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El secreto de Hitler

LOTHAR MACHTAN

Planeta. Barcelona, 2001. 404 páginas, 2.900 pesetas

Corría el año 1949 cuando en Italia se publicaron las memorias de un antiguo nazi, Eugen Dollmann, con el explícito título de Roma nazista. La obra afirmaba ya en su primer capítulo la condición de homosexual de Hitler.


CÉSAR VIDAL | 17/10/2001 |  Edición impresa


Sin embargo, durante décadas nadie pareció dispuesto a continuar investigando, en buena medida porque la Alemania de posguerra podía sobrellevar el peso de haber seguido a un genocida pero no el baldón de haberse dejado guiar por alguien al que la opinión pública habría calificado casi unánimemente de pervertido sexual. Sin embargo, como deja de manifiesto Machtan, las pruebas de la homosexualidad de Hitler eran abundantes y durante los años 20 y 30 estuvieron al alcance de docenas de personas. El documento Mend, por ejemplo, describía la relación homosexual que Hitler mantuvo durante la primera guerra mundial con su compañero de armas Ernst Schmidt. Aún más reveladora fue la colección de declaraciones recogidas por la policía antivicio en las que multitud de jovencitos prostituidos dejaron constancia de cómo Hitler iba a buscarlos para invitarlos a comer, llevarlos a su casa y acostarse con ellos. Como indicaría en sus memorias P. M. Lampel, la homosexualidad de Hitler “para muchos de nosotros, antiguos Camaradas del Cuerpo de Voluntarios, no era desconocida”. Podría haberse añadido que era compartida por un número nada reducido de jerarcas nazis.

No obstante, apenas se convirtió en una figura pública, Hitler sufrió la amenaza del chantaje por parte de personas que sabían de su vida sexual. El futuro Föhrer pagó a los que le amenazaban pero en 1933, con la llegada al poder, la situación cambió radicalmente. Y en 1934, durante la noche de los cuchillos largos, Hitler procedió a la ejecución de un número de militantes de las SA que incluían a notorios homosexuales como Ernst Rühm. Semejante baño de sangre no significó el final del enorme peso que los homosexuales tenían en el seno del nazismo. De hecho, Rudolf Hess, sucesor oficial del Föhrer, o Von Schirach -ambos homosexuales- conservaron sus puestos jerárquicos. Sin embargo, se guardaron las apariencias. En primer lugar, se articularon normas legales que castigaron a los que calumniaran a Hitler y que reprimieron a los que siendo homosexuales adoptaban modelos feminoides. La Ley de la insidia, por ejemplo, fue aplicada en un 50 por ciento de los casos para castigar a personas que habían señalado que Hitler era homosexual. Su relación con Eva Braun -una tapadera- funcionó moderadamente bien, aunque los que convivían con la pareja sabían de sobra que entre ellos no había nada de sexual.

El libro de Lothar Machtan constituye un magnífico y documentado estudio sobre una faceta oculta, quién sabe si decisiva, de la vida privada de Hitler. Aunque en algún aspecto concreto su argumentación no llega a convencer del todo, la tesis del libro queda demostrada más allá de toda duda. Machtan no entra, sin embargo, en las posibles consecuencias que la inclinación sexual de Hitler pudo tener en su ideología política y al lector le hubiera gustado saber, por ejemplo, si el origen de su antisemitismo -y anticristianismo- pudo estar relacionado con la condena que las dos religiones monoteístas han formulado siempre contra las conductas homosexuales. En cualquier caso, Machtan ha escrito un libro de consulta obligatoria para todo el que desee profundizar en la psique y en la trayectoria vital de Adolf Hitler.






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