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Cuentos

Anton Chéjov

Traducción de Victor Gallego. Alba. Barcelona, 2004. 762 páginas, 32 euros

RAFAEL NARBONA | 08/07/2004 |  Edición impresa


Anton Chéjov, por Gusi Bejer

El 15 de julio de 1904 (2 de julio según el antiguo calendario ruso, que llevaba un retraso de 13 días respecto al occidental adoptado tras la Revolución de Octubre) moría, en un balneario alemán, el escritor ruso Anton Chéjov. Sus cuentos revelan un asombroso conocimiento de la naturaleza humana. Son narraciones que reflejan todos los matices del amor, la pérdida o el fracaso, pero que no dejan de preservar un espacio para el misterio o la perplejidad.

La comprensión de los afectos siempre es incompleta. Ni siquiera un autor puede conocer todas las motivaciones de sus personajes. Las emociones no son inmediatas ni trasparentes. No es suficiente experimentarlas. Chéjov permite que los sentimientos desborden a los protagonistas de sus relatos. Su impotencia cuestiona la influencia de la razón o el alcance de la introspección. Burgueses o campesinos, sus propias vidas les parecen ajenas. Sólo pueden limitarse a esperar, con la incertidumbre del que ignora el final de una representación teatral. Esta disposición no les exime de la angustia, pues lo que está en juego es su propia existencia.
Víctor Gallego ha realizado una selección cronológica que muestra la evolución de Chéjov en un género nada complaciente con la imprecisión o el descuido. Los primeros relatos evidencian las servidumbres del periodismo. Publicados en diarios o revistas, la necesidad de entregar el original en un plazo reducidísimo (a veces, no más de 24 horas) imprime a su escritura una agilidad nada despreciable. El apresuramiento se convierte en virtud, despejando los textos de elaboraciones innecesarias. Esa limpieza nunca se desprenderá de su prosa. Esto no significa que Chéjov no crezca con el tiempo. De hecho, sus primeras narraciones son piezas ligeras, humorísticas, que muestran al ser humano desde una perspectiva cómica, pero sin excluir esa melancolía que impregna toda su obra. Ya en La barbería o en La muerte de un funcionario, se aprecia la tendencia a asociar la decepción y el fracaso con las relaciones humanas. En La cerilla sueca, se parodia el género policial, escarneciendo la capacidad deductiva de un comisario que transforma los indicios más leves en pruebas de cargo, pero lo más desconcertante no es su necedad, sino la pasividad de los acusados, que aceptan sus razonamientos, asumiendo culpas inexistentes. El universo de Chéjov roza el de Dostoievski al insinuar el tema de la redención. Sólo la expiación de las faltas ajenas puede aliviar el malestar de una conciencia atormentada por delitos imaginarios. La culpabilidad es tan irracional como la sexualidad. Su fuerza reside en su desproporción. Es difícil no anhelar el castigo cuando se ha crecido en una civilización estigmatizada por el mito del pecado.

En El camaleón aparece por primera vez la sensibilidad hacia las injusticias sociales. Un incidente grotesco pone de manifiesto la arbitrariedad de la ley, que siempre se inclina hacia el poderoso. Al igual que Kafka, Chéjov describe el poder como un mecanismo ciego, que se encarniza con los inocentes. Es la forma más eficaz de evidenciar su fuerza, sembrando un temor indiscriminado. Chéjov no se hace ilusiones sobre las clases humildes. Su respuesta ante el abuso no es la acción política, sino la picaresca. En Los simuladores, la filantropía se revela tan obscena como el envilecimiento de los desposeídos, que responden a la generosidad con mezquinos ardides. Los humillados que circulan por sus relatos pertenecen al mismo linaje que los parias de Viridiana. La verdad es maligna, penosa. Por eso, los personajes de Chéjov se refugian en la simulación, adoptando una existencia paralela o buscando una salvación efímera en la lectura, los paseos o la caza. El ansia de libertad persiste en cualquier situación. Los amantes que frustraron su unión por las convenciones sociales reservan su último minuto para fantasear con un pasado distinto. Los matrimonios des-dichados maquillan su fracaso con romances de incierto desenlace. Es inútil. La aflicción siempre regresa. Tampoco podemos esperar la solidaridad de nuestros semejantes. En Tristeza, un padre que ha perdido a su hijo sólo encuentra indiferencia. En Enemigos, el dolor sólo enemista a los que sufren. El sufrimiento no aumenta la sensibilidad, sólo el ensimismamiento. El estudiante que en Aniuta se plantea abandonar a su amante, deplora su indeterminación para romper una relación sin futuro, pero no le inquieta el daño que causa. Nadie se preocupa por una cortesana. La moral de la burguesía no repara en el destino de los que excluye.

De cuento a cuento, la escritura de Chéjov adquiere tensión, profundidad. El humorismo es reemplazado por un estudio minucioso de las pasiones. Chéjov descubre que la pérdida de un ser querido provoca un sentimiento menos duradero que el odio o que la seducción nace de la incapacidad de amarse a uno mismo. La observación del mundo rural le enseña que el paisaje sólo existe para los habitantes de las ciudades. El campesino es incapaz de apreciar calidades estéticas en su escenario de trabajo. En El monje negro, se introducen elementos fantásticos. Las alucinaciones del protagonista sugieren que la inestabilidad neurótica propicia la creatividad, pero el contraste con la opinión ajena evidencia que la locura es un estado de incapacidad. En Tifus, el deseo de sobrevivir prevalece sobre al amor fraterno y en El juez de instrucción la venganza se realiza mediante el suicidio, inculcando unos remordimientos insoportables en el marido infiel. En esta narración, el estilo de Chéjov ya disfruta de su madurez: una prosa lírica, pero sin excesos retóricos, unos personajes que rebosan humanidad, una emotividad exenta de patetismo. El caramillo es prosa poética, una elegía que celebra el esplendor de la naturaleza y deplora su irremediable finitud. Luces, La cigarra o La dama del perrito representan la plenitud del talento narrativo de Chéjov. Se trata de tres historias que actúan de bisagra entre la escritura del XIX y una modernidad que se prolonga hasta nuestros días. Los personajes de estas narraciones padecen el síndrome de Emma Bovary. No soportan la mediocridad de sus vidas. Se ahogan en una existencia rutinaria, mientras su imaginación especula con la poesía y el romanticismo. El adulterio les permitirá realizar esas fantasías, pero tras la felicidad inicial surgirá la desilusión y el sentimiento de culpabilidad. En La dama del perrito, los amantes descubren su fracaso en la habitación de un hotel. La posibilidad de una vida nueva y hermosa no es menos ilusoria que la intensidad de los primeros encuentros.

Los cuentos de Chéjov no han envejecido. Su prosa sobria, limpia y levemente poética prefigura la sensibilidad del lector contemporáneo. Su resistencia a moralizar o extraer conclusiones corrobora su modernidad. Su inconformismo (El hombre enfundado), su intolerancia con las perversiones del capitalismo (Una visita médica) o su ecologismo (Por casualidad) están más cerca de nosotros que las preocupaciones políticas o religiosas de otros autores de la época. Licenciado en medicina, Chéjov conocía la inminencia de su muerte. La tuberculosis le mató a los cuarenta y cuatro años. Sus narraciones no hablan de esperanza. Sólo muestran el fracaso del hombre en su anhelo de hallar la felicidad.


El hombre culto
En una carta a su hermano Nikolai, Chéjov explicaba en 1886 cuáles debían ser, a su juicio, las condiciones que debe satisfacer un hombre culto:
“1. Respetar la personalidad humana y ser siempre amable, gentil, educado. [...] Perdonar el ruido, la carne fría, las ocurrencias y la presencia de extraños en su hogar.
2. No sentir compasión sólo por los mendigos y por los gatos. El corazón se duele por lo que el ojo no ve. [...]
3. Respetar la propiedad de los otros y pagar las deudas.
4. Ser sincero y temer la mentira como el fuego. Hablar menos y callar más.
5. No menospreciarse para despertar compasión. [...]
6. No mostrarse vanidoso.
7. En caso de tener talento, respetarlo. Sacrificarlo todo por él, mujeres, vino, vanidad.
8. Desarrollar un sentido estético. Negarse a dormir vestido. [...] Tratar, en la medida de lo posible, de dominar y ennoblecer el instinto sexual. [...]
Para ser un hombre culto no basta con haber leído El club Pickwick y aprenderse un monólogo de Fausto. Se necesita trabajar de manera constante, una lectura continuada, estudio, voluntad. [...]
Anton Pávlovich Chéjov


“No pongas hielo en un corazón vacío”
Janet Malcolm asegura en Leyendo a Chéjov (Alba) que la muerte del escritor es “una de las grandes escenas de la literatura” y recupera las versiones que existen. Así, según un testimonio escrito por la viuda de Chéjov en 1908, la noche de su muerte el escritor se fue a dormir y se despertó a eso de la una: “Los dolores lo torturaban, y por primera vez en su vida mandó llamar a un médico [...] Llegó el doctor Schwührer y dijo unas palabras amables y afec-tuosas, al tiempo que mecía a Antón en sus brazos. Chéjov, que mostraba una extraña rigidez, pronunció en voz alta y clara (aunque apenas sabía alemán): Ich sterbe [me muero]. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y pidió champán. Antón tomó una copa llena, la examinó, sonrió y dijo: “Hace mucho tiempo que no bebo champán”. La apuró y se volvió con calma del lado izquierdo; apenas tuve tiempo de correr hacia él e inclinarme sobre la cama, llamándolo, cuando dejó de respirar y se quedó tranquilamente dormido como un niño”. Leo Rabeneck, el estudiante que fue a buscar al médico esa noche, dio su propia versión, pero esperó 54 años para hacerlo. Su relato difiere del de Olga, porque recuerda que el médico le había pedido comprar oxígeno en una farmacia y después se lo había administrado al moribundo. “Tras citar la frase de Chéjov (o de Olga): “Hace mucho tiempo que no bebo champán”, y de relatar cómo el escritor apuró la copa, Rabeneck escribe: “En ese momento escuché un extraño sonido procedente de su garganta. [...] El médico tomó la mano de Antón Pávlovich y no dijo nada. Al cabo de unos minutos de silencio, pensé que las cosas mejoraban. Entonces el médico soltó la mano de Antón Pávlovich y me llevó a un rincón de la habitación. ‘Todo ha terminado’ -dijo. Herr Chéjov ha muerto”. Y otro periodista presente en el momento de la muerte, amigo personal del matrimonio, aseguraba que a la una de la madrugada el escritor había empezado a delirar, habló de un marinero y preguntó algo sobre un japonés y a continuación volvió en sí y con una triste sonrisa le dijo a su mujer, que estaba aplicándole hielo en el pecho: “No pongas hielo en un corazón vacío”. Sus últimas palabras fueron: “Me muero”.




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