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Del culto a la cultura

Jacob Taubes

Traducción de Silvia Villegas. Katz, 2008. 397 pp., 28’50 euros

JOSÉ ANDRÉS-GALLEGO | 31/07/2008 |  Edición impresa


Pablo de Tarso. FOTO: Archivo.

Los responsables de Katz, que llevan a cabo una tarea de rescate de clásicos del pensamiento contemporáneo muy de agradecer, dan ahora fe de la obra de Jacob Taubes (Viena, 1923-Berlín, 1987) con una notable colección de estudios breves que publicó a lo largo de su vida. Taubes perteneció a la generación de la segunda posguerra, la que granó entre 1945 y 1968. Formó parte del sólido eslabón cuyos precedentes se hallaban en el grupo del que Heidegger fue barco insignia. De esos precedentes, la problemática que abordó Taubes está más próxima a la de Walter Benjamin y los demás que siguieron, al menos hasta Adorno, por la vía de la valoración cuasipolítica del arte.

Esos predecesores ya se habían ocupado, en efecto, de la explicación que ha de tener el hecho de que, de tiempo en tiempo, haya cambios bruscos -incluso revolucionarios- en la cultura de una comunidad humana y habían puesto de relieve con fuerza la capacidad revolucionaria de la belleza y, por lo tanto, el arte. Taubes, en cambio, llegaría a la conclusión de que el principal revulsivo de una cultura es el culto. Se refería desde luego al culto religioso, pero entendido como mito, y el mito, como conjunto de creencias expresadas en relatos simbólicos. Sobre esa base, fue individualizando cambios de la mayor envergadura que se han dado en la historia, procedió a examinarlos y dio a conocer sus conclusiones en varios de los estudios que se reúnen en este libro. No es posible dar cuenta aquí de todos. A nadie extrañará, con todo, que, siendo hombre de profunda formación rabínica, le llamara especialmente la atención el cambio radical de cultura que supuso en su día el judaísmo. Lo singular es que el judaísmo que interesaba a Taubes era el del cristiano san Pablo, aunque interpretado a la luz de la gnosis.

Pero aún llama más la atención el hecho de que el judaísmo gnóstico que creyó encontrar en Saulo de Tarso le ayudara a llegar a conclusiones que tenían que ver con las de aquellos que ponían en la belleza la mayor capacidad revolucionaria. Y eso con el singularísimo añadido de que coincidía con Aquinate, el menos gnóstico y el más racionalista de los teólogos. Taubes comprendió que uno de los factores principales de la revolución cultural que implicó el judaísmo cristiano radicó en presentar como culminación de la belleza -en el sentido más profundo de la palabra- y también de la omnipotencia y del amor a un Dios ultrajado y de rostro deformado por el tormento, un cristo sangrante clavado en una cruz. El cristianismo -había visto ya santo Tomás al comentar el salmo del siervo doliente- quebró el canon clásico, que se basaba en la armonía. Taubes -que leyó a santo Tomás pero que acaso no se fijó en esa obra- llegó a la misma conclusión 700 años después.

Los introductores de este volumen lo sitúan en la línea de la teología negativa que ya había dado frutos más que notables en el primer tercio del siglo XX. Aciertan, pero de una manera también singular: según Taubes, precisamente porque los grandes cambios culturales se producen así (por la vía del culto), la teología sólo tiene sentido cuando la fe no basta. Sólo cuando no convence ni el culto, ni el mito, ni la belleza, se siente uno inducido a recurrir a razonamientos que antaño se llamaban “preambula fidei”. Es, por lo tanto, un recurso negativo, propio de una religión a la defensiva. Lo vinculaba, además, con el hecho de que -precisamente los teólogos, no los evangelistas ni los redactores del Génesis- hubieran presentado la creación como una acción “ex nihilo”. Llamaba la atención sobre ello al mismo tiempo en que Zubiri escribía que, con esa desafortunada expresión, los cristianos habían introducido el nihilismo en la historia.

Por lo demás, no hace falta argöir que los planteamientos de Taubes brindan un instrumento hermenéutico de primera magnitud; una magnitud que no concierne sólo a lo que he comentado, sino a todo lo humano y, por tanto, a todo lo histórico.




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