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Esther Tusquets

“Ni recuerdo mis años de editora con nostalgia, ni nada me haría volver”

Irreverente, divertida y consciente, además, de que “ya no somos Peter Pan”, Esther Tusquets (Barcelona, 1936) lanza la próxima semana Confesiones de una vieja dama indigna (Ediciones B), tercer tomo de unas memorias en las que ajusta cuentas, a su pesar, con los espejismos de la gauche divine y con gentes como Carmen Balcells, Cela, Maragall, Gimferrer o Rosa Regàs.


NURIA AZANCOT | 30/10/2009 |  Edición impresa


Esther Tusquets. Foto: Domenec Umbert

La editora que lanzó en Lumen (y convirtió en bestsellers en España) al Umberto Eco de Apocalípticos e integrados y El nombre de la rosa, o a Mafalda no quiere ser polémica ni provocar. Pero a sus 73 años (y Esther Tusquets repetirá su edad en más de una ocasión a lo largo de la entrevista) tampoco quiere dejar de contar lo que vio y vivió, “porque tengo muy buena memoria y a menudo me sorprende cómo me cuentan aventuras que he vivido de manera que parecen otras”. Eso sí, las mejores historias, las más indiscretas o escabrosas, acaban “enmascaradas” en su relato: es lo que tiene ser una “vieja dama indigna, irreverente y libre”.

“Ni pereza ni prudencia”
“Bueno -explica entre risas-, siempre lo he sido, desde que a las cuatro años comencé a protestar por todo y contra todos”. A fin de cuentas, apostilla, el suyo es un club selecto al que no todos tienen acceso “porque hay quien prefiere ser siempre muy respetable”. Por eso puede presumir de que “ni por pereza ni por prudencia jamás me he perdido nada en la vida, lo he disfrutado y sufrido todo. Pero también se paga un precio: se llega a la vejez solo, porque es difícil ser así y vivir en pareja.”

Y vuelve a reír, aunque ahora no pueda celebrar medio siglo al frente de Lumen porque hace diez años prefirió vender la empresa a la multinacional, Bertelsman, base de Random House Mondadori. Obstinada en sus risas, no se arrepiente:
-Nunca, nunca lo he lamentado. Cuando vendí Lumen llevaba 35 años al frente de un negocio que me apasionaba pero que no era mi verdadera vocación. Yo quería escribir, y la parte empresarial del negocio no me interesaba. No sólo no recuerdo mis años de editora con nostalgia, sino que ahora nada me haría volver.

-¿Se reconoce en lo que está publicando Lumen hoy?
-En algunos casos sí; a veces editan libros que me compraría y están recuperando títulos que yo descubrí, que no tuvieron éxito, o que se vendieron muy mal, y que ahora relanzan con más éxito. Sólo lamento que hayan dejado perder la edición de libros infantiles.

-Si “ningún editor de raza piensa en los ejemplares vendidos”, ¿qué ha pasado para que ahora en las reuniones de editores, se hable menos de títulos y de hallazgos literarios y más de balances de resultados?
-Quizá sea que hoy la gente habla más de dinero que hace cincuenta años, pero es evidente que la edición se ha convertido un negocio en el que influyen mucho los anticipos, los derechos de autor, el papel de los libreros, la distribución, la rivalidad entre sellos... Y sigue habiendo editores de verdad.

-¿Cuánto tiene su libro de confesiones y cuánto de ajuste de cuentas?
-De ajuste de cuentas muy poco, porque está escrito sin ira. Cuento lo que pasó. Por eso hay personas a las que juzgo mal, con justicia pero sin rencor, porque a los 73 años muchas cosas han dejado de importarme. Ahora todos somos viejos, nos queda poco tiempo, y perderlo en viejas inquinas es absurdo.

Será por eso que ahora, al conversar, dice de Carmen Balcells que acabó con los contratos brutales de los escritores, y que ha hecho grandísimos favores a sus autores, aunque en el libro asegure que no entiende su código ético, que es arbitraria, ambiciosa de poder, dinero, prestigio... y relate importantes jugarretas de la agente, como cuando cedió los derechos de Los cachorros de Vargas Llosa a varias editoriales sin compensaciones para Lumen, a pesar “de un contrato en exclusiva legalmente irrebatible”. En cambio, de Eco afirma que es un tipo “honesto y leal”. Como Delibes, “un amigo de lealtad inquebrantable”.

-Hablando de amigos, ¿por qué le molesta tanto que Ana María Matute a veces diga que es un niño de diez años?
-Porque es una gran amiga, y una gran mujer que ha sabido luchar y salir adelante tras terribles dramas y no necesita jugar a eso, a la niña pequeña.

-En cambio, Rosa Regás no sale bien parada en el libro.
-Bueno, lo que cuento es la verdad: hizo varias ediciones piratas de un libro de Ana María Matute, publicado por Lumen, sin pagarnos ni a la autora ni a editorial un céntimo. Luego, cuando la he visto, siempre nos hemos llevado con cordialidad. Además, es lista, divertida, y tiene algo que me puede: recoge perros abandonados, y eso es algo que valoro más de lo que imagina.

-¿Por qué su relación en Lumen con su ex cuñada Beatriz de Moura fue tan difícil? ¿No cree que si las presentasen hoy serían buenas amigas?
-Desde luego. éramos muy jóvenes y seguramente muy tontas, nuestra editorial era muy pequeña, y había poco espacio para las dos. Así que hicimos lo mejor: dividir la edición y la distribución y separarnos. Pero no se crea que la relación fue tan mala. Cuando se separó de mi hermano Oscar, edité su novela Suma.

El secreto de los demás
-¿Cuál es el secreto del éxito de estos amigos-enemigos íntimos que fueron Beatriz de Moura y Jorge Herralde?
-Que lo han hecho muy bien. Ellos han dedicado gran parte de sus vidas a sus editoriales, y además han encontrado parejas perfectas, Toni López en el caso de Beatriz, y Lali Gubern en el de Jorge, que han luchado incondicionalmente por lo mismo, sin hijos que los distraigan.

-A estas alturas del camino, ¿no se arrepiente de haber decidido que Lumen no creciera como Anagrama o Tusquets?
-En absoluto, porque no soy ni tan trabajadora ni tan ambiciosa. He hecho muchas cosas, desde luego, pero me he distraído, felizmente, por el camino, por el amor, los hijos, algunas depresiones, la vida... Como le decía antes, yo no elegí ser editora; lo fui, lo disfruté, pero jamás fue mi vocación.

Esa falta de ambición explica el último lío en el que Esther Tusquets se ha visto envuelta y del que también da cuenta en el libro: su participación en una biografía sobre Pasqual Maragall que contó primero con la ayuda y luego con la censura de la familia del expresidente de la Generalitat. “Se rindió primero el editor -recuerda ahora-, y luego nosotras pensamos que qué más daba. Y no daba igual: el libro quedó grotescamente cortado, sin sentido. También me sorprendió el silencio de la Prensa, pero no estoy enfadada. Tengo 73 años y a esta edad valoras mejor lo que es de verdad importante. Y eso no lo es.

-¿Está de acuerdo con Mendoza cuando afirma que el victimismo de la sociedad catalana respecto al resto de España está haciendo mucho mal?
-Desde luego, tiene razón.

-¿Y en qué lengua estudian sus nietos?
-En catalán, por decisión de sus padres. ¿Sabe una cosa? El año pasado fuimos a una función del colegio del mayor, que tiene 9 años, y el 35 por ciento era en catalán y el resto, en un pésimo inglés. En castellano nada, y eso es detestable. Necesitamos una solución sensata ya.





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