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Escrito a lápiz. Microgramas de Walser

Robert Walser

Traduc. Juan de Sola y María Condor. Siruela, 2006. 338 págs, 23’90 e.

Robert Walser (Berna, 1878 -Herisau, 1956) es el poeta de lo ínfimo. Su inclinación hacia lo fragmentario e incompleto se manifiesta en la evolución de su estilo hacia el apunte y el esbozo. La concisión adquiere una dimensión ética en su escritura, que asocia la retórica al “tedio de la pluma”.


RAFAEL NARBONA | 06/04/2006 |  Edición impresa


Robert Walser. Foto: Archivo

El desorden y el hermetismo de su legado sólo manifiestan su anhelo de trascendencia. La caligrafía microscópica e ininteligible de estos fragmentos no brota de la locura, sino de la pretensión de conocer todos los estratos del alma. Estos manuscritos, que han exigido una larga tarea de reconstrucción y exégesis, son verdaderos ejercicios de introspección que desprecian el reconocimiento y la fama. Son “microgramas”, textos ensimismados, que divagan sobre aspectos pueriles de la existencia, pero que convierten la literatura en un viaje hacia ese conocimiento esencial reservado a los místicos y enajenados.

Al igual que Nietzsche, Walser enloqueció en los últimos años de su vida. Nadie escoge la locura, pero la locura se transforma en la última estancia de cualquier aventura intelectual que contemple la destrucción del yo. Nietzsche nunca ocultó su hostilidad hacia el concepto de identidad, que pretende contrarrestar la dispersión de la conciencia. Walser parece haber asimilado la lección de Rimbaud, que reconoce al otro en el corazón del yo. Por eso, su escritura se identifica con el paseo sin rumbo, con la desorientación del vagabundo. La aversión hacia la pluma no es casual. La tinta fluye con vocación de permanencia. El lápiz acepta la precariedad, la posibilidad de desaparecer, sin dejar rastro. En su correspondencia, Walser señala que el lápiz le devolvió al inicio de la escritura, al aprendizaje de la infancia, donde las cosas se muestran por primera vez, sin las perversiones que acarrean la rutina y la costumbre.

Al copiar a lápiz algunos textos que ya se habían materializado con la pluma, Walser no se repite, sino que reinventa sus creaciones, insinuando que la escritura siempre es un palimpsesto. Debajo de cualquier novela, cuento o fragmento, se advierten los vestigios de piezas anteriores. La literatura sólo es una forma de arqueología. Walser transita por todos los temas: la niñez, las primeras lecturas, el amor, lo caricaturesco, el fracaso, el suicidio. La inhibición ante el sexo refleja su parentesco con Kafka, que en su correspondencia con Milena Jesénska reconoce que prefiere dos páginas escritas a dos horas de contacto físico. El miedo a perder la propia intimidad inspira tal vez la despreocupación de Kafka y Walser por la posteridad. Walser muestra el mismo talento que Canetti para retratar a personajes triviales.

Los “microgramas” revelan la ambición última de Walser: no ser nadie, borrar el yo que se vincula a cualquier texto, destruir la identidad, que nos impide reparar en el ruido del mundo. La escritura de Walser refleja la moral del verdadero artista: desaparecer para que hablen las cosas. Su pasión por el fracaso contrasta con esa exigencia estética. Tal vez Walser no buscaba un interlocutor humano. Nietzsche se despidió de la cordura ordenando el fusilamiento de Dios. Es imposible saber para quién escribía Walser, pero en un tiempo en que proliferan los libros innecesarios, ningún elogio está a la altura de una obra que sólo se preocupó de comprender y expresar la efímera presencia del ser humano en el mundo.




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