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Martes, 23 de septiembre de 2014
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Estrella de la tarde

Enrique Andrés Ruiz

Fundación Mainel. Valencia, 2000. 45 páginas, 800 pesetas

Es este uno de los poetas verdaderos de este fin y de este principio de siglo, muy antiguo y muy moderno, un poeta que nos hace sentir el misterio


JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN | 14/02/2001 |  Edición impresa


En el prólogo a este libro, unas pocas líneas tan llenas de sugerencias y detalles exactos como todas las suyas, Juan Manuel Bonet califica a su autor como “uno de los mejores poetas de nuestro fin de siglo”. Y, sin embargo, no anda del todo descaminado Bonet: Enrique Andrés Ruiz no es un poeta más de los que hacen el coro a las grandes voces, no dice -como tantos poetas menores- con corrección y menos fuerza lo que otros han dicho antes, si no con menos defectos, sí con mayor intensidad; tiene un mundo y un tono, nos habla de lo que pocos hablan, nos lleva hasta el borde de ese precipicio para el que ya no valen las palabras.

La breve recopilación Estrella de la tarde -sólo ocho poemas- puede considerarse como una continuación, casi como un apéndice, a su título anterior, El reino (1997), que vale la pena buscar y releer para prolongar la estela de este puñado de insólitos y a la vez, paradójicamente, nada novedosos poemas. En las líneas preliminares al libro precedente se refiere Andrés Ruiz a que, al contrario de tantos otros poetas contemporáneos, no reniega de conceptos como “imaginación”, “entusiasmo”, “romanticismo”.

Del romanticismo procede, ciertamente, el sentimiento de la naturaleza que hay en sus versos. El reino del que nos habla el título de su libro es de este mundo, pero está lleno de señales de otro mundo, que apenas si somos capaces de descifrar. Es un territorio mítico y a la vez muy concreto: son las altas mesetas de La Serna, las estribaciones neblinosas y suaves de La Sierra Morada, el Palacio del Monte con su roja ventana que brilla en la noche... Tierras sorianas, machadianas tierras de lobos y torcaces que cruza un caminante solitario por veredas que “el páramo confunde con rastros indecisos”. El romanticismo de Ruiz desemboca en un realismo trascendente, en una mirada que sabe colocar mayúsculas a las cosas más mínimas, a las que hemos dejado de ver, por cotidianas.

Muy pocos poemas incluye Estrella de la tarde, y hasta es posible que alguno de ellos resulte prescindible, como los escritos en versos de arte menor. En “Nueve de marzo” disuena incluso métricamente algún verso, como el último de la siguiente estrofa: “Hoy ha pasado el vuelo/ de un pájaro entre ramas/ en flor de unos olivos,/ unos cerezos, unos almendros”. Pero un poeta como Ruiz puede permitirse el lujo de esos errores (si es que lo son): Estrella de la tarde no es un libro, son media docena de poemas cada uno de los cuáles vale por un libro, justifica a un poeta. “Asamblea en La Serna” nos habla de las bandadas de pájaros que, al emigrar, convierten el ojo que los mira en “el abismo del pozo de un espejo/ donde otra vez se ahoga lo visible”.

El signo misterioso, la rara escritura a que se refiere “La forma T” no es más que “una enorme figura formada por un poste/ vertical que en lo alto cruza una larga viga/ y que más bien parece clavada desde arriba/ o que hubiera bajado suavemente entre nubes/ desde el cielo amarillo, contra el sol,/ cuando el llano/ se va poniendo rosa”; sólo un poste, nada más que eso, y a la vez mucho más: la escritura de un Dios desconocido, la señal de su paso.

Por otro poema vuelan “Las torcaces”. A “Mara y Tacoa”, los dos perros que dan título al siguiente poema, ya los conocíamos de El reino. Juan Manuel Bonet considera que esos perros “parecen salidos de unos versos de Francis Jammes”; algo del franciscano poeta francés hay en el poema, pero no en su apolillada y un tanto verbosa sensiblería. Estrella de la tarde nos habla de un mundo que se quiere para siempre detenido, un mundo como una plaza provinciana, a la vez inmensa e íntima. El último poema, “En el libro del río y los molinos”, entremezcla lectura y vida, confunde las hojas de un libro con las aguas del río de la infancia.

¿Es, efectivamente, Enrique Andrés Ruiz “uno de los mejores poetas de nuestro fin de siglo”? Es uno de los poetas verdaderos de este fin y de este principio de siglo, muy antiguo y muy moderno, un poeta que nos hace sentir el temblor del bosque primigenio, el misterio de la estrella de la tarde, lo que hay de sagrado en la naturaleza.




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