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El saqueo cultural de América Latina. De la conquista a la globalización

Fernando Báez

Debate. Barcelona, 2009. 414 páginas, 22’90 euros

 | 05/06/2009 |  Edición impresa


El Inca Pachacuti

Desde siempre, las teorías conspirativas han tenido buena prensa. Entre sus múltiples virtudes destacan su coherencia, todo se acomoda perfectamente del principio al final; su simpleza, al existir únicamente los blancos y los negros, cualquier matiz sobra; y su enorme capacidad didáctica. Si hubiera que aplicar un concepto para sintetizar el tipo de obra que es El saqueo cultural diría que estamos frente al paradigma de la teoría de la conspiración.

Si algo trasciende a toda la obra es la idea de que estamos frente a un compló europeo contra todas aquellas culturas que no comparten sus valores y deberían, por tanto, subordinarse ante la evidencia de la clara superioridad occidental. Pero si todo esto fuera poco, desde el siglo XIX Estados Unidos se sumó a los intrigantes. Así, estaríamos frente a una conspiración cuidadosamente estructurada para hacer tabla rasa con el pasado y con el único, o principal, objeto de borrar la memoria de todos los pueblos sometidos.

La conspiración no sólo está bien planificada en el espacio, sino también en el tiempo, al ser la misma conjura, con las mismas metas, que comienza a expresarse de forma clara y nítida desde 1492 hasta nuestros días. Más allá de las grandes dudas acerca de una trama bien urdida, realmente choca la ingenuidad, si no directamente la mala fe, al señalar que el saqueo cultural recién comenzó en 1492 y que, con anterioridad a esa fecha no había acaecido nada similar. El ejemplo que se nos da del Cuzco colonial construido sobre las bases del Cusco inca es muy claro. Sólo los españoles fueron capaces de semejante brutalidad, muy diferente de lo ocurrido con otras conquistas en otros lugares del mundo.

No es la primera vez, ni será la última, especialmente a la vista de algunas celebraciones de los bicentenarios, que se presenta a lo que hoy es el continente americano como un remanso de paz y estabilidad antes de la llegada de los europeos. Sin embargo, la realidad fue muy diferente. Sólo dos ejemplos para no extendernos demasiados. El inca Pachacuti (1438 - 1471) y el monarca mexica Motecuhzoma Ilhuicamina (1440 -1468) caracterizaron sus reinados por las conquistas militares, las expulsiones y reubicaciones de pueblos rivales o la destrucción sistemática del bagaje cultural de los pueblos rivales. Salvo que se vuelva a la olvidada teoría de Florentino Ameghino sobre el origen autóctono del hombre americano no es posible deslindar la historia de la humanidad de la historia de lo que hoy es América. Desde esta perspectiva los imperios americanos precolombinos, que los hubo, compartieron valores (positivos y negativos) con los restantes imperios mundiales.

Pero este libro no va de valores imperiales sino de la obsesión de los imperios de someter a sus rivales y, de ser posible, borrarlos para siempre de la faz de la tierra. De ahí que prácticamente no haya solución de continuidad entre las políticas del imperio español y el actual desempeño de Estados Unidos, incluyendo a las actuales oligarquías nacionales, entregadas de pies y manos al imperialismo. También se equipara el expolio imperial o gubernamental con el robo privado del patrimonio cultural de los países. éste es uno de los mayores problemas del libro de Fernando Báez, director de la Biblioteca Nacional de Venezuela, para quien no existen los matices. Una de sus obsesiones, junto con la destrucción de libros y bibliotecas, es la destrucción de las lenguas indígenas, otra muestra del expolio del patrimonio.

Por eso, tanto da que fueran los monjes conquistadores, los mismos que tanto daño causaron, los que con sus glosarios salvaran numerosas lenguas indígenas, o que la Cooperación Española, en ciudades como Potosí o Cartagena de Indias, realice cuantiosos esfuerzos por restaurar parte de su esplendor. La destrucción y el saqueo del patrimonio cultural merecen toda nuestra atención. La pena es que se ha desperdiciado una excelente oportunidad al trivializar un problema que no lo era. Ya no basta con mentar al Tío Sam o a la Inquisición para que un ensayo literario triunfe, también es necesario desgranar argumentos, que precisamente aquí no abundan.

Carlos Malamud




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