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El sueño del celta

Mario Vargas Llosa

Alfaguara. Madrid, 2010. 455 páginas, 22 euros

RICARDO SENABRE | 05/11/2010 |  Edición impresa


Mario Vargas Llosa. Por Kai Fosterling

La reciente concesión del premio Nobel a Mario Vargas Llosa ha rodeado de expectación el anuncio de su última novela, que acaba de llegar a las librerías. No se sentirán defraudados los lectores. El sueño del celta reúne algunas de las mejores virtudes del escritor y se integra, además, en la estela de motivos temáticos fundamentales reiterados a lo largo de su obra. Como en La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984) o La fiesta del chivo (2000), el novelista parte de hechos históricos bien documentados. Se trata en este caso de seguir la trayectoria de un personaje singular: el irlandés Roger Casement (1864-1916), que desempeñó importantes misiones diplomáticas para el gobierno británico hasta que, atraído por los proyectos secesionistas irlandeses, trató de impulsarlos con ayuda del ejército alemán y fue detenido, condenado a muerte por un tribunal inglés y ejecutado.

Tres etapas son esenciales en la agitada vida de Casement, cuyos informes al Foreign Office y cuyos diarios proporcionan datos preciosos (incluso el título de la novela pertenece a un escrito suyo): su viaje al Congo para supervisar la política belga en la extracción del caucho, una misión análoga en las caucherías del Putumayo peruano -amparada en el hecho de que la empresa explotadora estuvo radicada en Gran Bretaña- y por último, liberado ya de toda obligación diplomática, una progresiva asimilación de las teorías nacionalistas irlandesas que despertó pronto las sospechas de los servicios de inteligencia británicos y dio al traste con sus propósitos.

Las tres etapas están reconstruidas mediante sucesivas analepsis desde el tiempo de la narración, cuando Casement, condenado ya a muerte, se encuentra recluido en un infecto calabozo mientras aguarda el indulto solicitado a las autoridades políticas. Sin grandes alardes técnicos, con un ritmo narrativo que confiere a cada suceso y cada detalle la atención debida, el relato sumerge al lector en las crueles y escalofriantes medidas adoptadas en el Congo por la Force Publique para utilizar a sus indígenas como mano de obra, sometidos a una verdadera esclavitud, a un trato despiadado que incluye expolios, reclutamientos forzosos, torturas, mutilaciones y asesinatos. La tarea de contemplar y anotar para sus futuros informes la explotación de los nativos, encubierta con el pretexto de “abrir mediante el comercio el camino de la civilización” (p. 51), hace del viaje de Casement al Congo un auténtico descenso al infierno que inevitablemente recuerda en algunos momentos ciertas páginas de Conrad en Heart of Darkness. La aparente impasibilidad del narrador, que acerca el relato a la crónica, no oculta la codicia desenfrenada y el salvajismo de los ocupantes europeos, la brutalidad de los dominadores sobre los dominados. Así, Casement sorprende al teniente Francqui azotando a un niño maniatado: “El chiquillo debía haber perdido el sentido hacía rato. Su espalda y piernas eran una masa sanguinolenta y Roger recordaba un detalle: cerca del cuerpecillo desnudo desfilaba una columna de hormigas” (p. 57). La narración no abulta los hechos ni los adjetiva con énfasis -de ahí su aire cronístico-, pero sí anota la reacción violenta e indignada de Casement, porque se trata de construir un personaje -independientemente de que haya existido en la realidad, como otros muchos que aparecen- y detallar su evolución psicológica: crónica y, al mismo tiempo, novela, como en el mejor Vargas Llosa.

Del viaje de Casement a las explotaciones peruanas cabe decir otro tanto, o tal vez precisar que el brutal comportamiento de los caucheros con la población indígena llega aquí a extremos inimaginables, como si el autor que conduce el relato se sintiera, al evocar una vez más fragmentos del pasado de su país de origen, especialmente afectado por la materia histórica que novela. Ante los ojos atónitos de Casement -calificado ya tras su experiencia en el Congo por el propio ministro británico de Relaciones Exteriores como “especialista en atrocidades” (p. 154)-, desfilan de modo implacable los mecanismos de un auténtico genocidio que es también una denuncia de los comportamientos más tenebrosos del ser humano. Las ferocidades aisladas que se narraban en La casa verde, situadas en un marco geográfico cercano, adquieren ahora proporciones gigantescas. La intensidad narrativa confiere a estas páginas un valor histórico, literario y moral que sitúa El sueño del celta en el ámbito de la mejor literatura.

Si los episodios del Congo y de Perú (y, en parte, los antecedentes que se recuerdan de la anexión de Irlanda) prolongan y matizan uno de los motivos recurrentes de la obra del escritor -el abuso de poder, el aplastamiento de los humildes por la fuerza de una autoridad despótica y cruel-, la postrera aventura de Casement, con su adhesión a los rebeldes irlandeses, se sitúa, si bien con las características especiales que impone la historia real, en la misma línea temática, ya explorada por el autor, de los alzamientos contra el poder establecido que, por su erróneo planteamiento, se ven condenados al fracaso y echan por tierra los proyectos idealistas de algunos iluminados. Éste era el caso de La guerra del fin del mundo o de Historia de Mayta. El Antonio Conselheiro de aquella novela o el Alejandro Mayta de ésta se nos ofrecen, vistos desde aquí, como precedentes de este enfebrecido Roger Casement, que abraza con fe y entusiasmo de neófito la causa independentista. Conviene subrayar estas analogías para advertir que El sueño del celta es también una muestra de fidelidad artística, ya que no se separa un ápice de la literatura más valiosa y trascendente de Vargas Llosa, de su mundo peculiar y de sus ideas acerca de la función de la literatura en la sociedad.

Y tampoco lo hace en el tratamiento literario de los hechos, que trasciende los aspectos documentales del texto y convierte a personas reales en personajes con vida, con el mismo estatuto que a los tipos de ficción. Para empezar, el mismo Casement, muchos de cuyos rasgos íntimos, además, pueden ser brumosos por la sospecha de que sus diarios fueron manipulados por el servicio secreto inglés, con lo cual la verdad profunda del personaje se mantiene insegura en algunos aspectos, como sucedía en el caso de Mayta. El enriquecimiento psicológico progresivo otorga una especial densidad a tipos como el sheriff de los calabozos donde Casement se halla recluido, que pasa de ser un altivo y duro carcelero a un individuo fragilísimo, encerrado en otra cárcel: la de su forzada soledad y su infelicidad sin remedio. Notas parecidas podrían señalarse en los retratos de muchos personajes que convierten la novela en una gran representación de la vida humana. Todo se aúna en estas páginas para producir el efecto de cualquier novela auténtica: sacar de sus casillas al lector, transportarlo a otro mundo y hacer que brote en su espíritu, además del sobresalto, la inquietud, el horror o la compasión que proporciona la historia, esa flor preciosa y escasísima que es el placer de la lectura.





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