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Iceberg

Benjamín Prado

Premio Ciudad de Melilla. Visor. Madrid, 2002. 94 págs, 7 euros

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN | 26/12/2002 |  Edición impresa


Benjamín Prado. Foto: M.R.

En estos días en que se celebra el centenario de Alberti algunos críticos se han preguntado por su influencia en la poesía actual. La respuesta, al contrario de lo que ocurre en el caso de Cernuda, suele ser negativa.

No abunda, pero resulta clara en el caso de alguno de los más sugerentes poetas contemporáneos, como Benjamín Prado, que fue su amigo, que ha escrito un libro memorialístico disparatado y emocionado sobre el perpetuo adolescente que era todavía, a sus ochenta años, Alberti. ¿Qué hay de la poesía de Alberti en Benjamín Prado? No esforzado pastiche, sino bien asimilada influencia y coincidencia. Ambos son poetas solares, que gustan del verso feliz, de la claridad oscura y de la magia clara.

Rotundidad y misterio tienen los mejores poemas de Benjamín Prado: aquellos en los que no se nota demasiado lo reiterado de la fórmula. Porque en Iceberg encontramos una fórmula que se aplica con escasas excepciones. “Hay 16 razones” se titula el primer poema; “Indicios”, el segundo; “Acertijo”, el tercero. Todos ellos enumeran razones, indicios, acertijos que a menudo ocupan un verso que podría saltar de un poema a otro sin dificultad: “La oscuridad que arde en la palabra noche”, “El reloj cava un pozo en el hombre dormido”... De enumeraciones está llena la poesía de Benjamín Prado. El más extenso de los poemas, “Zoo”, contiene la más arriesgada de ellas. Se mencionan cien poetas muertos en condiciones trágicas y a cada uno se le asocia un animal y un lugar: “El cóndor/que arrancó/ la piel/de Roque Dalton./La oruga/ que comió/las pupilas/de Lorca”. Los nombres de poetas y lugares se van acumulando en un alarde de erudición, pero el ingenio del poeta y la paciencia de los lectores se acaba antes de llegar al final.

Poemas de homenaje -a Alberti, a ángel González- y efectistas variaciones sobre temas muy suyos hay en “Aquí y ahora”, primera parte de Iceberg. Lleno de enumeraciones y preguntas retóricas está también “De qué me sirve ahora”, una conmovedora elegía a la muerte del padre que nos ilustra sobre cuánto hay de verdad en un poeta cuya incesante búsqueda de la brillantez expresiva corre el riesgo de convertir el poema en un deslumbrante collar.

“Día a día” reúne los poemas de amor. El riesgo de los poemas de amor feliz y correspondido es la blandenguería. Benjamín Prado evita ese riesgo. Ciertos textos se aproximan a la canción; en otros se ensaya la sugerente concisión del haiku. Algún poema juega con la concordancia (“nosotros se tumban junto al mar”) y esas alteraciones gramaticales disuenan un tanto por lo gratuitas.

Textos viajeros se reúnen en “Fuera de casa”. Muy eficaz resulta “Porque existe Bob Dylan”, que algo debe a la más famosa elegía de García Lorca. Ya me he referido a “Zoo”, de los tres que integran la sección final del libro, de título idéntico al del conjunto. La completan un poema ecologista, “Verde”, de eficaz retórica mitinera, e “Iceberg”, que explica el título del libro: “Así es la vida:/ la verdad nos espera/bajo las olas”. Falsedad y verdad hay en la poesía de Prado, un poeta al que siempre se lee con gusto, como a su maestro Alberti, incluso cuando se limita a la música fácil y a la metáfora ingeniosa.




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