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Escrito con drogas

SADIE PLANT

Traducción de Ferrán Meler-Orti. Destino. Barcelona, 2001. 357 páginas, 3.200 pesetas

BERNABÉ SARABIA | 31/10/2001 |  Edición impresa


En opinión de Sadie Plant, el mercado mundial de la droga mueve el 10% del comercio de mercancías, cantidad que duplica la cifra que maneja la industria farmacéutica. Si al consumo de drogas ilegales le añadimos los efectos de arrastre que tiene en los universos de la delincuencia y la prostitución, contemplaremos un cuadro inquietante. La segunda mitad del siglo XX occidental tiene, en la popularización del consumo de distintas y variadas drogas, una de sus características. La utilización del opio con fines de placer, o de hongos alucinógenos en ceremonias rituales, se remonta a los orígenes de la humanidad. Es bien conocido, como señala Plant, que los comerciantes árabes del XVI traficaban ya con adormidera. El opio ha sido una constante fuente de “placer sensual” desde la lejana China hasta cualquier rincón del mundo en el que ahora se chuta un heroinómano.

La novedad que se introduce en las últimas décadas radica en la masificación del uso recreativo de tantas substancias intoxicantes. A los derivados del opio, de la coca, del hachís y de los hongos alucinógenos se han ido añadiendo multitud de productos sintetizados en laboratorios que no requieren instalaciones complejas. Como recoge Plant citando a Bourroughs, las drogas tienen algo de virus. Se extienden, sin un verdadero cuerpo que proporcione estructura o sorma, haciendo rehenes a aquellos que se han entregado a su voluptuosidad. Sus efectos son palpables aunque su presencia sea difusa y misteriosa.

El enfoque de Plant en esta reflexión sobre el papel de las distintas drogas en el desarrollo de la modernidad mezcla una perspectiva historicista con un enfoque de carácter cognitivo. En primer lugar, organiza su libro con un recorrido histórico por las drogas ilegales; su tratamiento del uso del té, café, alcohol y tabaco es muy tangencial. En segundo lugar, Plant examina las drogas en el reflejo que han tenido en distintos escritores y pensadores. Para ello recurre a sus vidas y obras rastreando la utilización que han hecho de las distintas drogas. Plant se interesa por lo que tienen las diferentes substancias de vía de conocimiento de la propia interioridad del sujeto y del mundo exterior.

Al hilo del eficaz estilo narrativo de Plant, el lector contempla un siglo XIX en el que las drogas están permitidas sin casi ninguna restricción. En 1860, Albert Niemann sintetiza la cocaína, el principal alcaloide de las hojas de coca, y en 1874 los laboratorios Bayer sintetizan la diacetilmorfina, más conocida como heroína, la cual encuentra en la jeringuilla hipodérmica su fiel pareja hasta la aparición del vih/sida.

El comienzo de la estructura legal actual contra el consumo de drogas se remonta a las prohibiciones establecidas en 1914 y 1916 en Estados Unidos y en el Reino Unido, respectivamente. Ello no obsta para que en 1932 se sintetice la bencendrina, un inhalador nasal de venta en farmacias procedente de las anfetaminas. En el último cuarto del siglo XX se difunde el mdma, más conocido como éxtasis, cuyo cometido es convertirse en un empatígeno -droga que facilita el contacto interpersonal. A partir del mdama van apareciendo intoxicantes destinados a los jóvenes bailarines de la era digital. Y así Plant nos lleva hasta una actualidad marcada por un nuevo politoxicómano cuyo perfil puede variar desde el transgresor alternativo al “niño bien”, pasando por el profesional colombiano del asesinato y la extorsión.

En el conjunto de la abundante bibliografía publicada sobre drogas, esta obra se sitúa entre los textos que abordan su consumo como una elección activa y meditada de un sujeto capaz de mantener bajo control su adicción. De este modo, consumir drogas se convierte en un viaje enriquecedor. Por desgracia, las cosas no son así casi nunca y, como ha escrito Jönger, se puede volver descalabrado. No está al alcance de cualquiera entrar y volver a salir indemne. La musculatura de la voluntad, la finura intelectual y, en definitiva, la salud neuropsicológica han de ser excepcionales, algo que sólo está al alcance de unos pocos.





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