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Libros  Por el camino de umbral

El esnobismo intelectual

Se sospecha que el intelectual ignora cuáles son los usos sociales, pero también se sospecha, y con más razón, que el intelectual siempre tiene la ropa en la tintorería. Suelen gustarle las croquetas de la casa


FRANCISCO UMBRAL | 16/01/2003 |  Edición impresa


Ilustración de Ulises

La clase intelectual de España y de cualquier país es siempre una clase esnob. La superioridad cultural de esta clase permite a sus miembros actuar en un plano distinguido cuya distinción no la marca exactamente el dinero ni la ropa, sino esa sustancia invisible e inenarrable del intelectual. Se admira a un sabio a distancia por la difusión de sus libros o sus teorías. Luego, le invitas a cenar en casa con unos cuantos millonarios y se presenta con un esmoquin viejo, anticuado, o en plan Einstein, con un suéter y unos vaqueros.

Se sospecha que el intelectual ignora cuáles son los usos sociales, pero también se sospecha, y con más razón, que el intelectual siempre tiene la ropa en la tintorería. El citado suéter de Einstein y los calzoncillos de Picasso han dado la vuelta al gran mundo que quiere tener un genio en casa, pero nadie se ha atrevido a preguntar por qué el genio se viste de mendigo o de ladrón, como si hubiera entrado por la ventana. Al intelectual, aunque sea Premio Nobel, suelen gustarle mucho las croquetas de la casa, y también las señoras de la casa. De las criadas no dice nada. Sencillamente, las toca.

Esta facilidad del intelectual para tocar croquetas o señoras se atribuye elegantemente a eso de que es un hombre que está fuera del mundo e ignora voluntariamente las normas sociales. El terror del intelectual es ganar el Premio Nobel, pues eso le obliga a renovar todo su vestuario y preguntar en qué piso vive el sastre, cuando los sastres actuales y famosos viven en fastuosas mansiones ajardinadas y horizontales donde se usa más la túnica que los calzoncillos.

El esnobismo intelectual es inverso, pues, y Picasso jamás se disculpó por eso sino que había hecho de los calzoncillos la bandera de su libertad, una libertad que sólo da el arte y no el dinero. A Picasso le dijo una señora:
-Regáleme esa flor que acaba de pintar. A usted sólo le ha costado cinco minutos.
-Esta flor me ha costado cincuenta años, señora, de modo que la rompo pero no se la doy.
Es la respuesta del creador libre ante la burguesa estulta que le quiere robar cinco minutos geniales al astista.

El esnobismo de la burguesía consiste en tratar a los artistas como si fueran mendigos lujosos. El esnobismo de los mendigos lujosos está en pegarle cortes a la burguesía, aunque sea la burguesía millonaria de que aquí estamos tratando.

El esnobismo intelectual consiste en dejarse querer por los ricos y el esnobismo millonario de los burgueses consiste en dejar que éstos les golpeen sus partes de manera indolora, ya que una frase de Picasso siempre hace menos daño que una frase sin Picasso.

Picasso iba a los toros de Francia en calzoncillos y estos calzoncillos lucían más que el traje de luces del torero. El hombre ilustre puede ir desnudo por la vida, como aquel rey, y nadie se permitirá decir que el rey va desnudo. El esnobismo intelectual tiene la virtud de denunciar todo el esnobismo burgués de quienes están alrededor. La gente con traje cruzado de rayitas queda espantosamente cotidiana frente al hombre que se ha puesto los calzoncillos limpios de la libertad, esos calzoncillos que tienen algo de bandera y que los burgueses sólo saben ponerse en la intimidad, pero para quitárselos en seguida. Burgués es el que tiene vergöenza de su cuerpo y lo adorna con trajes de corte, alfileres de corbata y corbatas amarillas. El esnobismo es el trueque donde fracasa toda la distinción burguesa y el contraste se lo da el hombre adánico que se viste de cualquier manera.

Luego hay un esnobismo intelectual que consiste en decir en francés o en latín lo que queda mucho mejor y más claro en castellano. El esnobismo de los idiomas se hace insoportable entre intelectuales. No se escribe para explicar o que se sabe sino para explicar mal en alemán lo que se sabe bien en castellano. El intelectual tiene unas cuantas palabras en inglés como la turista tiene unas cuantas monedas, unos cuantos chelines de su viaje a Londres, como recuerdo sentimental de un amor que podía haber salido bien pero no salió. La vida intelectual es, por lo tanto, una continua frustración en la que nada vale lo que cuesta y nada cuesta lo que vale. Al final sólo quedan recuerdos, calderilla y una flor seca en un libro de Rilke.




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