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García Márquez o el secreto del relato

Mondadori reúne Todos los cuentos del Nobel. Escritores y críticos 'deconstruyen' sus claves

Mientras Madrid sigue en Feria, Gabriel García Márquez (1927), perdido ahora, dicen, en las sombras de la desmemoria -¿hay un infierno peor para quien soñó tanta magia y tanta irrealidad?- recibe el mejor homenaje: la edición, en un solo volumen, de Todos los cuentos (Mondadori), con el que la editorial celebra además sus primeros 500 títulos. El Cultural ha invitado a críticos y escritores de las dos orillas para homenajear su palabra.


NURIA AZANCOT | 01/06/2012 |  Edición impresa


Gabriel García Márquez. Foto: Carlos Barajas

Lo de Gabo es cuento largo. Comenzó en 1947, con “La tercera resignación”, incluido en Ojos de perro azul, y terminó en junio de 1982, con “El avión de la bella durmiente”, uno de sus Doce cuentos peregrinos (1992). Entonces, en el prólogo del libro, el Nobel colombiano explicó cómo habían surgido sus relatos y también algo esencial a propósito del primero de ellos, en el que asistía a su propio entierro. Allí uno de los asistentes le decía que él era el único que no se podía marchar: “Sólo entonces comprendí -escribió- que morir es no estar nunca más con los amigos”.

Pero ni modo. Sus mejores amigos, los de verdad, sus lectores, escritores y críticos, tienen claro los ingredientes secretos de su arte. El crítico y poeta Joaquín Marco destaca varios: por una parte, dice, “se trata de la imaginación; por otra, de la recreación de un ambiente exótico, y para muchos de los lectores occidentale,s de lo mágico maravilloso, aunque resulte muy próximo a lo que es la realidad latinoamericana”. El novelista colombiano Óscar Collazos destaca la creación de un universo personal, “un sello García Márquez en el que los acontecimientos aparentemente más insignificantes y pueblerinos conducen a una historia de desenlace sorprendente. Macondo no es sino el nombre de una topografía en la que cualquier acontecimiento cotidiano puede ser extraordinario”. Y Juan Antonio Masoliver Ródenas, crítico y poeta, apunta a “la magia de su prosa. No sólo de la de su realismo mágico sino, y sobre todo, la de sus crónicas periodísticas, la de sus cuentos más concisos y faulknerianos”.

Encantador de lectores

El profesor uruguayo Jorge Ruffinelli nos descubre que, “así como hay encantadores de serpientes, existen también encantadores de lectores”. Y dice más. Que desde sus primeros textos (cuentos o crónicas periodísticos), “Gabo supo cómo atrapar a sus lectores para no soltarlos nunca más. Lo aprendió escuchando a su abuela contarle cuentos, y tal vez sea cierto. Porque ese don es propio de los cuenteros populares, aquellos que, como explicaba E.M. Forster en sus Aspectos de la novela, en lejanos tiempos les contaban historias a los cazadores, que en las noches volvían a la tribu y se sentaban a escucharlos alrededor del fuego. Cuando esos cazadores se aburrían del relato, el narrador corría el riesgo de que se lo comieran. Sucede lo mismo con los escritores: les va la vida en encantar a los lectores”.

-¿En qué consiste ese encantamiento?
-En que esos textos nos llevan a lugares inesperados, y nos hacen gozar o sufrir lo mismo que sus personajes, como esa mujer que una noche de lluvia, con el coche descompuesto en la carretera, sube a un autobús para buscar un teléfono y pedir ayuda, sin saber que ese autobús lleva a los pacientes de un manicomio...”, destaca Rufinelli.

Antes que Gabo, resalta, estuvo Borges, que “cambió el idioma castellano de la literatura. Años después apareció él, desde el trópico colombiano, y le introdujo poesía a ese lenguaje. También le puso música a sus frases, no sólo las del vallenato y las cumbias que debió escuchar en su juventud, sino todos los ritmos de su Aracataca natal y sus itinerarios por el mundo. Gabo aprendió a narrar en la calle. Y escribe mejor que todos los académicos juntos”.

Pero los cuentos de García Márquez, por mucho que impregnen la narrativa del siglo XX, no surgen de la nada. Marco destaca como antecedentes a Alejo Carpentier, “que definió lo real maravilloso aludiendo al ámbito latinoamericano”, y a José Estasio Rivera, en Caraima, una novela centrada en parte sobre la selva, “emblemática en el sentido de que parece intuir algunos elementos de la irracionalidad o de la distinta racionalidad de la sociedad latinoamericana”. Y Masoliver Ródenas nos da más pistas: Felisberto Hernández, Rulfo, Cortázar, Augusto Monterroso.

Gabo, como los Beatles

Hay quien, como Horacio Castellanos Moya, reconoce que a Gabo lo tiene “presente por su enorme fama, aunque de su obra apenas quedan huellas en mi memoria como para aventurar juicios de valor”, mientras que un autor joven, español y tan negro como Carlos Zanón asegura que “es como los Beatles. No puedes hacer pop pasados los 60 sin estar bajo la sombra de los Beatles”. Porque Gabo, insiste, “es los Beatles de la literatura en castellano. Su influencia ha sido generosa, arrasadora, popular. Se nota mucho, por ejemplo, en las historias de familia de los autores posteriores, parece imposible no ver en ellas su impronta. Él y todo lo que se construyó en su alrededor revolucionó la literatura en castellano. García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa. Leyéndolos se tenía la sensación de que se podía escribir de manera distinta sin cambiar tu herramienta: el lenguaje. Gabo es tan talentoso como popular, admirable por cualquier público, un escritor tanto para autores como para lectores. Tal vez sea su carácter popular lo que chirría a algunos escritores de hoy”.

Los críticos también lo tienen claro. Si para Rufinelli, el realismo mágico tuvo su época, y un escritor se “delata” al tratar de copiarlo, “los más jóvenes han advertido que la influencia de Gabo no consiste en imitar su estilo, sino su ejemplo: escribir bien, y no sólo bien, escribir excelentemente”. “Hay una corriente que sigue su estela -subraya Marco-, pero los jóvenes han reaccionado hasta el punto de intentar escribir una novela alejada de los motivos, elementos y paisajes que lo identifican, encerrándose en la novela urbana, policial”. Y Masoliver niega la mayor, asegurando que sus cuentos son hoy poco conocidos, y que los nuevos narradores españoles, “tan comprensible como lamentablemente”, han dado la espalda “a la literatura hispanoamericana”.

¿Recomendaciones? Hay quien dice (Marco) que cualquiera, “incluidos los que forman parte de Cien años de soledad”, quien destaca (Collazos, Masoliver Ródenas) Los funerales de la Mamá Grande, de 1962 o apuesta por los Doce cuentos peregrinos (Ruffinelli, Carlos Zanón). Ahora es su turno.




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