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Libros  Novela

El juego del mono

Ernesto Pérez Zúñiga

Alianza. Madrid, 2010. 316 páginas, 18'50 euros

RICARDO SENABRE | 14/01/2011 |  Edición impresa


Ernesto Pérez Zúñiga. Foto: Archivo

Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971) ha cultivado distintas modalidades literarias, pero convendrá recordar de manera especial la coexistencia en su obra de narración y poesía, con ósmosis entre una y otra que repercute también en muchos de los logros expresivos que abundan en las páginas de El juego del mono. El título de esta obra evoca deliberadamente una conocida serie de videojuegos, pero también la vincula, en cierto modo, al clásico Viaje al Oeste de la literatura clásica china, donde las aventuras del Rey Mono pueden leerse en clave alegórica y no únicamente satírica.

El juego del mono contiene una historia con dos partes claramente diferenciadas. Una es la del solitario y desencantado profesor Montenegro, que trata de sobrevivir ejerciendo la docencia en un instituto de La Línea de la Concepción. Otra, muy diferente, es la del hallazgo de un manuscrito en el sótano de la casa alquilada en que vive Montenegro, cuya lectura, aunque por momentos elíptica e incoherente, permite entrever la existencia de un turbio secuestro (¿real?, ¿ficticio?) sufrido por el anónimo escritor, encerrado en el sótano por una misteriosa e implacable mujer enmascarada.

El primero de ambos planos se ajusta a los supuestos narrativos del relato que convencionalmente podemos denominar “realista”, con estampas sobre el profesor y unos alumnos díscolos y apáticos, alguna entrada en Gibraltar, los encuentros de Montenegro y una profesora de historia y poco más. El otro plano, el del relato contenido en el manuscrito, tiene un carácter diferente por sus elementos oníricos, y reviste en muchos momentos el carácter de fábula alegórica sobre la escritura, sobre las dudas e incertidumbres de un narrador para quien escribir es un modo de buscar el conocimiento de sí mismo, porque “hay que contar las historias que uno lleva dentro, ni una más, cada una con su universo propio de palabras” (p. 171), lo que, en el manuscrito del anónimo secuestrado, incluye episodios familiares acaecidos durante la guerra civil española y evocados ahora en rápidos destellos retrospectivos. Pero no se trata de reproducir tan sólo la realidad, ya que, en unas palabras con resonancias borgianas, se afirma que “todo aquel que escribe ficciones es un inquisidor de las posibilidades verosímiles que tiene la realidad para manifestarse extraordinaria” (p. 150).

Pero hay que decir que los dos planos de la narración -es decir, la historia de Montenegro y la del autor del manuscrito- no se hallan debidamente articulados entre sí y en el conjunto, a pesar de algunos buscados paralelismos, como las relaciones entre Montenegro y la Chica de la Nariz, por un lado, y el escritor y la Mujer del Jardín, por otro.

El contraste estilístico entre el relato de Montenegro y el del manuscrito está bien resuelto -porque es necesario subrayar que nos hallamos ante un buen escritor, dueño de un lenguaje preciso y matizado-, pero el contenido del manuscrito aparece lastrado por su excesiva abstracción, por sus informaciones elusivas, por las reiteraciones que debilitan el texto sin que éste parezca avanzar. El prosista supera ampliamente al constructor de relatos; el estilo expresivo revela una mayor destreza por parte del escritor que su estilo narrativo.

Acaso cuando Ernesto Pérez Zúñiga se libere de la necesidad de llenar sus páginas de ecos y modelos ajenos, así como de incluir elementos de problemática relación con el conjunto, encontrará una manera eficaz de narrar sin recurrir a sueños o manuscritos encontrados. Posee condiciones suficientes -y muchas páginas de El juego del mono dan fe de ello- para acometer con éxito empresas de envergadura.


PALABRA DE AUTOR

- Regresa a la novela de un modo poético. ¿Narrador o poeta?
- Lo poético para mí es el arte de atrapar la realidad en forma de lenguaje, cualquier realidad -también la imaginada-, cualquier lenguaje. Y no hay mejor lugar que la novela. Sólo escribo poemas cuando el instante escoge, apenas sin tenerme en cuenta.

- “Hay que contar las historias que uno lleva dentro, ni una más” ¿Cómo hará usted para no pasarse ni quedarse corto?
-Prefiero escribir cada libro como si fuera el último, con una mezcla de disfrute y riesgo. Pero arriesgo tanto como me exijo. Hay que entregar al lector lo mejor que puede hacer uno, cada vez.

l ¿Y cuántas vidas le quedan al mono que somos en esta crisis?
-Cuando la sociedad está en crisis hay que leer más que nunca. Para salir de la crisis no hay nada mejor que entrar en un libro. Para huir dentro de él y salir fortalecido al exterior. Cuanto más leamos, menos crisis; y, desde luego, menos mono seremos.


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