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El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón

Seix Barral. Barcelona, 2011. 377 páginas. 24 euros.

RICARDO SENABRE | 22/04/2011 |  Edición impresa


Ignacio Martínez de Pisón. Foto: Domènec Umbert

La ya dilatada carrera literaria de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha mantenido siempre un alto nivel de calidad, dentro del cual la exploración inicial del mundo infantil y adolescente de los primeros relatos ha ido dando paso a títulos como El tiempo de las mujeres o Dientes de leche, donde el propósito del autor se extiende hacia la reconstrucción de ámbitos sociales e históricos más amplios, hasta rozar a veces los límites de la crónica de hechos sucedidos, como en el volumen Enterrar a los muertos.

Esta nueva novela se encuentra en la misma línea. Si el famoso parte que notificaba en 1939 el final de la guerra civil comenzaba con las palabras “en el día de hoy...", Martínez de Pisón anuncia desde el título que se propone indagar en la etapa siguiente (El día de mañana), y, en efecto, las sustancias de contenido de la historia se refieren a una larga etapa de la posguerra, desde los años 50, marcados aún por la escasez material y las migraciones de mano de obra hacia Cataluña, hasta los primeros movimientos antifranquistas, la convulsa transición y los últimos coletazos de la ultraderecha más violenta. El núcleo de la historia gira en torno al personaje de un inmigrante, Justo Gil, que sobrevive al principio en difíciles condiciones, agravadas por la necesidad de cuidar de su madre, aquejada de una grave lesión cerebral. La precaria vida en Barcelona de Justo Gil, que pasa por empleos irrisorios y ruinosos negocios de tres al cuarto hasta desembocar en deleznables tareas de chivato y confidente policial, va siendo reconstruida parcialmente mediante distintas evocaciones -suscitadas por las pesquisas actuales de un joven que desea entender cierto enigma familiar- de quienes lo conocieron o trataron con él en diversas etapas. De este modo se multiplican las perspectivas -algo que, en menor medida, sucedía en El tiempo de las mujeres-, merced a un procedimiento narrativo que ya utilizó Welles en Ciudadano Kane, o Siodmak (en una película citada erróneamente por un personaje (p.368) como Los asesinos, su título original, pero que en la versión española se llamó Forajidos).

Estos personajes, cuya función parece ser exclusivamente la de informar acerca de Justo Gil, proporcionando datos que el lector deberá encajar, no son, sin embargo, tan sólo meros instrumentos, sino que aportan sus propias historias, que se introducen con naturalidad en sus relatos y ayudan a configurar un vasto tapiz social. El policía Mateo Moreno, el aspirante a periodista Manel Pérez, el activista clandestino Eliseu Ruiz, subversivos de salón como Marc Jordana o Chantal, el adolescente Noel León, mujeres de profunda entereza como Carme Román o Elvira Solé, así como otros personajes de no menor cuantía, componen un conjunto convincente de retratos bien pergeñados y desarrollados, de vidas verosímiles -la de Mateo Moreno, la de Eliseu Ruiz y Teresa, etc.-, mezclado todo ello con el relato peculiar de hechos históricos, como el encierro en Montserrat. Nos encontramos ante un escritor que sabe contar -sin adornos innecesarios, con nitidez y precisión- y que rehúye los planteamientos esquemáticos. No hay personajes buenos o malos, sin más, porque el espíritu humano es complejo y rechaza las clasificaciones simplistas; ni siquiera la abominable tarea como delator de Justo Gil oculta sus nobles sentimientos con respecto a su madre o a Carme Román. Sin divagaciones, sin artificios explicativos, confiándolo todo a la escueta narración de hechos, Martínez de Pisón alcanza en algunos momentos una sutileza psicológica y una hondura que constituyen indicios inequívocos de la madurez creadora.

Sólo se percibe algún desajuste. Así, en los años 50 eran impensables los abrazos y besos en público entre los enamorados (pp. 14, 19, 64), y Justo no hubiera podido hablar de “una pequeña emergencia” (p. 26), utilizando un anglicismo aún no aclimatado como hoy entre nosotros. Es una satisfacción para el lector seguir paso a paso las páginas de un autor que debe figurar -éste sí- en la primera división de nuestros narradores actuales.


PALABRA DE AUTOR

- ¿Por qué eligió como protagonista de la novela a un delator?
- Porque me pareció la mejor metáfora del envilecimiento del régimen franquista.

- La de Justo Gil es la historia de un fracaso, como la del héroe de Dientes de leche, ¿le fascina la derrota como motivo literario?
-Sin duda. Me interesan los personajes que han sufrido una derrota, los perdedores que se van transformando a medida que avanza el relato. Desde un punto de vista literario, los triunfadores no me parece que tengan demasiado interés.

- Justo es un hombre discreto; usted, según la crítica, un autor transparente “de estilo invisible” ¿por vocación o por destino?
- Yo creo que porque es mi manera de entender la literatura. Me obsesiona que el lenguaje, que el estilo, no se interponga entre mis relatos, mis novelas y el lector.


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