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El viajero del siglo

Andrés Neuman

Premio Alfaguara, 2009. Alfaguara, 2009. 544 páginas, 22 euros

JOAQUÍN MARCO | 10/07/2009 |  Edición impresa


Andrés Neuman. Foto: Iñaki Andrés

Si nos atenemos a las fechas indicadas como inicio y término de esta novela, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) la comenzó cuando contaba 26 años y la terminó casi cinco años y medio más tarde. Mientras, publicó su tercera novela, Una vez Argentina (2003), el libro de relatos Alumbramiento (2006), otro de aforismos y microrrelatos, El equilibrista (2005), y reunió varios libros de poesía en Década. Poesía 1997-2007 (2008), además de colaborar habitualmente en la Prensa.

El viajero del siglo es una novela extraña al panorama de la narrativa en español, ambiciosa, excesiva, compleja, histórica, de amores, pese a situarse en los aledaños del Romanticismo, y situada en Alemania, en la imaginaria ciudad de Wandernburgo, aunque podría muy bien trasladarse a nuestro tiempo. Ha huido de los habituales modelos hispanoamericanos y ha construido su complejo artefacto con los materiales de la novela de tesis y psicológica. Parte de sus páginas constituyen ensayos que se debaten en un imaginado salón romántico, presidido por la joven Sophie Gottlieb, que reúne una vez por semana a un grupo heterogéneo que toma el té y comenta temas variados, algunos literarios, al modo en que trazó Thomas Mann sus obras mayores, en especial La montaña mágica. Sus primeras líneas, la descripción de la llegada del viajero a la que será una mágica ciudad, recuerdan las imágenes del filme de Polanski El jovencito Frankenstein. El narrador ha elegido época y ambiente, cierto sentido del humor, un deliberado misterio y el lenguaje evocador, sin abandonar modernidad y efectos poéticos.

Esta ciudad imaginaria posee rasgos que coincidirán con la del hoy injustamente silenciado Torrente Ballester, aunque descubramos derivaciones de Kafka y Proust. El marco es una villa cambiante, cuyas calles se alteran. La morosidad del relato es tal que las relaciones amorosas de Hans, el viajero permanente, y Sophie, prometida de Rudi, miembro de una de las más importantes familias de la ciudad, no culminan hasta la página 323. Se han desarrollado vivas polémicas, que la joven atempera, sobre la filosofía alemana (Kant, Fichte), la novela de moda, la patria, el amor, Europa, los luteranos y, puesto que en ella se integrará un español, Urquijo, sobre nuestros fracasados Ilustración y romanticismo, las Cortes de Cádiz y el absolutismo europeo.

Cabe decir que los temas, tratados con rigor, buscan ofrecerle al lector una guía de las preocupaciones de la época, que siguen siendo las nuestras. Pero el personaje principal de la novela será Sophie, una joven de apariencia tradicional capaz de mantener su compromiso matrimonial y conducir a la vez una pasión amorosa en secreto con Hans. El narrador utiliza el objetivismo -incluso en las descripciones de los lances sexuales de la segunda parte-, un realismo no exento de símbolos y efectos mágicos: el lenguaje de las flores, del abanico, de la traducción y se toman en consideración los románticos ingleses y franceses y los fronterizos como Nerval, Heine y Pushkin.

Las perspectivas de interpretación de El viajero del siglo son múltiples. Cabe entenderla como un análisis crítico del mundo romántico y del viaje como huida. Las relaciones amistosas entre Han y un organillero son la excusa para situarnos más allá de la ciudad, en una miseria de extrarradio.No desvelaremos una acción secundaria: las violaciones de un enmascarado, su identificación y detención. Neuman se sirve de ambigöedades, juega con el lector con misterios y construye un relato aparentemente germánico, lento y discursivo, pero nunca exento de interés. Constituye un tour de force, un experimento difícil también para un lector, alejado de cualquier concesión. Debe admitirse como una auténtica pieza literaria, pese a algunos reparos en reiteraciones, personajes secundarios no bien definidos y un exceso de pedantería. Consigue puntos de vista diversos, y por contradictorios, enriquecedores.


ALGO PERSONAL

- ¿Cómo se pasa de un libro casi autobiográfico, como el anterior, a El viajero del siglo?
- Tratando de no repetirse, de evitar que los recursos del libro anterior resuelvan los problemas del siguiente. Haciéndose el propósito de que cada libro sea una oportunidad para aprender a escribir de nuevo. Pienso que el lenguaje no se domina: vamos perdiendo su control, su certeza.

- Ahora está en Argentina... ¿qué ha sido lo más emocionante de su regreso triunfal?
- El beso atemporal de mi abuela Dorita y el montón de helado con el que me recibió.

- ¿Qué echa de menos de España?
- La sensación (real o no) de que la democracia es incuestionable.

- Saber que le quedan meses de bolos promocionales ¿le provoca felicidad, incertidumbre quizá...?

- Incertidumbre, siempre: todo es incierto. Angustia, sólo porque temporalmente no podré sentarme a trabajar. Me aterra la figura del autor sin tiempo para escribir porque se pasa el día hablando de lo que escribió.


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