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Historia de España y de la civilización española

Raael Altamira

Crítica. Barcelona, 2001. 750 páginas, 9.900 pesetas

Poco más de un siglo después de su primera aparición en 1900, el público español recibe ahora una nueva edición de esta Historia de España de Rafael Altamira (Alicante, 1866, México, 1951), con un sugerente prólogo de José María Jover y un pormenorizado estudio introductorio realizado por Rafael Asín. Asín lleva años dedicado al estudio de la figura del jurista e historiador alicantino y tuvo una participación decisiva en el homenaje que se dedicó a Altamira en 1987, en Alicante, y en las publicaciones que de ese homenaje se derivaron.


OCTAVIO RUIZ-MANJÓN | 07/11/2001 |  Edición impresa


Rafael Altamira estudió Derecho en la Universidad de Valencia y, trasladado a Madrid, se relacionó con figuras destacadas del institucionismo como Gumersindo de Azcárate, que fue el director de su tesis doctoral; Manuel Bartolomé Cossío, que le acogió en el Museo Pedagógico; Nicolás Samerón y, por supuesto, con Francisco Giner de los Ríos, alma de la Institución Libre de Enseñanza y también su profesor en la Universidad Central. Altamira fue, más que un institucionista, un discípulo personal de Giner, como dejara escrito en una deliciosa semblanza (Giner de los Ríos educador, 1915) redactada en los días siguientes a la muerte del maestro.

En 1897 Altamira fue nombrado catedrático de la Universidad de Oviedo y, desde allí, tuvo un destacado protagonismo en lo que se denominó movimiento regeneracionista. Suyo fue el discurso de apertura de curso de esa Universidad (El patriotismo y la Universidad) en octubre de 1898 -inmediatamente posterior al Desastre- en el que afirmó que la regeneración de España habría "de ser obra de una minoría que impulse a la masa, la arrastre y la eduque", en clara alusión, confirmada por algunas de sus cartas a Joaquín Costa, a Giner y su entorno. La actividad de Altamira, durante aquellos años, parecía decididamente encaminada a provocar una reacción de los medios intelectuales para conseguir la regeneración de el país y, en la misma Universidad de Oviedo, coincidió con un brillantísimo grupo de catedráticos inspirados por el institucionismo como Alvarez Buylla, González Posada, Sela y el propio Clarín.

La historia de España, que ahora se edita de nuevo, está claramente relacionada con el clima moral de aquellos años pero tampoco se explicaría si no se tuviese en cuenta el viaje que Altamira había hecho a París en 1890 y que le puso en contacto con las grandes figuras de la historiografía francesa (Seignobos, Lavisse), enfrascadas entonces en las grandes empresas del positivismo histórico, del que Altamira trasladaría a España los nuevos métodos.

Estuvo así en condiciones de ofrecer, con precisión y claridad (accuracy es la palabra inglesa que Altamira reconocía haber aprendido de Giner), un panorama histórico, que iba desde los primeros asentamientos en la península ibérica hasta el levantamiento madrileño de mayo de 1808, en el que Altamira hace una constante y radical distinción entre la historia política externa y aquellos otros aspectos, que corresponden a su concepto de civilización, y que al autor articula a partir de la organización social y política (clases e instituciones sociales, el Estado, la Iglesia), la vida económica y, finalmente, la cultura y las costumbres.

Como señala en su prólogo José María Jover, que viene dedicando desde hace años (cfr. La civilización española a mediados del siglo XIX, 1992) una especial atención al concepto de civilización y al papel que tuvo en la propuesta historiográfica de Altamira, esta forma de organizar los contenidos no sólo significaban una voluntad de romper con el habitual monopolio de la historia política en la narración histórica, sino que respondía a una voluntad ilustrada de ver la historia de los diferentes pueblos en relación con su aportación al proceso de la civilización y a su compromiso de consolidarla en el futuro. Era una forma de hacer la historia que no hubiera podido entenderse sin tener en cuenta las raices institucionistas y, en último término, ilustradas de la obra historiográfica de Altamira que se convirtió así, en el referente inexcusable de cuantos historiadores, años más tarde, se empeñaran en dar una auténtica base científica a su trabajo. Pierre Vilar escribió en 1987 que los cuatro volúmenes de la obra del historiador alicantino, comprados en Barcelona antes de la segunda guerra mundial, formaron parte del escaso bagaje que se le permitió trasladar durante su peregrinaje por los campos de concentración alemanes.
La anécdota tiene mucho de sintomático del papel de eslabón que ejerció Altamira con una manera de hacer historia que, si en su época conllevaba muchas dificultades de realización, ahora es moneda común en nuestra manera de entender las sociedades del pasado. De ahí la vigencia del texto y la oportunidad de esta reedición.


Rafael Altamira y Crevea (Alicante 1866, México 1951) fue jurista e historiador y, probablemente, uno de los intelectuales españoles con más proyección internacional en la primera mitad del siglo XX. Catedrático de la Universidad de Oviedo, realizó una gira de conferencias por Iberoamérica (1909-1910) con gran resonancia. A su vuelta fue director general de enseñanza primaria y, desde comienzos de la década de los veinte, juez del Tribunal Internacional de La Haya. La segunda guerra mundial le obligó a exiliarse a México, donde murió.




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