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El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti

Mario Vargas Llosa

Alfaguara. Madrid, 2008. 248 páginas, 17’50 euros
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JOAQUÍN MARCO | 27/11/2008 |  Edición impresa


Mario Vargas Llosa. Foto: Fernando Peñalosa

Pocos esperábamos que Mario Vargas Llosa escribiera un ensayo crítico sobre Juan Carlos Onetti. En el volumen sexto de sus Obras Completas -ya incompletas- reunió sus libros sobre los autores de los que se ha ocupado, desde Tirant lo Blanc, su clásico emblemático, hasta Flaubert, Arguedas, Gabriel García Márquez y un amplio espectro de novelistas esenciales, así como sus propias ideas sobre la ficción. Cuando escribí el prólogo a este amplio registro de estudios, releyendo el conjunto como hizo él mismo hizo respecto a Onetti, ratifiqué la originalidad de ciertos enfoques e intuiciones, así como su acerada inteligencia crítica.

El presente estudio procede de los apuntes de un curso universitario que dio “en el semestre de otoño de 2006, en Georgetown University”, en Washington, al que ha añadido un reducido y excelente material bibliográfico. El capítulo inicial “El viaje a la ficción”, que da título al libro, resulta la tesis general que se aplica posteriormente a la obra del novelista uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994). El tema del “contador de historias” Vargas Llosa lo había tratado ya, entre otras obras, en su novela El hablador. En El viaje a la ficción narra su aventura en la selva y precisa los orígenes de aquella historia. Partiendo de unos apretados orígenes del ser humano (algo así como el inicio del filme 2001, una odisea del espacio) concluye: “La literatura es una hija tardía de ese quehacer primitivo, inventar y contar historias, que humanizó la especie, la refinó, convirtió el acto instintivo de la reproducción en fuente de placer y en ceremonia artística -el erotismo- y disparó a los humanos por la ruta de la civilización, una forma sutil y elevada que sólo fue posible con la escritura, que aparece en la historia muchos miles de años después de los lenguajes” (p. 27). Tal vez responda a una visión muy optimista de los efectos del fenómeno literario, pero resulta el sustrato de su propia obra de ficción. La entenderemos mejor si nos adentramos en lo que advierte en Onetti. Y añade: “Es un error creer que soñamos y fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantaseamos y soñamos lo que no vivimos, porque no lo vivimos y quisiéramos vivirlo. Por eso lo inventamos: para vivirlo de a mentiras, gracias a los espejismos seductores de quien nos cuenta las ficciones” (p. 29).

Tal vez por contraste, al margen de la indudable calidad literaria que le reconoce, ha elegido para su análisis al novelista más hondamente pesimista de la literatura latinoamericana contemporánea. No desdeña Vargas Llosa los hilos vitales que le permiten comprender mejor la obra: sus matrimonios, su adicción al tabaco y al alcohol, sus excentricidades y obsesiones y sus habituales hoscos silencios. El objetivo del crítico es descubrir paso a paso la concepción de Santa María, más tarde Santamaría, así como Lavanda, un equivalente a Montevideo y Enduro -una capital desbordada por sus suburbios-. Sin duda, no habría existido sin el precedente del condado faulkneriano de Yoknapatawpha. Pero algo radical aleja la creación de Onetti de la de Faulkner. Ambas comunidades están sumergidas en la decadencia, pero “En Santa María el pasado casi no existe” (p. 91). De ahí, tal vez, su insistencia en que nada tenía que ver con la realidad uruguaya. Pero sin Faulkner, asegura Vargas Llosa, no existiría la novela moderna latinoamericana. También completa los análisis con el contexto histórico, y resume la labor del presidente José Batlle, que convirtió el país en la Suiza de América, en los años 40 y parte de los 50 y su posterior decadencia, que entiende Vargas Llosa que coincide con la mayor parte de los países latinoamericanos, por la tendencia a la utopía política que les aleja de la realidad posibilista. Tampoco dejará de señalar cierto “apoliticismo” en Onetti. Tal vez, en este sentido, hubiera debido matizar más, aunque entienda que su paso por la cárcel durante unos meses de 1974 habría de resultar decisiva, como lo fue más tarde su exilio definitivo en España desde 1974. Atractivo resulta el paralelismo de Onetti con Jorge Luis Borges, pese a sus diferencias.

Puedo añadir un testimonio personal: un sábado, 26 de abril de 1980, tras una masiva conferencia-diálogo del maestro argentino en la Universidad de Barcelona, asistí a la cena, organizada por los editores argentinos de la antigua Bruguera, que acababa de publicar su incompleta obra en prosa, a la que asistió también Onetti y su cuarta esposa Dolly. La relación entre ambos autores fue parecida a la del discípulo respecto al maestro consagrado. Pero ambos recordaron el Buenos Aires vivido y algunos conocidos mutuos. Onetti se mostró, sin embargo, parco y distante y se levantó de la mesa una hora antes que Borges, que siguió en animada conversación de madrugada.

La capacidad inquisitiva de Vargas Llosa consiste en descubrir una formulación para definir en este caso la obra de Onetti: “el estilo crapuloso”. Sus novelas, inspiradas en burdeles, en personajes marginales, en fracasados, poseen una estructura, una ordenación, diversos sustratos y un estilo que les son propios. Tras apuntar que algunos de sus relatos alcanzan la calidad de sus posteriores novelas, entiende Vargas Llosa que El pozo (1939) coincide con las primeras novelas existencialistas de Camus y Sartre, aunque no recibiera su influencia directa. Abre así “las puertas de la modernidad a la narrativa en lengua española” (p.35) y se evade de la literatura regionalista o indigenista. Poco después alude a ciertos paralelismos con Roberto Artl y, curiosamente, a su relación con Eduardo Mallea. Para esta noche (1943) se entenderá como la mejor de sus tres primeras novelas, aunque “sin ser del todo una novela lograda” (p. 67). En ella advierte ya la deuda hacia Faulkner y la novela negra estadounidense. En cambio, los relatos “Un sueño realizado” (1941) y “Bienvenido Bob” (1944) deben ser considerados como “obras maestras” si bien “El gran salto como novelista lo da Onetti en 1950 con La vida breve”. En ella, insiste Vargas Llosa, se ofrece con mayor pureza su tema esencial: “la fuga de los seres humanos a un mundo de ficción para escapar a una realidad detestable” (p. 93), y se sitúa por encima de su emblemático El astillero (1961). Santa María se convierte así en una “antirrealidad”. Aparecen los indicios de una historia narrada que permite interpretaciones y que busca complicidades con el lector. El soñar (o fantasear para escapar) de unos hombres reales que se pudren desde la juventud debe entenderse como más que un refugio, pues se convertirá en el original método creativo de Onetti. Para el análisis de la novela el autor de El hablador utiliza de nuevo su teoría de “los vasos comunicantes”. La literatura consiste en el “elemento añadido” al mundo real. Vargas Llosa, como buen artífice, entiende los costurones de la ficción de Onetti, sobre la que manifiesta reparos bastante críticos a partir de Juntacadáveres (1964), pero sabe descubrir los hallazgos de la creatividad, aunque les dedique menor atención. En buena medida, el radical pesimismo sobre la condición humana de Onetti habrá de servirle para justificar, en parte, el subdesarrollo del Continente.

Los admiradores de Vargas Llosa no podrán sustraerse a sus reflexiones sobre la creación, porque iluminan, a su vez, su propia obra. Y el novelista uruguayo, que practicó el periodismo sin entusiasmo y que logró configurar un mundo propio, retorna a un primer plano y coincide con Vargas Llosa en que la literatura es “una entrega visceral, un desnudamiento completo del ser, algo que tenía más de sacrificio que de trabajo, que se llevaba a cabo en la soledad y sin esperar por ello otra recompensa que saber que, escribiendo, le sacaba la vuelta a la puta vida” (p. 226).


“Y del resto no me acuerdo”

Carta inédita a rodríguez monegal
A pesar de su aparente desdén por su propia obra, Onetti se muestra puntilloso y divertido en esta carta inédita al crítico Rodríguez Monegal: “Hace mucho tiempo que quiero tener juntos los cuentitos de Onetti; aunque sólo sea para tenerlos de alguna manera. Primera dificultad: sólo me queda una copia de ese cuento que tiene nombre dinamarqués. En un tiempo alentaban por ahí admiradores que me coleccionaban; si la llama sacra no se ha extinguido, tal vez usted pueda obtener los respectivos incunables. Segunda dificultad: ¿hay seis cuentos del infrascripto? ‘Sueño realizado’, naturalmente, tal vez el único importante y levemente inmortal; después ‘Bienvenido, Bob’, y del resto no me acuerdo. [...] También podría ir ‘La casa en la arena’ [...], que era capítulo de la novela y ya no lo es”


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