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Epistolario II, 1916-1936

Juan Ramón Jiménez

Edición de Alfonso Alegre. Residencia de Estudiantes. 680 páginas, 25 euros

El Juan Ramón que firma este Epistolario es un ardiente defensor de la renovación literaria que él mismo había iniciado y que ahora tocaba completar a los más jóvenes.


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA | 25/05/2012 |  Edición impresa


Juan Ramón Jiménez. Foto: Archivo.

Hay tanta vida encerrada en este segundo tomo del Epistolario de Juan Ramón Jiménez -primorosamente compilado y anotado, como el anterior y el que se anuncia, por Alfonso Alegre Heitzmann- que cualquier comentario del mismo parece de antemano tan difícil como pudiera serlo un pronunciamiento argumentado sobre la totalidad de la variopinta y cambiante vida de cualquier persona. Así, tiene el lector la sensación de que este J.R.J. adulto no es ya el mismo que, en el volumen anterior, compaginaba su precoz talento literario con una extraordinaria fragilidad física y psicológica, y que en más de una ocasión pareció acariciar la idea del suicidio.

Poco de aquel delicado y languideciente J.R.J. juvenil sobrevive, en efecto, a su boda con Zenobia Camprubí, que marca el inicio de su plena madurez humana y literaria. El hombre que en junio de 1916 vuelve de su casamiento en Estados Unidos no sólo trae bajo el brazo los textos que constituirán el extraordinario Diario de un poeta recién casado, que iba a revolucionar la lírica española de su tiempo, sino que es también un hombre entregado plenamente a su proyecto vital y artístico, y dispuesto al asombroso despliegue de actividad creativa, editorial, familiar e incluso -con todas las matizaciones que se quiera- social que habría de mostrar en los años siguientes.

El propio Jiménez era consciente de su metamorfosis. Así, en la misiva de reproche que dirige a Ramón Gómez de la Serna en septiembre de 1934, con motivo de que éste hubiera elegido un poema suyo antiguo para ilustrar el ensayo Lo cursi, le espeta: “Tú sabes que hasta esa fecha -que el autor adelanta aquí a 1912- yo estuve de una enfermedad nerviosa y cuanto escribí en esa época está tocado de ella”. Salvo esta mención retrospectiva, no hay en la correspondencia de estos años otras alusiones a la neurastenia juvenil de Juan Ramón, ni nada que se parezca a esa especie de autoconciencia enferma a la que tan propensos parecen los heridos de sensibilidad excesiva.

Porque -quién lo diría, ante la fuerza que aún mantienen ciertos estereotipos-, el J.R.J. que firma esta copiosa fase del Epistolario es un trabajador incansable, un ardiente defensor de la renovación literaria que él mismo había iniciado y ahora tocaba completar a los más jóvenes, un incansable promotor de publicaciones e iniciativas editoriales -como la revista Índice y la posterior “Biblioteca” del mismo nombre-; y, también, como es propio de alguien que vive y respira a través de la escritura, un devotísimo hijo y hermano que dirige conmovedoras cartas a su madre y a su siempre apurado hermano Eustaquio, en las que no sólo entrevemos algo del humilde ambiente de mesocracia rural en el que se crió J.R.J., sino también un sinfín de detalles domésticos que nos ilustran sobre la vida cotidiana de aquel tiempo.

Merece la pena contrastar estas cartas familiares de Juan Ramón con aquellas con las que, conscientemente o no, intervino decisivamente en la vida literaria de su época. Las que escribió para alentar a los jóvenes poetas que acudían a él; o las que, después de una larga serie de decepciones y desencuentros con éstos, escribió para retirarles la amistad, negar cualquier clase de concomitancia estética o defenderse de sus ataques u ofensas. Sería inútil intentar deslindar ahora si tales ataques y ofensas fueron o no magnificadas por la susceptibilidad del propio poeta. Si atendemos a lo que expresa en sus elocuentes y casi siempre bien argumentadas cartas, no podemos dejar de darle la razón… a la vez que no podemos sino apenarnos porque el poeta no fuera capaz de echarse a la espalda aquellos presuntos, o no tan presuntos, agravios, casi connaturales a la complicada sociabilidad que dicta la literatura.

El especialista y el estudioso sin duda encontrarán esta correspondencia muy ilustrativa del devenir estético de las letras españolas en el primer tercio del siglo XX. Pero quien acuda a estas cartas -como es muy recomendable que se haga- llevado del mero interés por la persona que las redacta, no podrá dejar de extender su dolorida simpatía hacia el hombre cuya recta caballerosidad, generosidad y sentido de la justicia se vieron tantas veces defraudados.

Y es que esta caballerosidad y generosidad no abandonaron a J.R.J. ni siquiera en medio de las más agrias polémicas. Es significativo que las cartas más desmedidas que escribió, y que quedan aquí recogidas, no fueran nunca enviadas. Y no por cobardía -porque de que el poeta no tenía pelos en la lengua a la hora de decir lo que pensaba hay sobrados testimonios-, sino por sentido del respeto humano. El mismo que le lleva a agradecer a Jorge Guillén, en febrero de 1936, que éste hubiese mantenido la dedicatoria a Juan Ramón de un poema de Cántico, después de las gravísimas diferencias que habían separado a ambos; o el que le lleva a aceptar colaborar con la Gaceta Literaria al mismo tiempo que interpela a su director, el incontinente Ernesto Giménez Caballero, por alguna de sus baladronadas.

Eran años, no hay que olvidarlo, en los que el de Moguer escribía lo mejor de su obra; y en los que, por tanto, acusaba que su posición, unánimemente respetada y ensalzada, correspondía a una mezcla, para él poco satisfactoria, de malentendidos (algunos, persistentes hasta hoy mismo) y consideraciones referidas a etapas creativas que él daba por superadas. Pero qué gran poeta medianamente consciente de su valía no siente esta sutil desarmonía con los tiempos.

Lo curioso es que Juan Ramón Jiménez, a quien tantos ven aún encaramado a su “torre de marfil”, no desdeñó la brega con la realidad del momento. Sus polémicas e higiénicos desdenes -los que mostró hacia Azorín o Pérez de Ayala, por ejemplo- así lo prueban. Pero también su capacidad -nunca oportunistamente aireada, pero no por ello menos sincera- de compromiso social y político; la que le lleva, por ejemplo, a declararse, en una carta a Fernando de los Ríos de mayo de 1931, moderadamente entusiasmado con la recién nacida Segunda República... Lo que no es óbice para que, poco después, se atreva a responder al flamante ministro de Instrucción Pública -que a la sazón le había pedido opinión sobre sus planes de decorar las escuelas con murales alegóricos- que prefería el “museo de las ventanas, abiertas con inteligencia y sensibilidad al gozo y al ejemplo del paisaje y de la vida”. Ojalá otros intentos de innovación superficial -y no sólo de entonces- hubieran obtenido de los mejores intelectuales españoles una respuesta tan lúcida.




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