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Miércoles, 17 de septiembre de 2014
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El libro del amor esquivo

Rubén Abella

Finalista Premio Nadal 2009. Destino. 256 pp., 18’50 e.

SANTOS SANZ VILLANUEVA | 13/02/2009 |  Edición impresa


Rubén Abella. Foto: Quique García

Uno de los premios que ha obtenido ya Rubén Abella (Valladolid, 1967) en su todavía breve trayectoria, el fiable NH de relatos, es garantía de escritor de mérito e interesante. La originalidad e innato sentido narrativo de El libro del amor esquivo lo confirman, aunque a la vez la novela produce un efecto bastante desconcertante. Los aciertos y las limitaciones conviven en rara simbiosis. Por liquidar primero los defectos, el mayor y capital radica en una prosa llena de convencionalismos verbales o literarios. Anoto los siguientes sólo en las tres páginas iniciales del libro: la devastadora ruptura de un amor, las fosas del anonimato, engalanar las vallas publicitarias, empezar el idilio amoroso con rasguños, irse imponiendo el deseo lento y seguro.

Tal abundancia de tópicos en alguien capaz de un estilo narrativo ágil, directo y expresivo me hace pensar si no será algo intencionado para conseguir un diálogo cómplice con el lector y que éste comparta con el autor desde el principio un punto de vista burlesco y distanciado sobre un conjunto de peripecias un tanto estrambóticas. Porque eso es lo que contiene El libro del amor esquivo: tres historias atípicas de amor. Va en cabeza la de un opositor a funcionario que aprovecha su parecido asombroso con un cantante de moda para ligar. Sigue la de un fraudulento vidente que trabaja en un café como reclamo para atraer clientes entreteniéndolos con predicciones sobre sus vidas. Y cierran los ajetreos de la empleada de una tienda fotográfica que se convierte en temible paparazzi.

Abella se revela como un cuentista -pues cuentos largos son cada una de las partes del libro- inventivo e ingenioso. Refiere historias simpáticas que bordean el peligro de perseguir el episodio ocurrente y peregrino pero no llegan a cansar. Juega en ellas con el contraste entre lo bufo y lo patético. Y maneja los diversos registros del humor, el otro rasgo distintivo de su arte. Se trata de un humorismo de situaciones fino, inteligente y libre de chocarrerías que se de-senvuelve entre la paradoja y la ironía sutil.

Estos elementos proporcionan a los relatos un aire teatral, de comedia costumbrista satírica que refleja la vida urbana actual, centrada en un Madrid con dimensión protagonista. Las variadas escenas remiten, a su vez, a diferentes géneros: melodrama, tragicomedia, folletín, relato bizantino, drama rural, sainete bufo, comedia de enredos... Estas formas populares no se presentan, sin embargo, con su valor normal sino aplicándoles el gusto postmoderno por lo paródico. El resultado es una obra menor, amena, divertida, ligera; una lectura gustosa cuyo alcance se limita a proporcionar un rato de buen entretenimiento.




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