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Jorge Semprún

"La Literatura me facilitó la ruptura política y la política, la ruptura literaria"

París, una fría tarde de otoño. Son las cuatro de la tarde, quizá algo pronto para los horarios españoles, y algo tarde para los europeos. Jorge Semprún (Madrid, 1923), con esa puntualidad que tantas veces le salvó la vida en la clandestinidad, cuando era Federico Sánchez, el líder del PCE en el exilio que visitaba en el Madrid franquista a simpatizantes y camaradas, desmiente su fama de evadirse y no contestar a las preguntas molestas. Cordial y seductor, hoy está dispuesto a hablar, quizá porque Franziska Augstein (Hamburgo, 1964) acaba de dejarle al desnudo en Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo (Tusquets), sin dejar que la admiración oculte episodios dudosos, olvidos y traiciones propias y ajenas.


NURIA AZANCOT | 12/11/2010 |  Edición impresa


Jorge Semprún. Foto: Iván Giménez

En su biblioteca, que retrata al siglo XX y a sí mismo mejor que sus propias palabras, conserva aún el ejemplar de El Capital de su padre, José María Semprún Gurrea, embajador de la República en La Haya durante la guerra civil. Su abuelo materno, Antonio Maura, fue varias veces presidente y ministro de Alfonso XIII, y los nobles Gurrea de Aragón aparecen incluso en el Quijote, aunque si algo ha aborrecido desde niño ha sido el orgullo de clase. Cuando se proclamó la República, su madre, Susana Maura, fue la única vecina que adornó ese 14 de abril de 1931 la fachada de su casa de la calle Alfonso XI con una bandera republicana, mientras el resto del vecindario cerraba con estrépito sus ventanas. Después vendría “la noche insomne del exilio”, Holanda, los estudios en Francia, la resistencia antinazi, las torturas, el campo de concentración de Buchenwald. Y la expulsión del paraíso comunista. Y la escritura...

“Yo no lo hubiera contado así”
De él se ha dicho que es el más francés de nuestros autores, pero si de algo presume Jorge Semprún es de ser español, quizá demasiado. Tozudo, imprevisible y seductor, siempre se lo ha jugado todo a una carta, ya fuese en la clandestinidad antifranquista como Federico Sánchez o en sus confesiones descarnadas sobre sus experiencias en Buchenwald, el campo de concentración nazi en el que fue recluido en enero de 1944. La autora de esta biografía resalta su capacidad para ignorar lo que le molesta, incluso de su propio pasado, para reinventarse y justificar lo injustificable...

-La primera pregunta es obvia: ¿se reconoce en el retrato que Franziska Augstein traza de usted en Lealtad y traición?
-Hombre, no es fácil reconocerse en un libro que aborda tu propia vida y tu obra, porque hay episodios que yo no hubiera descrito. Piense que el libro comenzó hace más de cinco años, cuando Franziska me propuso un libro de entrevistas que recorriese mi vida. Tras tres años de conversaciones, leí los primeros resultados y aquello me resultó casi insoportable por aburrido y pretencioso, así que cambió de enfoque y convirtió el libro en una biografía.

-¿Le gusta el resultado?
-Sobre todo me sorprende, porque uno lo ve siempre todo de forma distinta. Eso no quiere decir que ella no tenga razón, en realidad me siento totalmente representado, pero yo no me hubiera contado así muchos episodios.

Quizá uno de los desencuentros más llamativos del libro sea el que se refiere a uno de los episodios más oscuros del pasado de Semprún: cuando, siendo miembro destacado del Partido Comunista francés supuestamente delató en 1951, por desviacionistas, a Marguerite Duras, a su marido, Robert Antelme y a Dionys Mascolo, amante de Duras y padre de su hijo. Según Augstein, los tres estuvieron seguros de que el culpable de todo fue Semprún, aunque el asunto se silenció durante décadas, hasta que Laure Adler publicó su libro sobre la escritora de El amante.

-¿Delató a Duras y compañía por revisionistas?
-No. Estoy cansado de decir lo mismo, por eso a veces afirmo que lo he olvidado, pero no, no tuve nada que ver, y hay documentos del propio PCF que demuestran mi inocencia, bueno, no hay un sólo informe oficial que me implique. Ni siquiera el movimiento que pretende rehabilitarlos como buenos comunistas se atreve a mencionarme. ¿El libro? No recuerdo que dice, pero si me acusa se equivoca...

En cambio, intelectuales como Edgar Morin, que formaban parte de la misma célula comunista, la 722 de París, creen que sí fue el responsable, pero que un “mecanismo psíquico” le ha inducido a “olvidar su papel en esa historia”. No será la única ocasión, a lo largo de esta entrevista, en que Semprún matice las afirmaciones del libro.

De todas formas, el mayor reproche que plantea la autora es que a Semprún le afectó más su expulsión del PCE en los años 60 que su cautiverio en el campo de concentración de Buchenwald, donde su labor en el departamento de Estadística laboral le permitió salvar la vida de otros comunistas a costa de inocentes: cuando las SS exigían un día 3000 trabajadores para las peores tareas, Semprún tachaba los nombres de los camaradas elegidos y los sustituía por otros prisioneros, desconocidos....

-¿Como es posible que le afectara más la expulsión del Partido Comunista en 1964 que Buchenwald, con esas listas que ayudaba a preparar?

Insoportable dolor moral
-Bueno, los recuerdos de Buchenwald fueron durante mucho tiempo muy dolorosos, pero también había experiencias positivas, como la solidaridad y la fraternidad. Además, yo sabía por qué estaba allí, por haber sido miembro de la Resistencia, y hacía cosas útiles, había una compensación moral cada día. En cambio, cuando fui expulsado del PCE, se vino abajo un proyecto de vida que había empezado en mi adolescencia y me había explicado siempre. La expulsión me produjo un sufrimiento moral insoportable para el que no había compensación posible. Mi problema es que, tras tantos años, tuve que reconstruir mi vida entera, a partir de otras ilusiones. Y ese desengaño, ese dejar de ser, ese no ser, provocó en mí un efecto mayor que la tortura física de la Gestapo.

Cuando salió de Buchenwald, Semprún le contó todo lo sufrido a un amigo, durante una larga noche de confesiones. Luego calló, y durante casi veinte años se negó a comentar o escribir nada sobre el horror. Entonces no sabía siquiera que se había salvado porque, al entrar en el campo, le inscribieron como estuquista y no como estudiante. Una sola letra en alemán le salvó la vida: “Sí, es la experiencia más interesante de mi vida, porque además no lo descubrí hasta 1992, cuando hice mi primer viaje de vuelta al campo: jamás sabré quién fue ese funcionario anónimo que supo que tenía alguna posibilidad de sobrevivir si me inscribía como estuquista. A los estudiantes, a los intelectuales, les daban los peores trabajos, mortales de necesidad, mientras que un estuquista, un obrero especializado, siempre era necesario. Ese hombre llevó a cabo un acto de solidaridad totalmente puro y esa experiencia de solidaridad hace que pueda volver a ese tema esencial constantemente”.

El fracaso del comunismo
-¿Sigue pensando que es posible trasformar de forma revolucionaria el mundo?
-No quiero ser aguafiestas, pero creo que no: hay que reformar el mundo, es imprescindible hacerlo, pero la revolución es imposible, quizá porque no hay líderes capaces de aunar voluntades o porque la experiencia del siglo pasado, con los horrores del estalinismo, pesa demasiado. Sólo subsiste la ilusión de que la clase obrera pueda transformar el mundo, sin capitular ante el capitalismo, pero a través de reformas contínuas, no de revoluciones.

-Sin embargo, los últimos meses ha visto arder París...
-Sí, pero aunque me llama la atención el empuje y la fuerza de los movimientos de descontento contra los recortes de pensiones, que en el fondo lo que reflejan es el profundo malestar por la evolución de la sociedad francesa, lo que quizás me sorprenda más no sea la virulencia de la lucha sino su falta de perspectivas concretas, es decir, que un día se paraliza el país y al día siguiente todo sigue igual. Como si manifestantes y sindicatos interpretaran su papel en una obra ya escrita, pero dieran por perdida la posibilidad de modificar la realidad.

-¿Qué queda del pensamiento de izquierdas, tras el derrumbe de la utopía comunista?
-Queda lo esencial. Una sociedad totalmente injusta, polarizada en núcleos de poder de dinero loco, y millones de personas que subsisten bajo el umbral de la pobreza, también en los países ricos, demuestra que la necesidad de transformar la sociedad sigue viva. El fracaso del leninismo no hace del sistema capitalista una sociedad justa, sino que hay que mantener viva la ilusión por reformar la sociedad. La política económica de izquierdas ha infravalorado al mercado, pero si se abandona éste a su libre albedrio los resultados son siempre nefastos.

En 1992, tras el desplome de la Unión Soviética, Semprún escribió que “no ha habido ni una sola ocasión histórica en la que la política de izquierdas no haya provocado desastre tras desastre, cuyo precio principal siempre han pagado los más débiles...” En el libro, matiza sus palabras, y ahora, cuando se le pregunta por las causas del fracaso de la huelga general del 29 de septiembre en España, dice que era previsible, y que, “como pasaba en el franquismo, los obreros ni veían entonces ni vieron el 29S perspectivas positivas de esa acción, aunque la historia española demuestre que sólo triunfan las huelgas contra gobiernos socialistas”.

-¿Sabe que muchos jóvenes lo ignoran casi todo sobre Franco, la posguerra y la transición?
-No hay que rasgarse las vestiduras porque la lucha antifranquista no movilice a la juventud, pero tampoco podemos permitir que se olvide que las libertades y la democracia de hoy han sido conquistadas tras muchas décadas de represión, sufrimiento y muertes.

-¿Le queda alguna costumbre de esos años de clandestinidad, cuando era Federico Sánchez y vivía seis meses al año camuflado en Madrid?
-Sí, de esa época conservo reflejos condicionados totalmente absurdos de los que me río íntimamente: todavía hoy, si quedo a comer con unos amigos en un restaurante, llego antes y observo el entorno para comprobar que nadie me sigue. A veces camino por la calle y, de repente doy un pequeño salto y me vuelvo para comprobar que no me siguen, y claro, me muero de risa, pero son reflejos de esos años de vida clandestina.

Al final de su aventura comunista, Semprún defendió el consenso y una transición pacífica hacia la democracia e intentó que el PCE se alejase de la obediencia perruna a la Unión Soviética, porque sabía de sus horrores, lo que le supuso la expulsión traumática del partido en 1964 por defender unas tesis que luego Carrillo asumiría.

Cuando le expulsaron del paraíso comunista por asegurar, con Fernando Claudín, que la muerte de Franco no supondría el final de la lucha de clases ni el triunfo de la revolución comunista, y que era mejor apostar por una transición pacífica, la escritura fue su refugio. Y la memoria, porque desde entonces, no ha necesitado otro argumento que su misma vida, levemente disfrazada en cada novela o ensayo.

Con algunos es implacable. Así, de Carrillo dice que era un paranoico, y un “pragmático de la peor especie” obsesionado con el poder; de Dolores Ibarruri, la Pasionaria, que era de una “vulgaridad intelectual insoportable”.

La escritura y la vida
-A menudo ha dicho que en la escritura reside el sentido de su vida, pero que no es un auténtico escritor “porque su historia supera todos los argumentos novelescos”. ¿Cómo explica esta contradicción?
-Bueno, es una contradicción y no lo es. La literatura me facilitó la ruptura política y la ruptura política, la literaria. Cuando volví del campo de concentración la literatura no me sirvió porque la escritura de lo vivido, aún en caliente, me hubiese conducido al suicidio, mientras que la lucha política me permitió entonces dar un sentido a mi vida. La clandestinidad fue entonces la mejor terapia, aunque fuese con la idea del mañana: mañana acabamos con Franco, mañana la revolución, pero me pemitió reorganizar mi memoria, y escribir El largo viaje. Cuando me expulsaron del PCE, la política me condujo a la literatura. Sí, fui de una a otra como un hombre abierto, sin dolor.

-Augstein destaca como otra constante en sus novelas y en su vida la importancia del arte...
-Y, desde luego ahí tiene razón. Piense que nací en Madrid, a 255 metros del Museo del Prado, y que mi padre me llevaba cada semana. Luego, en los años de clandestinidad , fue mi refugio permanente para eso tan español de “hacer tiempo” entre cita y cita. Podría hablarle de Patinir, de Vermeer, de Artemisia Gentileschi, pero el Prado, desde que era un niño, fue un soporte esencial que representa mi vida con naturalidad.

Ministro de Cultura entre 1988 y 1991, de la política cultural española actual no quiere hablar porque “no la conozco en detalle”, pero, como amante de la literatura, el pensamiento y el cine (fue guionista de Resnais y de Costa-Gavras) destaca que “quizá en parte por mi trabajo como ministro, y por aquel primer apoyo, el cine español vive un momento apasionante. Hay mucho talento, así que la época de Almodóvar y poco más ha terminado. También hay novelistas espléndidos (no, no quiero darnombres, todos saben de quiénes hablo) y la literatura aborda la memoria histórica y un planteamiento más justo de nuestro pasado con relatos comprometidos y fáciles de leer. Es apasionante.

-¿Piensa publicar Soledad, esa obra teatral inédita sobre unos jóvenes que se rebelan contra una dictadura y que se menciona en el libro?
-Jamás, necesitaría demasiadas notas explicativas porque es una obra de juventud y se nota.





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