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Imágenes de Praga

John Banville

Traducción de F. Chueca. Herce. Madrid, 2008. 228 páginas, 18’5 e.

ANDRÉS BARBA | 15/05/2008 |  Edición impresa


John Banville. Foto: T. Garriga.

En una conmovedora confesión al comienzo de este libro John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) asegura que, cuando era joven, pensaba que para conocer de verdad un lugar, había que enamorarse de él. Esta joya de libro no es sólo fruto de un enamoramiento obvio por la ciudad de Praga, un enamoramiento del que el autor no siempre sabe dar cuenta (como nosotros tampoco a veces sabemos dar cuenta de nuestro enamoramiento por algunas personas), sino de una meticulosa revisión del género de la literatura de viajes. El mundo anglosajón creó el género, y libros como éste parecen confirmar que su renovación estará también siempre en manos anglosajonas. Banville, con la destreza que ya le conocerán los lectores de sus obras de ficción salta de la biografía a la crónica histórica (especialmente en relación a los acontecimientos de la primavera de Praga), y de ahí al ensayo artístico, centrado básicamente en el análisis de la obra del fotógrafo Josef Sudek. Desde luego este libro no es comparable a una guía azul de monumentos de Praga, pero tampoco es estrictamente una guía sentimental. Su honestidad va más allá y el autor sabe muy bien que podría resolver perfectamente un libro impecable acerca de sus emociones personales en la ciudad de Praga (impecable e irrefutable, como todo lo que es sentimental). Banville se hace aquí una pregunta más angulosa y más difusa: ¿Cómo se puede conocer una entidad tan amorfa y esquiva como Praga? ¿Qué es Praga? ¿Es su esencia inherente a la bonita plaza de la Ciudad Vieja, con sus cafés y su famoso reloj o, todo lo contrario, a los latentes suburbios de hormigón donde la mayoría de los praguenses viven sus vidas decididamente nada bohemias? ¿Dónde, en qué época (y esta pregunta podría ser referida a cualquier gran ciudad) podemos situarnos para encontrar la mejor vista, la más auténtica?

Desde luego, si no la más auténtica, la perspectiva de Banville es decisiva. La galería de personajes que incluye desde el humillado profesor en la época comunista, pasando por Seifert, Kafka, Sudek, el emperador Rodolfo, Tycho Brahe y el propio autor, hacen que más que tener una interpretación unívoca de Praga asistamos a una realidad tan ambigua y caleidoscópica como los personajes que la componen. Banville no opta por una simple descripción de una ciudad, sino por una descripción del ambiente espiritual e intelectual que propicia los personajes que de ella nacen. Describir una ciudad en términos históricos, igual que poner un final feliz a un relato, es cuestión de decidir dónde detenerse, y Banville sabe dónde hacerlo. En cuanto a la Praga monumental “en la que las vistas son siempre bastante menos de lo que parecía que serían”, el autor da también una última vuelta de tuerca a lo que parecía que iba a convertirse en la enésima descripción del puente Carlos para, de la mano de Heidegger, analizar la misma naturaleza del puente: y es que un puente no es sólo una construcción que “junta dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente coliga la tierra como paisaje”.

Para animar a la lectura de este libro bastaría decir que tiene la engañosa facilidad de los trabajos literarios y artísticos de primer orden. Con sencillez, y un amor indudable hacia el objeto que describe Banville se adentra en la historia de Praga no con la frialdad del cronista, sino con el interés con el que alguien enamorado se inclina a investigar (aun para su desgracia) el pasado de la persona a la que ama. Lo mejor que se puede decir de él no es que nos despierte deseos de volver a Praga, sino algo mucho más inquietante; que leyéndolo, uno tiene la sensación de que le gustaría estar en ese momento en Praga, para leer allí este libro.


“Uno de mis peores desengaños lo viví siendo todavía niño. No recuerdo cómo tuve la ocasión de visitar junto a mi padre el ayuntamiento de la Ciudad Vieja, y nos llevaron a ver la torre del carillón. Conocí de cerca, para mi triste sorpresa, a los apóstoles que miraba desde la calle con devoción y sin cansarme y que se me antojaban medio vivos. En realidad no resultaron ser sino armazones de cuerpos afianzados sobre una rueda de madera. No era Jesucristo el que pasaba de una ventana a otra, sino sólo su mitad. Tampoco Juan, el preferido del Señor, tenía piernas, era tan sólo un mísero torso, exactamente como los demás”. Jaroslav Seifert Toda la belleza del mundo


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