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El diario meridiano

Luis Mateo Díez

Alfaguara. Madrid, 2001. 271 páginas, 2.850 pesetas

Luis Mateo Díez ha ido evolucionando en su escritura, que se ha adensado, ganando en poder sugeridor. A esta fase pertenecen las tres novelas cortas que forman este volumen, tres excelentes relatos, alguno de los cuales roza la perfección


RICARDO SENABRE | 25/04/2001 |  Edición impresa


Hace ya tiempo que Luis Mateo Díez -Villablino (León), 1942- es dueño de un universo narrativo personal, presidido por la visión del mundo como ruina incesante en la que todo -personajes, escenarios, proyectos, sueños- se encuentra sometido a una erosión pertinaz que convierte las cosas en puros símbolos de la finitud; un mundo, además, que es como un mar oscuro en el que los seres humanos son insignificantes náufragos.

El escritor leonés ha ido perfilando y matizando esta perspectiva al tiempo que se producía una palpable evolución en su escritura, que, sin alterar ciertos motivos básicos, se ha adensado, ganando en poder sugeridor a medida que la técnica casi costumbrista utilizada en los relatos de la primera época, como Las estaciones provinciales o La fuente de la edad, dejaba paso, tras una considerable poda de elementos, a formas elusivas de contar, a la mostración de tipos e historias con elipsis, vacíos y rupturas que obligaban al lector a sumergirse en cada relato supliendo los cabos sueltos y catalizando las informaciones escamoteadas, los retazos perdidos de la narración. A esta fase del escritor pertenecen las tres novelas cortas que forman el volumen El diablo meridiano, título que corresponde al primero de los relatos.

El diablo meridiano reproduce el título de una conocida novela de Paul Bourget -Le démon du midi (1914)-, si bien no con el valor habitual de la expresión, que se refiere a la tentación invencible que puede presentarse hacia la mitad de la vida -el mediodía- y desencadenar un abrupto giro en la existencia. Esta narración inicial, acaso la más intensa y lograda, descansa en tres discursos diferentes y complementarios: las cartas entre Merto y Evedia, por un lado, y los fragmentos del diario de doña Cima, por otro. Todos ellos evocan fragmentariamente una historia pasada, y constituyen la crónica incompleta, llena de alusiones, sobrentendidos y puntos oscuros, de un fracaso vital y de unas relaciones truncadas -arruinadas habría que decir, para ser más fieles a la visión del autor- en las que lo esencial no es, sin embargo, el conjunto de detalles que forman la trama del asunto, sino el esbozo de unas individualidades, de unos seres vencidos y solitarios que arrastran una vida sórdida en la que el peso de los recuerdos gravita sobre cualquier esperanza y la anula, y donde cualquier iniciativa está condenada a embotarse, a lo sumo, en paraísos artificiales y efímeros. Con madura destreza, Luis Mateo Díez ha adelgazado en El diablo meridiano la línea narrativa hasta donde era posible, omitiendo informaciones y reduciendo la historia a una sucesión de destellos que narran, como en una secuencia fotográfica discontinua, momentos y estados de ánimo diferentes.

Puede compararse la elusiva fijación del marco ambiental con la más pormenorizada, aunque también sobria, de Pensión Lucerna -que ya es, a su vez, una estilización de ambientes semejantes en obras anteriores del autor- para advertir hasta qué punto el espacio ha ido perdiendo sus contornos y diluyéndose en beneficio de la introspección y del buceo en los sentimientos de estos personajes desvalidos.

Pensión Lucerna, que recuerda obras del autor como El paraíso de los mortales, es un contenido esbozo de cuatro vidas -incluyendo al narrador- que coinciden fortuitamente una noche en el lugar que indica el título. Todos huyen de algo: Dola Moreda, de su familia; Ciro, de una boda inminente;Luero, de una envidiable situación profesional; Ciera, de una vida espiritural ya imposible por haber notado “la desconfianza de Dios” (pág. 262).
Es a estos personajes a quienes ha asaltado verdaderamente el demonio meridiano, y, como era de esperar, no llegaremos a conocer los detalles ni a entender los motivos de esta ruptura con una existencia súbitamente insatisfactoria. Junto a estas dos historias, La sombra de Anubis responde todavía a la concepción de relato lineal, en la estela de las evocaciones de un tiempo infantil que el narrador compara con la situación actual y donde todo está organizado para desembocar en la sorpresa de las postreras líneas. En resumen: tres excelentes relatos, alguno de los cuales roza la perfección.




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