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El químico escéptico

Robert Boyle

Trad. de N. Pérez Galdós. Crítica. Barcelona, 2012. 289 páginas, 22 euros

JOSÉ JAVIER ETAYO | 16/03/2012 |  Edición impresa


Retrato de Robert Boyle por Johann Kerseboom (1689)

Estamos en pleno siglo XVII, el tiempo en el que se sientan las bases de la ciencia moderna, en el que se pasa, en muchas de sus ramas, de una ciencia “de salón”, especulativa y sin otro apoyo que el principio de autoridad, a la obligatoria comprobación experimental de las afirmaciones propuestas. En química hay que ir alejándose de la alquimia y preparar el camino hacia una química científica cuyo principal impulsor fue seguramente sir Francis Bacon (1561-1626). Muy de cerca en el tiempo les sigue nuestro autor, Robert Boyle (1627-1691), que se propone elevar el quehacer químico a la categoría de filosofía natural, hasta reconocérsele como “padre de la química moderna”. Casi ni se molesta en desmontar las prácticas y hábitos de los que llama “químicos vulgares”, exhibicionistas, charlatanes y trapaceros, sino en rebatir las ideas circulantes sobre la composición de los cuerpos “mixtos”, formados por ciertos cuerpos simples e indescomponibles.

Dos son las doctrinas entonces vigentes a las que ataca: la de Aristóteles, más teórica, para quien los cuerpos simples son los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, y la de Paracelso que, con más base experimental, se inclina por tres principios, sal, azufre y mercurio, a los que sus seguidores, los llamados “herméticos o “químicos”, añaden a veces agua o tierra. Parece que lo que más contraría a Boyle es que los químicos presentan los principios no como una idea más, entre otras, para aumentar el conocimiento sino como base de una nueva filosofía cuya validez se asienta sólo en la refutación de los elementos aristotélicos: las propiedades de los cuerpos mixtos no tienen por qué ser explicadas por las hipótesis herméticas o por las aristotélicas ya que hay otras formas plausibles, como las deducidas de las cualidades del movimientos, la forma y disposición de las pequeñas partes de los cuerpos, etc. Él ha realizado multitud de pruebas que detalla minuciosamente y le hacen oponerse no a aquellas doctrinas en sí mismas sino a su inexactitud y a lo escasamente concluyentes que se muestran los experimentos analíticos en los que se confía para demostrarlas. Es, pues, un escéptico que no hace afirmaciones sino que pretende demostrar dudas. El “corolario” que se desprende de su trabajo lo formula así: “...se puede poner en duda que exista un número determinado de elementos o, si lo prefieren, que todos los cuerpos compuestos consistan en el mismo número de ingredientes elementales o de principios materiales”.

Y ¿cómo está escrito el libro? En aquella época se usaba aligerar o amenizar la exposición de una teoría describiéndola en forma de diálogos; un personaje, trasunto del autor, defiende un punto de vista mientras otro argumenta en contra; no hace falta decir que en esa lucha dialéctica gana siempre el primero. Aquí hay varios personajes pero como si sólo hubiera uno, Carnéades (o sea, Boyle): los dos contertulios que representan las tesis de Aristóteles y Paracelso, respectivamente, desaparecen muy pronto sin apenas decir nada; queda otro, Eleuterio, más indepediente y neutro, puesto ahí para ir provocando a Carnéades que monopoliza todo el discurso. Surge así una verdadera lección sobre el estado de la naciente química en aquel tiempo y vale la pena adentrarse en él y llenarnos de asombro al ver cómo ha evolucionado la ciencia desde entonces y el cúmulo de esfuerzos y de ingenio puestos en obra para llegar a la situación actual.

De justicia es decir que los editores, Javier Ordóñez y Natalia Pérez-Galdós, nos facilitan la comprensión e interpretación de los hechos y del texto con una introducción clarificadora y, en unas notas explicativas, con la actualización de la terminología, y aún la versión a la formulación hoy en curso de la descripción retórica de los distintos procesos químicos aquí expuestos. Es un placer seguir así, contado por sus propios creadores, las etapas recorridas por la ciencia a medida que se va construyendo. Sin duda será el empeño de esta colección, “Clásicos de la Ciencia”, que edita Crítica bajo la dirección del profesor Sánchez Ron.




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