero de enero. Y dentro de unos días mandaré a usted mis Arias tristes. Martínez Sierra habla de La caravana pasa en este número de Helios. Dígame usted a dónde le envío todo, para no exponer las cosas
inútilmente.

Escríbame. Y reciba un fuerte abrazo de su
Juan R. Jiménez

“Mándeme usted pronto versos”
Madrid, abril de 1904

Queridísimo maestro:
he recibido: su carta; una revista americana con el estudio sobre el alejandrino y un número de la Revue d'Art Dramatique con su maravilla sobre Ibsen. Gracias por todo. Supongo que usted habrá recibido las colecciones y números de “Helios”, pues en la administración me dicen que ya han enviado todo. Y los cuatro ejemplares del número de febrero. Ya he visto a Navarro Ledesma; desea que envíe usted versos y lo que quiera usted para “Blanco y Negro”; cuando yo le dije que usted me mandaría original tuvo una alegría. Este Navarro Ledesma quiere cambiar el aspecto de su revista, poco a poco. Mándeme usted pronto versos. También quiere Martínez Sierra que le envíe usted las crónicas para el libro Tierras solares; van a dar tomos -no sé cuántos-, hasta junio; después lo dejarán para el otoño, pues en verano no se venden aquí libros. Por lo tanto era conveniente que usted enviara al momento el original, para dar Tierras solares antes del verano. Martínez Sierra me dice que ha escrito a usted hace días. No deje tampoco de enviarme versos para su libro. Yo quisiera que en el otoño viniera usted de nuevo con la gala de sus versos. Entonces podría usted dar la conferencia en el Ateneo. Yo pienso que esta conferencia sería un verdadero éxito. Si todo se arreglara, yo iría por usted a París.

Escríbame. Ya sabe cómo le quiere su
Juan R. Jiménez

“Yo he sido siempre un aislado”
Moguer, ¿junio? de 1911

Mi querido maestro:
ahí van algunas poesías; ya le enviaré más; me dice usted que con mi carta y con mis libros no recibió versos; debió usted recibir unos “Tercetos melancólicos”. La revista no he tenido el gusto de verla; ¿no ha salido aún?

Me habla usted de mi aislamiento, del aislamiento. Yo he sido siempre, como usted sabe, un aislado; creo que la soledad es buena amiga de la bondad, y de la belleza. Ahora bien, la cuestión es ésta: ¿dónde debe uno aislarse? ¿En un pueblo como Moguer? Hay paz, hay silencio… relativo, se reciben libros, revistas, cartas; pero no puede ir uno a un museo, a un concierto, a un parque monumental. ¿En una gran ciudad como París? En el ambiente de una gran ciudad existe todo, pero, por lo mismo, falta la nostalgia. En fin, el asunto es soñar, pensar y cantar de un modo o de otro, pues que en todas direcciones puede encontrarse la belleza absoluta; ir arrancando las mejores rosas por todas las avenidas del destino.

Últimamente me había trazado un plan: estudiar bien algunas lenguas muertas y completar mi cultura en las modernas, para poder leerlo todo -todo no, ya sé que esto no es posible pero… ¡mucho de todo!- mas aquí no hay maestros de nada, como no sea de salud -el sol, el cielo azul, el campo verde, la arena roja, cosas que, sin un fondo de tesoros mentales, pueden conducir a una apoteosis a lo Rueda, ¡tan temible! La soledad del sabio sería el ideal perfecto. Llegaría uno a escribir sin gritos, a escuchar solamente el enorme rumor del gran silencio de oro del día, el hervidero de plata de la noche sin fin. Ninguna ciudad del mundo es “la única”, por lo tanto, todas son malas… o todas son buenas… Desde Sevilla…, sueño con las columnas de Tebas o con las pirámides; desde Atenas soñaría con un Tokio del siglo XVIII; desde Babilonia, con el Londres actual; desde París, con… ¡el Jardín de las Hespérides! Y quizás la impresión de las lecturas sea, en resumen, lo mejor.

Un favor: ¿quiere usted decirme en sus cartas qué libros -las joyas sólo- se publican ahí, que deban ser leídos? Yo veo “Vers et Prose”, “Mercure” [de France] y otras revistas -con sus catálogos-, pero sufro desilusiones. Se trata de lo “fundamental” de cosas como la interpretación de Macbeth de Maurice Maeterlinck, como la Elektra de Hugo von Hofmannstahl, como el Saint Sébastien de D'Annunzio -que he encargado-. ¿Estuvo usted en las representaciones? Me he convencido de que es una tontería apurar todo lo de una tendencia determinada: viene el hastío, el empalago. El libro maestro de cada autor -es difícil, dirá usted, saber cuál es; verdad-; Les Stances o Iphigénie de Moréas -¿de qué murió Moréas?--, ¿no representan, por ejemplo, lo mejor, lo firme de su espíritu?

Mi salud no es buena: la continua taquicardia -que a veces llega a ser paroxística- de mi enfermedad nerviosa debe haber determinado una hipertrofia del ventrículo izquierdo, a lo que puedo juzgar. Lo que piensan de esto los médicos no lo sé, pues, como usted comprende, ellos no dicen la verdad… si la saben. No puedo andar mucho, porque viene la fatiga muscular y la disnea; así es que me paso el día en el jardín o en el cuarto de trabajo, leyendo, soñando, pensando y escribiendo.

No deje de mandarme la revista, escríbame y reciba un fuerte abrazo, de su
Juan R. Jiménez

¿Publicó Lugones sus Odas seculares?
Tengo escrita esta carta hace quince días, pero mi salud ha sido mala, y hasta ayer no he podido copiarle esos versos que le mando. Ya irán más. También le voy a enviar una fotografía del retrato que me hizo Sorolla; quiero una de usted, buena, para tenerlo en la ausencia y el destierro.

He visto el primer número de “Mundial” [Magazine] y los dos de “Elegancias”. Maravillosos. Si no es costumbre en esa casa enviar las revistas a los colaboradores, suplico a usted que descuente de lo que tenga que abonarme por los originales que yo le vaya remitiendo el importe de mi suscripción a ambas revistas. Y mándeme cada mes las tres correspondientes en un solo paquete “certificado”, pues los correos son por aquí infames. No lo eche en olvido.

¿Las señas de Rémy de Gourmont?
¿Las de Lugones?


A Ortega, a Unamuno, a Machado...



Madrid, 11 de septiembre de 1915


Mi querido Ortega:

un arreglo que hemos hecho con la casa Möller nos facilita -y nos obliga- el dar los libros de esta Residencia con regularidad. Como vamos a publicar dos tomos cada mes (y como empezamos el primero de octubre), queremos tener siempre listos, desde ahora, tres o cuatro. Dicho día sale el Beethoven. Para el 15 quisiéramos dar el de usted. Alberto me dice que usted se lo ha prometido para mediados del corriente, por lo tanto supongo que lo tendremos impreso para la fecha indicada. Nada más le digo. Haga usted el esfuerzo, que vale la pena, por usted y por la biblioteca. La edición será todo lo “encantadora”que usted desea… y un poco más. ¡Esté tranquilo! ¿Quiere usted contestarme al momento con lo que haya? Recuerdos cariñosos a los suyos.¿Y los pequeños? (Aquí les tengo La luna nueva). Para usted un abrazo de su

Juan Ramón


Posdata escrita al final por Jiménez Fraud.

Hombre, ¡a ver si podemos dar este libro a escape! ¿Cuándo viene? Un abrazo de Alberto.

Ya ve usted nuestra victoria editorial



Moguer, octubre de 1912



Mi querido maestro [Miguel de Unamuno]:

le envío a usted mis últimos libros; tengo un verdadero gusto en ponerlos en sus manos. Cien veces, antes de ahora, he pensado en enviárselos, pero muchas de mis proposiciones se derrumban vanamente cada día, entre la enfermedad constante que me anula la voluntad y el ansia de contemplación que me devora. En fin, nada es el tiempo.

Deseo de usted una opinión sincera y severa, teniendo en cuenta que para mí la opinión no es como para un “literato profesional” con afán de popularidades. Nunca he hecho de mi arte arma de combate ni de estómago. Idealista como soy, la vida notiene otra importancia para mí que la que le doy con mis éxtasis y con mis ensueños; y lo que rimo, porque mis sentimientos son ya musicales al nacer, es mi propia alma y mi misma carne; no son los míos “dolores literarios” como alguien dijo; mis anhelos, mis dolores, mis sonrisas, son esos que yerran por mis versos. Lo que quiero saber es los puntos de contacto que mi espíritu pueda tener con el suyo, tan derramado y tan complejo.

Su admirador y amigo Juan R. Jiménez

Tengo el placer de anunciarle que he puesto su nombre al frente de El dolor solitario, libro que he terminado ya, o mejor dicho, serie de poesías que forman ya un libro. J. R. J.



Moguer, febrero de 1912



Queridísimo Antonio: no ha habido tardanza en el envío de mi libro. [...]. Yo estoy bien aquí. No es que sienta nostalgia de la vida literaria de Madrid, que sabes bien que nunca la he hecho; pero aquí me faltan ciertos elementos de arte de los que no puedo prescindir; la música -conciertos-, ciertos aspectos de suntuosidad y de jardín. Y sobre todo el alejamiento desde cerca. Desde lejos, aunque parezca paradójico, se sabe más de todo, se está más enterado de todo. Y nos comprendemos mejor, y es menos literaria nuestra poesía. Y, sobre todo, qué bien se ven y qué sucias parecen las pequeñeces de nuestros compañeros. Madrid, desde aquí, me hace el efecto de una gusanera. Yo, en cambio, aquí me siento limpio, sereno, alto, toco el mismo cielo con las manos. No me extraña lo que de la casa Renacimiento me dices; con Pastorales me pasó a mí lo mismo.[...] Antonio, ¿tú has sentido alguna vez el anhelo de la popularidad? Cada vez lo comprendo menos.

Deploro la enfermedad de tu mujer y deseo vivamente su salud y tu alegría. Me dices que no me olvidas. Bien sabes que a mí me sucede lo propio contigo. Podrán olvidarse los que se pasan la vida en la balanza. Nosotros, los honrados, los nobles, los verdaderos, no podemos olvidarnos nunca.

Te abraza,

J. R.


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